Expósito comprueba cómo la fajana le come terreno al mar en La Palma
Se calcula que la fajana ha invadido como treinta hectáreas al mar. La isla ha crecido el equivalente a treinta campos de fútbol

Expósito comprueba cómo la fajana le come terreno al mar en La Pama
Madrid - Publicado el - Actualizado
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Estamos como a una milla del Puerto de Tazacorte, en la lengua norte por decirlo así, del volcán de Cumbre Vieja. Desde aquí es impresionante el color azul marino del océano Atlántico y cómo se ven las nubes tapando la niebla, tapando las cumbres del centro de la isla de La Palma. Y nada a pocos kilómetros, en esta vertiente oeste de la isla el volcán Cumbre Vieja huele a azufre, todavía incluso bien metidos en el mar. Y te das cuenta desde aquí como los acantilados que forman la isla en realidad son fajanas de hace miles de años. Se ve la última, de hace nada, quince o veinte días. Se ve la fajara que calculan ha invadido como treinta hectáreas al mar.
La isla ha crecido el equivalente a treinta campos de fútbol. Se ve la lengua, las distintas lenguas, algunas ya paralizadas o acumulando lava en su punto más alto y se ven otras que siguen echando vapor en el contacto con el agua. La imagen es entre preciosa y entre espectacular por lo que supone de novedad y de ciencia y a la vez el desastre porque hay cantidad de gente evacuada, cantidad de gente en la ruina. Literalmente la lava se ha comido sus plátanos, sus casas y en muchos casos, sobre todo los de los mayores, se les ha comido la vida entera.

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En mitad del océano, hablamos con Anaís, vecina de Tazacorte. Su madre y su abuela le contaban que habían vivido erupciones anteriores en la isla, pero ella no se imaginaba vivir algo así: “Estaba trabajando y cuando llegué a casa vi salir humo de la montaña, creí que era fuego pero era el volcán. No me podía imaginar lo que pasaba. La primera semana tenia miedo porque era algo nuevo, por los temblores y por el ruido que hacia el volcán”.
Afortunadamente, la casa de Anaís sigue en pie: “Cerca de mi casa pasaba una colada y nos evacuaron. Pero al día siguiente el cono del volcán rompió hacia el sur y nuestra colada se paró y no llego a mi casa. Voy una vez a la semana a limpiarla y a regar las flores. Tengo muchas ganas de volver a casita”.
El futuro sigue siendo una incógnita para Anaís y para todos los vecinos de La Palma: “Por ahora he tenido mucha suerte pero quien sabe lo que puede ocurrir dentro de una semana. No sabemos lo que va a hacer el volcán. Me he acostumbrado al ruido y a los seísmos, ya no me asustan”.




