Madrid - Publicado el - Actualizado
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Con el objetivo de evitar el derramamiento de sangre, el Vaticano y la Iglesia en Venezuela están desempeñando una activa labor de mediación entre el gobierno y los grupos opositores. Esto supone adentrarse en un campo de minas debido a la polarización de la sociedad venezolana y a las propias divisiones en la oposición, sobre si se puede confiar en la sinceridad de un régimen que busca ganar tiempo y evitar unas elecciones anticipadas, la única solución que realmente podría desbloquear la situación. Los últimos acuerdos para paliar el desabastecimiento de alimentos y medicinas suponen, de hecho, un acto de generosidad de los grupos democráticos, ya que permiten a Nicolás Maduro insistir en su desquiciado relato que culpa a un complot capitalista de problemas que tienen como única causa la nefasta gestión del régimen.Estos pasos han sido posibles gracias a la Iglesia, que desde una estricta neutralidad partidista, se ve a la vez obligada a dejar claro que no está dispuesta a blanquear al oficialismo. De forma diplomática pero clara, el arzobispo Baltazar Porras, que mañana será creado cardenal, ha descrito el carácter autoritario de un régimen alérgico al reconocimiento de los principios democráticos más básicos. Su mensaje es cristalino: no hay alternativa al diálogo, cierto, pero los mediadores deben tener muy claro con quién se sientan a la mesa.



