
Madrid - Publicado el - Actualizado
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Ya está aquí. Ha llegado con su habitual y vana estridencia. No me refiero a la enésima proclama de que esta vez sí que sí echa a andar el tranvía, sino a la vulgar, hortera y chillona primavera. Tres meses para hartarnos de florecitas, pólenes, ropa de abrigo que va y viene, cambio de hora, alergias y todas las consabidas maravillas que trae aquella estación. Lo poco bueno que cabe decir de la interfecta se lo debemos a don Luis de Góngora quien comienza así la Soledad primera: “era del año la estación florida / en que el mentido robador de Europa …”. Donde se explica con profusa erudición que en esta época del año el sol está en la constelación de Tauro, la cual puso Zeus en el firmamento para celebrar el rapto, y posteriores amores, de la hermosa Europa. Para lo cual se metamorfoseó en un toro blanco, ensabanado, que diríamos en términos taurinos.
No consta en los tratados mitológicos el consentimiento de la doncella, información que brindo por si las gentes que se manifiesten contra la corrida del Domingo de Ramos en el Coso de la Alameda consideran oportuno incluirlo en su protesta. Ocasión única para meter en el mismo saco machismo, tauromaquia y globalización. Esto último por aquello de la Unión “Europea” y el mercado único. Se lidiarán reses de la ganadería de Victorino Martín. Lamentablemente no podremos cuadrar el círculo porque las capas de los victorinos, de procedencia Albaserrada, Coloma y Saltillo -¡ahí es nada!- son predominantemente cárdenas. Nada de blancas como el morlaco que se llevó a Europa para darle nombre a un continente. Cárdenas, o lo que es lo mismo, entrepeladas de blanco y negro. ¿Habrase visto mayor desafuero? Pues dicho color es más propio del entrañable otoño.
Los giennenses se quejarán amargamente. No de la postración y abandono de su tierra, sino de que en Jaén no hay primavera. De que pasamos de los rigores del invierno a los rigores del verano. Sin transición. Impedidos para disfrutar de esas tardes, que suponemos apacibles, en las que florece por ensalmo el amor y la felicidad. Otro amanecer primaveral nos cantaría si pusiéremos tanto énfasis en la protesta política como malgastamos en estas inútiles cuitas meteorológicas. Llegue con prontitud la noche de San Juan y el verano. Que ardan en las hogueras la primavera y todo el caudal de malas noticias que han de traernos estos tres infaustos meses en los que clavetearemos más el ataúd de Jaén. Palabras, divinas palabras.



