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Convicciones cristianas y vida política

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Manuel Cruz

Periodista

Tiempo de lectura: 3'Actualizado 13:21

La elección de Georgia Meloni como virtual primera ministra de Italia, suscita ya en las redes sociales la tópica polémica sobre los límites del poder político en la gestión de los asuntos de Estado y, por tanto, hasta donde puede o debe llegar en la aplicación de sus convicciones como confesa cristiana,-supongo que católica.. Ya ocurrió con Joe Biden, en Estados Unidos. Apenas fue elegido, saltò a la palestra su supuesta obligación de legislar contra el aborto. Eso es lo que ahora se empieza a exigir a la señora Meloni .por parte de un sector de católicos italianos, como si la revocación del aborto fuese la definitiva y única prueba del algodón de su fe religiosa.

La pregunta que se plantea es: ¿Se debe exigir a un político católico, cuando alcanza autoridad suficiente para poder hacerlo, que imponga sus convicciones en las leyes? No lo creo, por la sencilla razón de que la fe no se impone, se propone, como bien decía el santo papa Juan Pablo II. Es lo que nos diferencia de las teocracias islámicas donde se impone no ya el Corán y los "hadices" de Mahoma que forman la "sharía", sino todas las costumbres ancestrales, como la del velo o la vestimenta femenina que estos días ensangrienta las ciudades iraníes o afganas, en abierto contraste con los legítimos derechos humanos. Pero eso mismo ocurre, con sus matices "democráticos", en los países occidentales donde gobiernan los progre-laicistas de izquierdas -y de derechas...- que tratan de imponer su nihilismo y su vacío moral, obsesionados como están por erradicar -por decreto o por las leyes que votan las artificiales mayorías parlamentarias- la herencia de la civilización cristiana y ocupar su lugar en contra de la libertad religiosa.

En su libro "Iglesia, ecumenismo y política", el cardenal Joseph Ratzinger escribía en 1987 que el llamado Estado de progreso supone, en realidad, un retroceso a un estado anterior a la buena nueva cristiana (es decir, a la época de Nerón y Domiciano), una vuelta hacia atrás en el camino de la historia, lo que significa, por su propia naturaleza, una política de esclavitud. Sin embargo, no creo que los italianos, al derrotar a los "progresistas" de la izquierda y elegir a la señora Meloni, considerada una post-fascista, hayan votado impulsados por deseo vehemente de un retorno de los valores morales que puede representar, de algún modo, el partido "Hermanos Italianos", sino por el hartazgo de los trapicheos y la ausencia de escrúpulos de los políticos de una izquierda que ha perdido de vista las necesidades reales de la gente.

El caso de España, inmersa ya en campaña electoral, sólo se asemeja en algunos aspectos al de Italia. Aquí la derecha democrática no aspira precisamente a revocar el aborto sino, en todo caso, mientras llega la sentencia del Tribunal Constitucional, a matizar algunos aspectos de esta ley nefanda. Está mucho más preocupada con otras leyes que claman también contra el sentido común, como la de Educación o las impuestas por una equivocada política de igualdad, aparte de acabar con la indignidad de las alianzas del Gobierno social-podemita con separatistas y antiguos terroristas que se ufanan de haberlo sido.

En definitiva, exigir a Meloni que derogue el aborto como el "summun" del bien común, no deja de ser una aspiración utópica que, en todo caso, debiera abrirse paso poco a poco, tras una pedagogía política más cercana a la verdad del hombre, sin necesidad, además, de castigar a la madres que prefieran abortar. En este sentido, y para no caer en un totalitarismo similar al practicado por los políticos nihilistas, lo exigible al Gobierno que se forme, es suscitar leyes que protejan el derecho a la vida y ofrezcan ayudas a las madres necesitadas, además de informar a la sociedad sobre los aspectos sanitarios, sociales y psicológicos de la supresión de una vida inocente..

Son muchas las cosas que Meloni puede cambiar sin traicionar su fe. Y una de ellas es alimentar la esperanza de las gentes allí donde hoy la izquierda materialista ha pretendido engañarlas con el señuelo de un supuesto paraíso basado en las nuevas ideologías de género, el sexo libre desde la infancia -qué perversión!- y el permisivismo moral. Y, por razones meramente democráticas, lo menos que se puede esperar de los nihilistas que aun nos gobiernan, no sólo de izquierdas, es aceptar democráticamente el resultado de unos comicios ganados por otros partidos con una escala de valores diferentes, siquiera sea por respeto a la libertad humana.

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