
Jaén - Publicado el - Actualizado
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La invasión de Rusia a Ucrania ha sobrecogido a Europa y al mundo entero, por la locura imperialista del autócrata Vladímir Putin. Occidente no podía imaginar que después de la Segunda Guerra Mundial, tras un relativo tiempo de paz, la historia pudiera repetirse. El delirante mandatario nacionalista, cuyo pedigrí democrático hereda de trabajar en la KGB, lleva más de dos décadas blindado en el poder. Su dictatorial gobierno se mantiene por la eliminación sistemática de opositores políticos como la periodista Anna Politkovskaia, el candidato prooccidental a las elecciones presidenciales Víktor Yúshchenco, el ex coronel Litvinenko—envenenado en Londres por Polonio—, o al opositor Navalni, que, tras sobrevivir a una intoxicación, le condenaron a la cárcel por criticar al régimen. El psicópata del Kremlin pretende reconquistar al pueblo eslavo ucraniano, siguiendo el racismo de Hitler, en plena somnolencia relativista y materialista de Occidente, que ha abandonado sus propias raíces.
Ya lo predijo su compatriota el escritor Alexander Solzhenitsyn, expulsado de la Unión Soviética por criticar el socialismo soviético en “Archipiélago Gulag”, después de estar encarcelado en Siberia durante once años. En plena Guerra Fría manifestó su escepticismo en Occidente; en la Universidad de Harvard criticó haber sido despojado de lo más preciado: la vida espiritual; pisoteada por la jauría partidaria en el Este y por la jauría comercial en Occidente. Este sátrapa, defensor de una moral pública ausente en su vida personal, no le ha servido el libro “Guerra y Paz” del escritor ruso León Tolstói, una de las obras más importantes de la literatura mundial, sobre la invasión napoleónica a Rusia. Sin embargo, ha seguido la estela de su ferviente admirador Stalin, implantando el terror, la mentira y la propaganda, como hiciera con los campesinos del “granero de Europa”, en el genocidio ucraniano por las hambrunas en 1932 (Holodomor), que costó la vida de cinco millones de personas. También habría que recordar la masacre de 21.768 prisioneros polacos en los bosques de Katyn, en 1940, por la NKVD soviética, pese a manipular la autoría de alemanes. Justifica invadir Ucrania para “desnazificarla”, cuando la historia nos evocael Pacto Ribbentrop-Mólotov (nazi-soviético) de 1939. Este iluminado cabalga —exhibe torso al aire—con del Imperio del Mal (en locución de Ronald Reagan); ante la situación apocalíptica que ha creado monta el caballo rojo, que simboliza la guerra (amenaza con armamento nuclear); el negro, que encarna el hambre (hay más de un millón de deportados) y el macilento, que representa la muerte. Ha intoxicado al mundo con desinformación: prohíbe la palabra invasión y guerra, por “operación especial” y conflicto; Google ha vetado a los canales pro rusos “Sputnik” y “Rusia Today”.
Entiende que la mayor tragedia geopolítica del siglo XX fue el hundimiento de la URSS, por lo que pretende instaurar el Telón de Acero, en expresión de Churchill. A este inmisericorde personaje, tampoco le ha contagiado la sensibilidad del violonchelista de Azerbaiyán, Mstislav Rostropóvich, firme defensor de los derechos humanos, que actuó frente al Muro de Berlín al desmantelarse la Unión Soviética con Boris Yeltsin y Mijaíl Gorbachov. El presidente ucraniano Zelensky ha emocionado con su liderazgo en el Parlamento Europeo, en un alegato sobre la libertad y la incorporación de su país a la Unión Europea. Es comprensible que el concepto de libertad —“Libertad, para qué”, diría Lenin— no lo aprecie quien ha invadido recientemente la península de Crimea y ha autoproclamado las repúblicas de Donetsk y Lugansk; ha intervenido maquiavélicamente en Siria, Georgia, Chechenia y Kirguistán; mantiene aliados como Bielorrusia, Moldavia y Alemania por el gas, al deshacerse de las nucleares; ha amenazado a Lituania, Letonia y Estonia, así como a Suecia y Finlandia. A su mejor aliado Xi Jinping, le explicará como invadir Taiwán.
Los deportistas, comenzando por Lewandowski, han boicoteado la invasión rusa expulsándoles de las competiciones; plutócratas como Abrámovich venderán el Chelsea; el banquero Oleg Tinkov ha calificando esta situación de inaceptable; y el ajedrecista Kaspárov invita a detenerle. En España resulta repugnante la equidistancia “putineja”. La bailarina del Teatro Bolshói, Maya Plisétskaia (de madre judía deportada y padre ejecutado), que interpretaba a “Don Quijote”, tampoco entendería al “ortodoxo”. Pero qué bien comprenden los ucranianos a Cervantes: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos (…), por la libertad se puede y debe aventurar la vida”.



