Madrid - Publicado el - Actualizado
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El Papa Francisco está a punto de llegar a México. Será un viaje apasionante. Lo será porque el pueblo mexicano es acogedor y afectuoso, porque los lugares que el Papa visitará están cargados de valor histórico, humano y religioso, porque México es hoy una de las grandes encrucijadas de América Latina y porque todo en México está hoy sujeto a cambio.Francisco viaja a un país en el que la religiosidad confesa ha disminuido más de diez puntos desde el último viaje de Juan Pablo II, a un país marcado por la pobreza de casi la mitad de sus habitantes, herido por la corrupción y el clientelismo, desangrado por la violencia y dominado por unas élites socioeconómicas y políticas excluyentes y tremendamente poderosas.El viaje del Papa no es político. Es cierto. Pero la Fe cristiana tiene una dimensión social que es ineludible. Y eso habrá de sentirse cuando el Papa viaje al centro de la pobreza urbana en la ciudad de Ecatepec, cuando se encuentre con los indígenas de Chiapas, pobres y marginados, cuando visite Ciudad Juárez y enfrente el horror del tráfico ilegal de personas que azota el país o cuando en Michoacán se adentre en tierra dominada por el narco.Francisco sabe a dónde va. Lleva el testimonio y la presencia de Jesucristo, la única que puede sanar las heridas profundas del hombre. Por eso los mexicanos, especialmente los más pobres y necesitados, están de fiesta.



