¿Por qué vuelan los aviones?

Te explicamos las leyes que hacen posible que los aviones se sostengan en el aire y cómo puedes recrearlo en un coche solo con tu mano

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Javier Castilla
@javi_castilla

Redactor cope.es

Tiempo de lectura: 2'Actualizado 02:04

Volar es uno de los sueños que, desde su existencia, siempre ha tenido el ser humano. De hecho, hasta hace poco menos de 120 años, seguía siendo una fantasía que parecía pura ciencia ficción solo al alcance de unos cuantos animales privilegiados. Pero, en 2005, el que está considerado como el avión comercial más grande jamás construido, el Airbus A380, fue capaz de levantar del suelo sus 421 toneladas. ¿Qué sucedió entre medias para que el ser humano fuera capaz de transformar ese sueño en realidad y de realizar hitos como este?

Para empezar, hay que contrarrestar dos fuerzas inevitables: la que empuja al avión hacia abajo y la resistencia del aire que le impide avanzar hacia delante. ¿Cómo se hace? Con los motores, que le empujan hacia delante, y con las alas, que le permiten sustentarse en el aire. Cuando la fuerza que ejercen los motores es superior a la resistencia del aire, el avión avanza; mientras que, cuando el aire interactúa con las alas, este empuja el aparato hacia arriba, de modo que "anula" el peso del propio avión. Entonces, cuanto más pese el avión, más potencia deberá tener el motor y mayor embergadura deberán tener las alas para ser capaces de vencer esas fuerzas. Pero no es del todo tan fácil.

El diseño de las alas, clave para que un avión vuele

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Las alas son, sin duda, el elemento más complejo, porque su diseño es clave y fundamental para que el avión no se caiga al suelo. A pesar de que hemos dado la explicación sencilla anteriormente, en realidad todo tiene que ver con las presiones. La idea del diseño de las alas es que el aire que pasa por encima tenga más superficie que recorrer que el que pasa por abajo y que, así, vaya más rápido que el segundo, de modo que, por aplicación de la ley de Bernoulli, la presión que se genera encima es menor que la que se genera abajo. Esta diferencia de presiones crea una fuerza debajo del ala que la empuja hacia arriba.

Aunque parece compleja esta explicación, su aplicación es muy sencilla cuando nos desplazamos en un coche a una velocidad superior a unos 80 kilómetros por hora aproximadamente. Basta con sacar la mano por la ventanilla con los dedos unidos e inclinarla siguiendo el sentido de las agujas del reloj, de modo que el pulgar y el índice estén hacia arriba, y los últimos dedos hasta el meñique hacia abajo. Los efectos son inmediatos: el aire empujará la mano hacia arriba y sentiremos como se eleva. Si invertimos la inclinación, sentiremos cómo se produce el efecto contrario, la mano irá hacia abajo. Y, gracias a este principio tan fácil de comprobar en un coche, junto con la fuerza del motor, los aviones son capaces de volar y no caerse al suelo.

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