
Jaén - Publicado el - Actualizado
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La amenaza rusa de invadir Ucrania invita a analizar la relación entre esos dos países. A Ucrania se le denominaba como “Rus”, “Regnum Russiae”, el corazón del imperio ruso. Desde el siglo IX la “Rus de Kiev” constituía una federación de tribus eslavas orientales que ocupaban la actual Ucrania, la Rusia europea y Bielorrusia.
Este estado soberano de la Europa oriental, de 41 millones de habitantes, representa un enclave geoestratégico cuyo territorio ha experimentado a lo largo de su historia constantes conquistas. La invadieron desde el norte Polonia y Lituania; por el sur el imperio otomano, que, rodeando el Mar Negro y del Mar de Azov, se apoderaron de la preciada península de Crimea. Con la revolución rusa de 1917 se acrecentó el movimiento nacional ucraniano de independencia, pese al reparto de su territorio entre Rusia y Polonia. Todavía se recuerda los programas de Stalin en 1933 de colectivización y expropiación de tierras de los granjeros ucranianos; constituyó el genocidio por hambruna de “Holomor” (matar de hambre), que se estima en más de diez millones de muertos.
Con estos antecedentes es comprensible que el 16 de julio de 1990, el parlamento ucraniano firmara la declaración de soberanía nacional, subrayando los principios de libre determinación, democracia e independencia política y económica, que fue refrendado por el 90% de ciudadanos. En diciembre de ese año, 11 de las 15 repúblicas suscribieron en Kazajistán el Tratado de disolución de la Unión Soviética, con el Protocolo de Almá-Atá. Las relaciones entre Ucrania y Rusia estaban recogidas en el Tratado de Amistad, Cooperación y Asociación suscrito el 31 de mayo de 1997 entre Borís Yeltsin y Leonid Kuchma, basadas en el respeto, igualdad, integridad territorial, protección de las fronteras, solución pacífica de las controversias y renuncia al uso de la fuerza.
Texto fundamental en las actuales negociaciones. La crisis política interna en Ucrania se desencadenó en 2004 con la “Revolución Naranja” (actos de desobediencia civil y huelgas), auspiciada por el opositor Víktor Yúshchenko y Yulia Timoshenko, al ganar las elecciones presidenciales Víktor Yanukóvich; esto propició que el Tribunal Supremo mandara repetir los comicios. El punto de inflexión en la geopolítica de Ucrania se establece con las protestas de 2013 en la plaza de la Independencia en Kiev, “Euromadián” (Europlaza). Están motivadas por el rechazo del presidente Yanukóvich (con vinculación prorrusa) al Acuerdo de Asociación con la Unión Europea. Esto originó la elección del presidente Petró Poroshenko en 2014, con un giro político copernicano, al cambiar la influencia rusa por alinearse con la OTAN, la UE y EE.UU. En este momento surge la ilegal invasión rusa a la península de Crimea, para hacerse con el puerto marítimo del Mar Muerto y Mar Azov, junto con la estratégica ciudad de Sebastopol y Yalta. Pese a que Crimea se vinculó a Rusia en sede parlamentaria, la ONU reconoció a esta óblast como parte de Ucrania y rechazó el referéndum. Al este de Ucrania, en la cuenca de Donbás, también se alzaron los independentistas rusos en Donetsk y Lugansk.
Entonces el parlamento ucraniano ilegalizó al separatista partido comunista. A las tensiones políticas se une la separación (autocefalia) de la Iglesia cristiana ortodoxa oriental de Ucrania (42%) del Patriarcado de Moscú (29%), refrendada por el Patriarca Bartolomé I de Constantinopla; los greco-católicos representan un 14% y un 2% los protestantes. El imperio ruso ha intentado la expansión por el oeste a través de Suecia, para controlar el Mar Báltico y sus países limítrofes: Finlandia, Lituania, Letonia y Estonia; al sur, su gran enemigo histórico ha sido el Imperio Otomano, con la derrota en la Guerra de Crimea; al sudeste, en Asia central, con su influjo en el Cáucaso, entre el Mar Negro y el Caspio: Armenia, Georgia, Azerbaiyán y Chechenia; en el Lejano Oriente construye el transiberiano que atraviesa los Urales desde Moscú hasta Vladivostok, en el Océano Pacífico; fracasaría en la guerra ruso-japonesa por Corea y el Mar del Japón; trazaría el trayecto Kiev-San Petersburgo-Moscú hasta Pekín, a través del ferrocarril por Mongolia y Manchuria; colonizaron Alaska. Rusia, desde Iván el Terrible al zarismo de Pedro I y Catalina II, siempre ha pretendido expandirse. Ucrania —país independiente— no puede aceptar las pulsiones totalitarias de Vladímir Putin. Y en Occidente veremos si todavía se cree en la libertad.



