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"Éramos pocos y la abuela vasca del PNV amenaza con ponerse de parto"

 

Tiempo de lectura: 2Actualizado10:45

Éramos pocos y la abuela vasca del PNV amenaza con ponerse de parto, con esa deslealtad congénita que se activa automáticamente, cuando huele debilidad en Madrid, como sabe muy bien Rosa Díez. Pero hay un daño colateral, que está dejando a la ciudadanía desalentada y sin ilusiones y, desde luego, sin referencias. Y no aludo a las mentiras, a los embustes, a este disfraz ridículo con el que cada día aparecen los políticos en funciones -en funciones de disfrazarse- sino a esta impudicia con la que, sin saber qué programa va a salir de esta Unión de Socialistas y Comunistas por la Secesión, se reparten ministerios -ayer eran tres, hoy son cuatro- como si España fuera un cortijo, donde el capataz eventual -el presidente en funciones- mandara con el mismo desparpajo que el señorito. 

Esta demostración de que sólo importa el poder, esta exhibición de que el poder no es un medio para lograr unos fines políticos, sino que el poder es el fin en sí mismo, esta continua ostentación de que con tal de que alcancen el poder unos pocos supone la felicidad automática de 47 millones de personas, resulta estupefaciente. Y esa permanente lección de mansedumbre ante las exigencias, esta cobardía de humillarse a las peticiones más insólitas, nos deja a los demás desolados y con la prueba de que no importamos nada, y que las leyes no son iguales para todos.

Alguna vez, bueno, en un par de ocasiones, me marché de la empresa en la que creía que me avasallaban y que me humillaban. Y necesitaba el dinero, pero también se necesita respirar la dignidad, y me fui. Y hoy mismo, en España -aunque en Moncloa nunca lleguen a enterarse- hay un puñado de mujeres y hombres que, ante el abuso de sus jefes, inmediatos o mediatos, ante las malas maneras, la coerción y la exigencia de llevar a cabo acciones que no son honestas, se marcharán y se enfrentarán a un fin de semana con el horizonte peor para un trabajador, que es el paro. Y gracias a esos cientos, miles, decenas de miles de personas, tenemos una sociedad mayoritariamente decorosa, incluidos los políticos, donde también abundan mucho más los correctos que los corruptos. Pero el ejemplo que recibimos estos días, este acatamiento ante las exigencias, este doblegamiento permanente, esta asunción bochornosa de afirmar que es blanco lo que ayer era negro, esta orgía de la metamorfosis, esta invitación a la vileza en la conducta, es un ejemplo que roe los cimientos de la sociedad. Porque si se perdonan las multas a los delincuentes por ser separatistas, y al ciudadano de Madrid o de Barcelona se le pone una multa de 50 euros -que es el sueldo de un día de mucha gente- por dejar el coche mal aparcado, y se le llega a embargar si no abona la multa, entonces entenderemos que es honorable el uso de la fuerza, la arbitrariedad y la injusticia, y que si intentas ser un ciudadano responsable es que eres un ingenuo al servicio de los aprovechados. Menos mal que, por ahora, la sociedad española es bastante distinta a este desfile de ávidos de poder, impúdicos predicadores de que el fin justifica los medios. Bastante distinta y, afortunadamente, bastante mejor. 

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