José, mielero: "Vine a trabajar a Bilbao desde Guadalajara con 13 años, y había familias que me compraban miel solo porque se apiadaban de mí"
Recordamos una profesión ya extinguida, la de mielero, que tuvo su apogeo a mediados del pasado siglo. Muchos de sus trabajadores provenían de un pequeño enclave de la alcarria, Peñalver

José nos cuenta quiénes eran los mieleros
Bilbao - Publicado el
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Durante décadas, sobre todo a partir de mediados del pasado siglo, decenas de hombres dejaron su pueblo natal, Peñalver, un enclave de Guadalajara, para vender miel por numerosos rincones de España. Llegaron a coincidir más de una veintena en una ciudad como Bilbao, y muchos más en Madrid.
Su profesión, la de mielero, se fue extinguiendo poco a poco según se jubilaron los últimos trabajadores, ya que las transformaciones de la sociedad, al igual que de los hábitos de compra, y la facilidad para adquirir productos de otros lugares imposibilitaron un relevo generacional. Se puso fin, así, a una forma de venta ambulante: calle a calle, casa a casa, pueblo a pueblo.
Con su indumentaria humilde, generalmente blusa, pantalón de pana para que aguantara más tiempo sin romperse y alpargatas, anunciaban su presencia al grito de: "¡El mielero! ¡Miel de la Alcarria! ¡A la rica miel". Portaban un "cubeto", recipiente en forma de tonelete donde transportaban la miel, una alforja con embutidos, una pequeña romana para pesar los productos, y un cacillo de madera para servir la miel a quienes la adquirían.
CON 13 AÑOS, VENDIENDO MIEL EN BILBAO
Uno de esos mieleros, José, tiene ahora 81 años. Dejó su Peñalver natal con únicamente 13 años, y viajó hasta Bilbao. Su abuelo le consiguió un permiso para poder trabajar con esa edad y vivir solo en una pensión de la capital vizcaína, "primero en la calle San Francisco, pero era muy bulliciosa y no podía descansar, así que me fui a otra de la calle Dos de Mayo".
Huérfano de padre, su madre se quedó al frente de la pequeña tienda que poseía en el pueblo. Necesitaban ingresos extra. Por eso, a los 8 años, compaginaba los estudios con la venta de telas junto a su hermana por pueblos cercanos y, un lustro después, se haría mielero "para poder comer".

José, orgulloso de sus raíces alcarreñas
"Me transportaban la miel hasta Bilbao en un tren que paraba en una estación que había en La Casilla para mercancías. Solía pedir unos 10 o 12 bidones de unos 70 kilos para que me duraran mucho tiempo, y los guardaba en una lonja que compartíamos varios mieleros. Mi jornada laboral duraba casi 12 horas, de 8:30 horas de la mañana a 20:00 horas. Comía un bocadillo y para cenar solía acudir a un bar que había cerca de la pensión. El dinero lo guardaba en una faja y se lo llevaba a mi madre cuando regresaba al pueblo", recuerda.
"Con el paso del tiempo comencé a vender embutidos, como un queso manchego muy bueno , y unos chorizos caseros con mucho magro y de mucha calidad. Luego incorporé lomos, jamones...", destaca.
miel de romero
La miel que vendía José, como la de la mayor parte de los mieleros, no era un producto cualquiera. La fama de la miel de la Alcarria —comarca en la que se integra Peñalver— se asienta en su calidad y pureza, y en el caso de la que él comercializaba, destacaba por el toque especial que le aportaba el romero. "Era natural, pura", rememora.
En un principio, José vendía miel solo en Bilbao, para ampliar con el paso de los meses su ámbito de trabajo a la margen izquierda, especialmente en Portugalete y Barakaldo, donde vivían los trabajadores de fábricas tan importantes como Altos Hornos o La Iberia. Posteriormente, empezó a desplazarse a la margen derecha, donde consiguió sus principales clientes en familias de Las Arenas, Neguri y Algorta. Y también viajaba hasta Cantabria, sobre todo a Santander y Laredo, y en época de verano.
Trabajaba de lunes a domingo, y solo regresaba a su pueblo tres veces al año. "En Navidad, Semana Santa y para las fiestas patronales de verano, que tienen lugar en septiembre", señala.

Plaza de Peñalver
el lado humano de las personas
"Ser mielero me ayudó a ser independiente, y a conocer al ser humano. Para mí, lo más importante son las personas buenas y nobles, y yo he conocido a muchas de ellas". Entre sus clientes, alguno de los cuales terminaría siendo amigo, ha habido nombres como el del alcalde de Bilbao, Iñaki Azkuna, los jugadores del Athletic Club Txetxu Rojo, Andoni Cedrún, Txema Noriega y José María Orue, el que fuera presidente del Athletic Club, Félix Oraá, o el actual seleccionador de España, Luis de la Fuente.
Durante décadas, José vendió a miel a padres, y luego a sus hijos, las parejas de éstos... manteniendo el contacto con las familias. Contacto que, en algunos casos, continúa teniendo hoy, casi 70 años después.
"Intenté ser muy trabajador, aunque mis principios fueron muy duros, porque me faltaba mi padre. Creo que algunas mujeres que me compraban lo hacían porque me veían tan niño y venía de tan lejos que se apiadaban de mí", señala.
"Aunque se tenía la imagen de que la gente del norte era seca, según veían que eras formal y buena gente o, lo que es lo mismo, que lo que querías era trabajar, vivir y dejar vivir, ya te consideraban uno más. En la vida, lo más importante es ser buena persona", subraya.
Dos años después de recalar en la capital vizcaína, José pudo traer a Bilbao a su madre. Después de vivir unos años más en una pensión, adquirió un piso. Con el paso de los años, se casó y formó una familia. Se instaló definitivamente en la villa, pero todos los años se traslada unas semanas hasta Peñalver para estar en contacto con su familia y sus amigos de toda la vida.
museo del mielero
Hoy en día, la memoria de los mieleros sigue viva en Peñalver. El pueblo, que ahora cuenta con algo menos de 200 habitantes pero que a mediados del pasado siglo superaba los 1.000, reivindica con orgullo esta profesión y a todos aquellos que, con ella, llevaron el nombre de este enclave a gran parte de España. Así, el pueblo cuenta con el Museo de la Miel y una estatua que homenajea a los mieleros.
Además, todos los años regala su peso en miel a una figura popular. El último que se ha hecho con este reconocimiento ha sido el cómico Leo Harlem, pero antes lo lograron otros como el escritor Camilo José Cela, Vicente del Bosque o Joaquín Prat.





