Ad Libitum con Javier Pereda. Hoy: Liberalismo

Jaén - Publicado el - Actualizado
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Isabel Díaz Ayuso distinguió la semana pasada al presidente de la República Argentina, Javier Milei, con la Medalla Internacional de la Comunidad de Madrid. Esta alianza entre políticos liberales ha suscitado las críticas del ministro Albares, calificando de “profunda deslealtad” esta iniciativa, quizás al sentirse aludido por sus políticas antiliberales. Pero también la asociación Ayuso-Milei ha sido acreedora de reproches por liberales. Algunos, citando a Ortega y Gasset, entienden que “el liberalismo proclama la decisión de convivir con el enemigo; más aún con el enemigo débil”, lo que alejaría la idea de “Viva la libertad, carajo” y la motosierra del bonaerense; y tampoco los peronistas opositores kirchnerianos resultan hermanas de la caridad, ni los antagonistas de la Asamblea madrileña presentan comportamientos versallescos.
A la pregunta de si el porteño y la chispera de Chamberí son o no liberales, habría que contestar que no hay un liberalismo, sino distintos liberalismos. El origen del pensamiento liberal se remonta a la Europa del siglo XVI, que sufre las guerras de religión y propone como nuevos criterios de entendimiento el diálogo, la libertad y la tolerancia. La libertad que, según Cervantes, es “uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”, fundamenta la doctrina liberal en la existencia de una ley natural precedente y superior al Estado, con derechos inalienables e imprescriptibles, como expresa Bobbio. Por lo tanto, el liberalismo es un modo de pensar ideológico, al que se le unen los conceptos de democracia liberal, que es su manifestación política, y capitalismo, su expresión económica. Con el desarrollo doctrinal del liberalismo, se comprueba su evolución y las distintas variantes, ligados en sus inicios a la Revolución Gloriosa, la Revolución americana y la Revolución francesa. Para el inglés Locke, la libertad consiste en no estar subordinado a ningún otro poder que no sean las leyes, y los poderes del Estado deben limitarse y controlarse mutuamente; esta doctrina de la separación de poderes tuvo su influencia en el jurista francés Montesquieu.
Este planteamiento político se trasladó al liberalismo económico del escocés Adam Smith, para quien el intervencionismo estatal de la economía desnaturaliza el mercado, esas leyes naturales e invisibles que hará una sociedad justa y próspera con la división del trabajo. El reduccionismo economicista de la Revolución industrial y la acumulación de riqueza en pocas manos produjo la aparición del proletariado. En Londres Karl Marx escribía que “El trabajo produce maravillas para los ricos, pero en el trabajador produce despojo”. No parece exagerado su análisis, máxime cuando el papa León XIII se refería al problema obrero: “Un número sumamente reducido de opulentos y adinerados ha impuesto poco menos que el yugo de la esclavitud a una muchedumbre infinita de proletarios”. En la oposición al estatalismo, tanto Humboldt como Constant reivindican un “estado mínimo”, en donde exista la libertad religiosa, de enseñanza y el principio de subsidiaridad. Tocqueville consagra el triunfo de la democracia con la libertad e igualdad. Bentham y Stuart Mill representan al utilitarismo para conseguir mayor felicidad para más personas. Pero el liberalismo en la segunda mitad del siglo XIX se vio comprometido con los nacionalismos, la Gran Guerra y la crisis de 1929.
Entonces surge el neoliberalismo de Keynes, que seguiría Roosevelt y el laborismo británico, que se acercaba al socialismo democrático europeo al potenciar al Estado. Con la crisis del “Estado providencia”, Ludwing von Mises retoma el “Estado mínimo”. Luego la Escuela de Chicago, Milton Friedman y Friedrich von Hayeck pretenden redimensionar al Estado para que se dedique exclusivamente a la defensa externa y a la protección de los más débiles. Otros liberalismos son los de Rawls, que preconiza la neutralidad del Estado frente a doctrinas religiosas; o las teorías anarquistas para que desparezca el Estado, de los “radicals” o los “libertarians”. La aportación social del liberalismo supera con creces al socialismo, porque la libertad es más favorable que la rigidez burocrática estatal. Pero como lo extremos se tocan, el materialismo práctico (capitalismo y socialismo) según la historia, han cosechado graves injusticias sociales. Fernando de los Ríos preguntó a Lenin cuándo se iba a permitir la libertad, y le contestó: “¿Libertad para qué?”. La libertad autónoma y absoluta de origen kantiano, tiene el peligro de carecer de una visión antropológica que establezca el “para qué” o el “Hacia Dónde”, que le daría su verdadero sentido.