Madrid - Publicado el - Actualizado
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La ejecución del clérigo chií Nimr al Nirm en Arabia Saudí ha causado una reacción en cadena en la zona, complicando aún más el frágil equilibrio existente. Muy crítico con el régimen saudí, el jeque chií Al Nirm, ejecutado junto a otras 46 personas, había sido detenido en varias ocasiones durante la última década. Estaba acusado de terrorismo por inspirar un alzamiento en 2011, al rebufo de la denominada primavera árabe. En 2014, en un juicio de dudosa transparencia fue condenado por sedición, desobediencia y alzamiento en armas. De la importancia simbólica de su figura hablan bien a las claras los episodios de cólera y furia en diferentes países de la zona que se han desatado en los últimos días. El acontecimiento es una mecha capaz de incendiar de forma dramática Oriente Próximo. Desde Arabia Saudí reiteran que su condena a muerte no ha sido por su condición de chií, sino por terrorista. Pero Irán, la gran potencia chií que disputa con Arabia Saudí la influencia en la zona, ha denunciado que mientras la monarquía saudí utiliza el lenguaje de las ejecuciones y de la represión con sus críticos internos, apoya a los terroristas y extremistas suníes. No se trata solo ni principalmente de un conflicto étnico-religioso cuanto de un juego de poder en una zona de gran relevancia estratégica. La nueva chispa encendida es una buena ocasión para mirar hacia dentro de esos regímenes que chocan de nuevo, y comprobar dónde conduce la violación sistemática de los derechos humanos.



