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Miguel Reina,el portero que solo encajó dos goles en Primera en El Arcángel:“Gento no quería jugar en Córdoba"

"En la repetición de la final del 74 los jugadores del Bayern parecían Ferraris contra 124", cuenta el legendario ex meta de Córdoba, Barcelona, Atlético y selección

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Toni Cruz González
@tonicruzgon

Redacción COPE Córdoba

Toni CruzCórdoba

Tiempo de lectura: 9'Actualizado 10:58

Su padre le enseñó a ser el primero en entrar a trabajar y el último en salir. Miguel Reina comenzó de ayudante en una cocina y terminó jugando una final de Copa de Europa. Cordobés de pura raza, fue el meta que defendiera la portería del mejor Córdoba C.F. de todos los tiempos. Dos goles encajó en El Arcángel en la 64-65 y uno fue en propia puerta. Ganó una Liga, tres Copas, una Copa de Ferias y una Intercontinental, al margen de dos trofeos Zamora. El periodista especializado Iván Castelló dijo sobre él en un Fiebre Maldini que fue un “gran portero maltratado por la historia por aquel gol de Schwarzenbeck”. Con él repasamos una trayectoria de leyenda y jalonada de anécdotas.

-Miguel, pasaste de subirte en el autocar del equipo del Córdoba que subió a Primera en el 62 por mediación de Roque Olsen a debutar dos años después y con apenas 18 en el mejor equipo blanquiverde de la historia. Fuiste un portero muy precoz, ¿verdad?

-Con 14 años yo trabajaba ayudando a mi padre de cocinero en el Hotel Palace y esa tarde salí a saludar al autocar del Córdoba que acababa de subir en Huelva en la glorieta del Palace cuando terminé la jornada laboral. Al salir, Roque Olsen me vio y como yo ya entrenaba con la primera plantilla a veces me invitó a subir y fui con ellos hasta el Ayuntamiento. Fui precoz, sí, pero me costó lo suyo. Yo entraba a las siete de la mañana a trabajar y me iba a las nueve y media a entrenar con el Córdoba. Después volvía al trabajo y estaba ahí debajo de tierra hasta las once de la noche. Fui uno de los porteros más jóvenes que ha debutado en Primera junto con Rodri, un portero del Sevilla con el que compartí selección andaluza juvenil y obtuvimos el campeonato de España antes de ser después los dos de la española juvenil. Nos hicimos los lesionados para jugar media parte cada uno.



-Que te diera la opción en el Córdoba un entrenador como Eizaguirre que había sido un portero de leyenda ya suponía una carta de presentación

-Merced a la labor que conmigo desarrolló Roque Olsen, que fue quien me pasó de los juveniles al primer equipo, ya estaba curtido en entrenar con profesionales. Hacía el mismo trabajo que Benegas, García y Ortiz, que eran los porteros de ese Córdoba de Primera. Eizaguirre fue un pilar importantísimo. Fue curioso cómo me hizo debutar: jugábamos en Las Palmas y casi al final en una falta desde el medio del campo que creo que lanzó Castellano salió García mal de puños y perdimos 1-0 por ese gol. En ese mismo momento me digo Ignacio: “Miguel, prepárese que el domingo debuta usted”. Llamé a mis padres a contárselo y esa noche no dormí. Efectivamente, en el siguiente partido debuté.

- ¿Se forjó aquel magnífico Córdoba de la 64-65 a base de peroles? ¿Es cierto que figuras como Gento tenían miedo a medirse a zagueros como Simonet?

- Nos tenían un respeto importantísimo. Simonet era todo pundonor, un defensa correoso, rápido… no dejaba a nadie tranquilo. Era tremendo. Yo tenía mucha amistad con Manolín Bueno -habitual suplente de Gento en el Real Madrid- y siempre me decía que había tres campos en los que sabía que iba a jugar porque Gento no querría ir. Uno era El Arcángel por Simonet, otro Sevilla por Campanal y el otro Granada por Aguirre Suárez. En Córdoba aquel entonces teníamos un equipazo extraordinario, quedamos quintos en liga por delante del Barcelona y el Athletic. Los peroles los hacíamos antes de los partidos importantes en el estadio y los guisaba Mejías el utillero. Allí compartíamos un rato de convivencia extraordinaria. O bien nos íbamos con José Luque, del Barril. Había una hermandad extraordinaria. Para qué decirte cuando se viajaba en ese autocar del equipo que salía de La Trinidad. A Valencia, por ejemplo, salíamos a las ocho de la mañana de las oficinas del club, parábamos en Valdepeñas a comer, cenábamos y dormíamos en Albacete y al día siguiente llegábamos a Valencia al Hotel Inglés. Al regreso, cenábamos en Albacete un muslo de pollo frío o un trozo de ternera asada y al día siguiente llegábamos a las cinco o seis de la tarde a Córdoba. Tardábamos cuatro días en ir y volver a Valencia, por lo que casi pasábamos más tiempo entre nosotros que con nuestras familias.

-Ese registro de apenas dos goles encajados en El Arcángel es impresionante y creo que irrepetible

-En realidad me metieron uno nada más (obra de Di Stéfano), porque el otro lo metió sin querer el pobre Ricardo Costa. Fue en un partido televisado contra el Zaragoza (2-1). Sí, yo creo que es irrepetible. Presumo ante mí mismo de lo bonito que fue.

-Te vas al Barcelona, entrenado paradójicamente por el mismo Roque Olsen que te subió al autocar del Córdoba, y pasas directamente de cocinero en el Hotel Palace a defender a un grande de España en un partido de octavos de Copa de Ferias ante el Hannover 96

-Roque Olsen me conocía perfectamente y él fue quien me dio una cifra a la hora de fichar por el Barcelona. Durante esa firma fueron el presidente José Salinas y el vicepresidente Rafael Morón y me dijeron lo que yo tenía que ganar, que era como comprar zapatillas de cáñamo para acompañar al abrigo de visión, porque el Córdoba iba a recibir ocho millones por el fichaje. Al final aceptaron la cifra que yo les pedí tras amenazarme con no aceptar el traspaso. Así conseguí la cifra que Roque Olsen me recomendó, pero me costó mucho cobrarlo. El Córdoba me debía 500.000 pesetas y si era internacional me tendrían que dar otras 250.000 pesetas. Me dijeron que me pasara por el Hotel Majestic y en lugar del talón me encontré una nota que ponía: “Miguelín, nos hemos tenido que marchar urgentemente a Valencia”. Para cobrarlo tuvo que intervenir mi tío Pepe Reina, que era el director del Hotel El Brillante que era donde se concentraba el Córdoba. Él iba cada lunes a pedir ese dinero y allí le daban 25.000 pesetas. Dos años estuve para cobrar lo que el Córdoba me dejó a deber.



-En tu primera media temporada en el Barcelona conquistas la Copa de Ferias pero te pierdes la final ante el Zaragoza. Después ganas dos copas, juegas siete temporadas y consigues un Zamora. En la Wikipedia se dice que Vic Buckingham no te ponía de titular en el Camp Nou porque la afición culé no te perdonaba un fallo ante el Dinamo de Moscú. ¿Qué tal era como técnico Buckingham?

-El inglés era único. Después de tres temporadas ya en el Barcelona, tuve la mala suerte de lesionarme de ligamento cruzado y menisco y me operó el doctor Cabot. En tres meses me recuperé y gracias a Ángel Mur, que era impresionante, pude volver a jugar. Esa pretemporada jugamos el Joan Gamper contra el Dinamo de Moscú de Yashine, que era casi la selección de la URSS y antes del partido Sadurní dijo que como catalán le dolía ser mi suplente en el Barcelona, porque yo los había jugado todos los partidos el año anterior. Nosotros llevábamos catorce días de entrenamiento y los ellos eran los líderes destacadísimos de la liga soviética. Zabalza salió de lateral izquierdo y en siete metros le sacaban catorce. En la primera pelota que toqué la gente ya se puso a gritar “Sadurní, Sadurní”. Una bronca impresionante. Terminamos 0-5. Menos mal que el árbitro era Antonio Camacho, que era buen amigo mío, y antes de la segunda parte le dije que estaba siendo un “cabrón” con nosotros. Tras el descanso le anuló dos goles al Dinamo. A pesar de ese partido yo empecé a jugar fuera y Sadurní en casa. En el décimo partido ya optó por ponerme también en el Camp Nou. Siempre recordaré a Buckingham como uno de los más grandes entrenadores que tuve.



-En el 73 te marchas al Atlético y vives dos de los partidos más inolvidables de la historia de los colchoneros. Te pregunto primero por la ida de la semifinal de Copa de Europa ante el Celtic. ¿Tan duro fue el partido de Glasgow como para que los escoceses sigan quejándose y lamentándose? ¿Tanto pegaron los Heredia, Panadero Díaz, Ovejero y compañía?

- ¿No has visto los reportajes? Hubo una entrada de Panadero Díaz a Johnstone, que le metió una patada en el pecho que si le da en la cabeza le decapita. Fue muy bronco, hubo de todo. Babacan, el árbitro turco, expulsó a tres nuestros y amonestó a cinco o seis más, entre ellos a mí por perder tiempo. Fue tremendo. El partido en el que más patadas dimos mientras jugué en el Atlético. Nos parecíamos al Granada de los Fernández, Aguirre Suárez y el Conejo. Aquella noche de Glasgow fue tremenda. Empatamos a cero y luego ganamos 2-0 en el Calderón. Panadero Díaz pegaba cada una que era… la madre que lo parió. Además, se dejaba barba y era para que le pusieran en los pasquines de “Se busca”.

-Y luego pasó lo del Estadio Heysel y el maldito gol de Schwarzenbeck, el jugador de menos calidad de aquel Bayern y que tiró por tirar, por el que no habrán parado de preguntarte. Lo último que he leído del tema es que los guantes tuvieron parte de culpa de que esa pelota no hubiera sido desviada, ¿qué hay de cierto?

-Una desgracia. No había encajado ningún gol en todas las eliminatorias, los que recibió el Atlético se los metieron a Pacheco. El primero que recibo en todo el torneo fue a treinta segundos de la final ante el Bayern y tras un balón que sale de banda derecha. Si Irureta hubiera tirado ese balón al graderío el partido se termina ahí. Hablan de que si los guantes… no. El tiro fue impresionante. El balón pegó entrado al palo derecho y no pude hacer nada. En el segundo encuentro… no quiero pensarlo, pero en aquellos tiempos no se hacían controles antidopaje. Los tíos eran motos. Ferraris contra 124. Volaban los tíos. Nos metieron cuatro, sí.



-Al menos en 1974 Miguel Reina se convirtió en portero del primer equipo no campeón de Europa que gana una Intercontinental. ¿Qué sensación te dejó vencer al gran Independiente de Bochini y Bertoni? ¿Cómo era jugar ante un equipo sudamericano en esos tiempos?

-Igual que nosotros dimos en Glasgow los argentinos eran muy sucios jugando. Alguno he conocido que en los partidos te pinchaba con alfileres en los córners. El Bayern renunció por lo que había pasado en anteriores Intercontinentales. El partido que perdimos 1-0 allí en Argentina fue un infierno. La vuelta en el Calderón no lo jugué porque no anduve bien en un encuentro y Luis creyó oportuno que jugase ese partido Pacheco.

-¿Cuál fue el mejor jugador al que te enfrentaste en tu carrera?

-Guillot, del Valencia, me encantaba. Amancio, Di Stéfano, Puskas, Re, Beckenbauer, Hoeness, Müller… He jugado Copa de Europa y con la selección. Gento era un monstruo, Marcial Pina… ¿Y Fusté no era bueno? Tuve la suerte la estar en dos plantillas muy importantes.

-Y, ¿cuál es el ambiente de fútbol más impresionante en el que has jugado en esos sesenta y setenta?

-Atotxa era tremendo. Las vallas estaban tan próximas al terreno de juego que pasabas y te cogían con el paraguas. Una vez con el Barcelona salimos directamente del túnel de vestuarios hasta la estación de ferrocarril porque no había forma. Como belleza, el campo del Betis. El del Sevilla era impresionante también. El del Granada te imponía por los palos que se daban y porque detrás de la puerta norte estaba la cárcel y se veían las ventanas, que alguna vez le comenté a Barrios que no pegara más que le íbamos a mandar para allá. En cuanto a su capacidad… el Bernabéu, el Camp Nou maravilloso, San Mamés… Es curioso que siempre que íbamos a jugar a esos grandes campos por la mañana el césped estaba fenomenal, pero por la tarde tenía dos palmos de agua porque lo habían regado.

- ¿Nunca tuvo la posibilidad o no le dieron la posibilidad a Miguel Reina de terminar su carrera en el Córdoba? Cuando dejaste el Atlético tenías 33 años, que no es mucho para un portero

-Eran otros tiempos. Compaginaba el fútbol con el comercio. Entendía que el fútbol no iba más allá y tuve un traspiés con una fábrica que había montado en Barcelona. Era comercial y representaba a varias empresas, entre ellas algunas joyeras de Córdoba. Tuve mi propia empresa en Ubrique. Sabía que mi futuro no iba a ser el fútbol y cuando expiraba mi contrato con el Atlético vino el Salamanca ofreciéndome dos años de contrato, pero les dije que no. Las grandes empresas estaban en Madrid y allí me quedé. Ser entrenador no me atraía en absoluto, porque hay que ser muy especial y no se puede ser amigo de todo el mundo.

-Y una última: ¿por qué tu hijo es tan cordobesista? ¿qué sentiste cuando le viste con la bufanda del Córdoba y la Copa del Mundo?

-La emoción más grande de un padre puede tener. No es más ni menos que cualquier cordobés. Su mujer es de aquí y cuatro de mis nietos nacieron en Córdoba. Al primero la cigüeña se le paró en Liverpool. Además, sus padres son de aquí. Mi mujer se crio en la calle Almanzor y yo me crie a espaldas de Bodegas Campos. Mi padre emigró a Venezuela a hacer dinero y cuando pudo volver compramos en la calle Candelarias y teníamos como inquilinos a los padres de Joaquín Salcedo el sastre. Pepe Reina es cordobés y no va a renunciar nunca a sus ancestros. ¿Qué vamos a hacer? Espero que eso no moleste a ninguno. Tengo a dos que nacieron en Barcelona -Miguel y Paco- a los que bauticé en la iglesia de Santa Tecla de Barcelona con agua de Santa Marina. Todos mueren por Córdoba.

-¿Le veremos vistiendo la camiseta del Córdoba?

-No, Pepe no. Creo que después de todo esto colgará pronto los guantes. Eso sí, te digo que su pensamiento es ser entrenador y estoy convencido de que triunfará porque este hace vestuario, hace piña.

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