
Madrid - Publicado el - Actualizado
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Se llama Julio. Trabaja en el bar Walter de Jaén. Durante el verano le servía a mi padre las cervezas del mediodía en el chiringuito de Jabalcuz. Joven, africano, negro. Un buen tipo.
Hace dos domingos la familia nos juntamos a comer para celebrar el cumpleaños del Jefe Supremo. Julio comentó que le daba alegría vernos a todo juntos, “seguid así. No perdáis esta unidad. Es emocionante”.
A la hora de tomar nota de los cafés, yo lo pedí “solo y con azúcar morena, si puede ser”. Contestó riéndose, “aquí no hay más moreno que yo”. A lo que espontáneamente repuse “mucho más negro que moreno, me parece a mí”. Soltó una carcajada y me chocó la mano.
El problema no son las palabras, sino el uso que hacemos de ellas. Podemos convertirlas en balas o en caricias. La misma palabra según el uso y el contexto es buena o mala. “Hijoputa” gritado por un hincha al árbitro que acaba de pitar un penalti es muy diferente del “menudo hijoputa estás hecho” cuando le cuentas a un amigo que estuviste de fiesta la noche anterior hasta que amaneció. Sustituyan “hijoputa” por “cabrón” y obtendrán, dilectos oyentes, frases contrapuestas según el tono con el que las pronuncien.
Es cierto -a mí me sucede a veces- que habríamos de ser más cuidadosos. A un amigo del alma le he espetado en alguna ocasión con todo mi cariño entre bromas y veras, cuando él se dedicaba a la hora de las cervezas a meterse conmigo, “no seas maricón”. Tan pronto dicho, ya estaba arrepentido pues en su familia y en la mía hay homosexuales. No sentí, sin embargo, la necesidad de disculparme. También él me lo había soltado otras veces. Son los excesos del lenguaje oral, mucho menos reflexivo que el escrito, donde este tipo de expresiones no tienen disculpa posible.
No pretendo un alegato en mi defensa por mi excesos o descuidos verbales. Son errores de los que me arrepiento. Pero me gustaría plantearles mis dudas sobre los límites del lenguaje coloquial y los eufemismos. Desterremos por humillantes “gitano” cuando vas hecho un desastre, “judío” si se regatea un precio, “moraco” ante alguien de mal aspecto. Pero lo de llamar subsaharianos a los africanos de raza negra me parece un exceso. No ha de cambiarse la palabra, sino la actitud.
La próxima vez le pediré a Julio que me ponga un café mitad suyo, mitad mío. Lo que es un blanco y negro. Seguro que los dos nos reímos.
Palabras, divinas palabras



