
Jaén - Publicado el - Actualizado
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osé Carlos, mi secretario del Instituto, me preguntó a mitad de curso si tenía periódicos atrasados. “A mi hija le han pedido que haga un trabajo con papel maché. Y aquí nos tienes a Isabel y a mí haciendo figuritas por la noche en lugar de tomarnos una cerveza tranquilamente”. Constaté que los tiempos no cambian. Los maestros siguen empeñados en examinar, ya adultos, a los padres. Mi duda estriba en si se creen que las creaciones están manufacturadas por los alumnos o hay un afán maligno de fastidiar al prójimo.
En mis tiempos la asignatura cuya nota compartíamos niños y adultos –“papá, nos han puesto un ocho”- se llamaba pretecnología como antes fue denominada trabajos manuales. Uno de los encargos recurrentes era un bastidor de madera para encuadernar libros. En la segunda evaluación había que presentar un volumen confeccionado por ti. O por tu madre.
Mi padre, una vez que hubimos vuelto del partido del Real Jaén el domingo por la tarde, solventó el problema del bastidor entre reproches maternos, “siempre lo dejáis para última hora”. Un encogimiento de hombros del jefe significaba que con él no iba el asunto, pero que por la armonía familiar se ponía manos a la obra. Mi misión consistía exclusivamente en pasarle las herramientas. Le, me, nos pusieron sobresaliente en la primera evaluación.
Curiosamente lo de encuadernar me gustaba. Adquirí cierta destreza. Andaban por la casa tebeos de Mortadelo y Filemón a los que por un exceso de uso se les despegaban las páginas. En mi casa la lectura de las viñetas estaba bien vista según la pedagogía de mis progenitores: “que lean tebeos. Acabarán leyendo libros”.
Formé un volumen que se convirtió en el objeto de deseo para todos mis hermanos. Con tapas de cartón incluidas, había que pedir número para poder leerlo. Recuerdo con nitidez dos gruesos ejemplares exclusivamente con las historias de Mortadelo y Filemón, sin lugar a duda nuestros preferidos.
Mi hijo que pertenece a otra generación también adquirió el hábito de las aventuras de ambos agentes. Tengo pendiente discutir con él quién se inspiró en quién. Si Ian Fleming, James Bond agente 007, en Ibáñez o al revés. Imaginativos son los inventos del doctor Bacterio y también los de Q. Miss Moneypenny tiene su trasunto en Ofelía y el Súper tiene en Londres un homólogo llamado M.
Tantos años. Igual de popular. Los genios tienen que cumplir con la premisa de ser imperecederos. Ibáñez lo era. Lo es. Gracias por todo, maestro.
Palabras, divinas palabras.



