
Madrid - Publicado el - Actualizado
1 min lectura
La foto que me ha llamado la atención la he visto hoy en La Vanguardia. La imagen está tomada en un país lejano, en una carretera de pueblo con un paisaje de colinas lejanas, tierra de estepa verde y nubes grises. En una vía avanza lentamente un coche muy viejo, igual tiene más de 50 años: las ruedas desinfladas, la carrocería con herrumbre, el color de la pintura indefinido. Un hombre fuerte con los brazos desnudos lo conduce. Va despacio porque sobre una baca muy grande hay una parvada de ocas blancas y grises. También sobre el maletero cerrado se acomodan las aves. Serán cuatro o cinco docenas. Van contentas, curiosas, algunas se miran entre ellas, parecen que comentan el viaje, otras más intelectuales y sesudas levantan los picos hacia el paisaje y parece que quieren desvelar el sentido de los tiempos, las más osadas levantan el cuello, parecen que buscan liderazgo. Alguna incluso con descaro mira hacia el objetivo de la cámara. Parece que cada oca en la parvada tiene personalidad propia, pero es solo una apariencia porque a todas les une un mismo ayuntamiento, una misma actitud, una misma posición ante la circunstancia del traslado, todas van tranquilas, inconscientes, se dejan llevar sumisas, ya no graznan para avisar de que llegan intrusos, ya no tienen más misión que dejarse conducir sin impertinencia alguna porque son gente de orden a la fábrica de fuá.



