DEPORTES CÓRDOBA

Diarios de la B. Episodio 4. Algeciras

El Algeciras disfrutó del fútbol mientras que el Córdoba perdió dos puntos y su presidente los papeles

El Algeciras disfrutó del fútbol mientras que el Córdoba perdió dos puntos y su presidente los papeles

Algeciras castañas

Toni Cruz

Tiempo de lectura: 3'Actualizado 16:52

“¿Qué? ¿A disfrutar, no?”. El gorrilla que vigila los coches que aparcan delante del estadio El Mirador de Algeciras nos reconoció por instinto como forasteros. Después de muchos años, viajes y campos he observado que es una cualidad que, creo, desarrollan los más expertos aparcacoches como medida de seguridad. Cuando luego le matizamos que -al margen- veníamos a contar el partido para COPE el vigilante apostilló: “Vaya. Pues tiene que ser muy bonito vivir de lo que a uno le gusta”. Vivir. Trabajar. Jugar. No sé si uno puede vivir únicamente jugando, pero sí tengo claro que la vida es un juego. Trágico. Cómico. Marinetti deliró en su “España veloz y toro futurista” mientras viajaba en coche entre Barcelona y Burgos: “-¿Qué estás buscando? No hay nada que enseñarte”. Me imagino a Marinetti aparcando enfrente del estadio del Algeciras y buscándole algún sentido ilógico a la vida en una pareja que asaba castañas a treinta grados.

Los accesos al campo del Algeciras son como un estrecho (de Gibraltar). Los aficionados se apelotonan en su perímetro porque apenas hay margen entre lo que es y lo que no es estadio. Tal cercanía invita al diálogo y al acercamiento de posturas. Imagen: un seguidor del Córdoba con una camiseta de Aythami Artiles sonríe mientras, sorteando a un grupo de fieles del conjunto local que lucen una rojiblanca con el nombre “Estibadores Algeciristas”. Cada cual a su rollo, hasta cierto punto. Los colores se mezclan con la misma naturaleza y rapidez que el ron con la coca cola que se bebía. Dos contrarios pactan un marcador en sus mentes a cambio de determinadas y legendarias recompensas en la vuelta en El Arcángel.

Es octubre y hace calor. Desde la cabina desde donde narramos se ve bien, pero el efecto invernadero la convierte en un asador de pollos. Con claridad observamos la publicidad que decora el modesto marcador electrónico: “El Gigante de los Empeños”. Justo en ese momento - “en ese preciso instante” que diría Fernando Arrabal- hace entrada en el palco el presidente del Córdoba junto a su señora y al presidente de los veteranos. Entonces no lo sabíamos, pero ya había querido campar por sus respetos accediendo a zonas que incluso él que todo lo puede tenía vedadas en un lugar que -en realidad como en el club que preside- no es suyo. Le pusieron en su sitio y acabó buscando venganza al final.

Una nube de papeles blanca y roja se posa sobre la grada justo cuando saltan a jugar los dos equipos. Al Córdoba se le respeta en Algeciras como yo no recuerdo que se le haya respetado en ningún destino en los últimos tiempos: “Es un grande”, escucho; “partidos como este son por los que merece la pena luchar”, me llega. Y, como en el fútbol no hay mayor recompensa que matar al venerado, el Algeciras complace a los tres mil y pico que no paran de jalearlo con un partido impropio de un recién ascendido de Tercera. Combina, desplaza, mima y hasta zascandilea a ratos con la pelota relegando a su admirado rival al papel de comparsa. Recuerdo que en el mejor Algeciras de la historia jugó un señor apellidado Unamuno mientras pienso en que el Córdoba ganaba pero no convencía.

Owusu marca el segundo. Y en la cabina pecamos al decir que el resultado no se puede escapar. Se escapa, claro, mientras el hormigón de El Mirador retumbaba como tuviera dinamita explotando en su interior. Gana la felicidad. Porque, al final, lo poco que se puede rescatar en el por lo general monótono día a día es aquello de lo que disfrutamos. Y tengo la sensación de que el domingo el Algeciras, sus seguidores y hasta la pareja que asaba castañas a treinta grados (y que seguían haciéndolo a la conclusión) disfrutaron del fútbol. Y también me temo que los futbolistas del Córdoba -y sus aficionados- no están sintiéndose cómodos en su regreso a Segunda B. Más que nada porque no saben exactamente el papel que tienen que desempeñar en ella. Lo mismo que le pasa al presidente.

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