Madrid - Publicado el - Actualizado
1 min lectura
El Presidente de la Generalitat fue investido gracias a los votos de la CUP después de un oscuro acuerdo por el que nadie preguntó durante la maratoniana sesión del domingo 10 de enero. Se trataba de llegar, como fuera, a un acuerdo que mantuviera vivo “el proyecto de país” con el que el independentismo sueña. Aparentemente la CUP perdía, ERC quedaba neutralizada y Convergencia ganaba. La verdad es que todos han ganado algo. Artur Mas tiene a su heredero en la Generalitat, ERC sigue siendo el bastión del independentismo y la CUP controla la calle. De otro modo no se entiende que la Generalitat, que se había personado en siete causas contra violencia callejera, incluido el desalojo de Can Vies, hoy se haya retirado. A partir de ahora la Generalitat solo se personará si se lesionan bienes públicos o se agrede a funcionarios. La respuesta de la policía autonómica no se ha hecho esperar, como tampoco la de la oposición. En tiempos recios como lo que se avecinan, al Gobierno Puigdemont le interesa tener el viento a favor. Necesita, sí o sí, a los ocho diputados de la CUP que le dieron su voto. El independentismo ha conseguido que sus intereses particulares adquieran, aparentemente, forma pública de derechos. De este modo ha ido controlando el discurso y las instituciones. La calle, finalmente, se ha cedido a los antisistema, para que mantenga viva la tensión. Tremenda irresponsabilidad.



