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Un mes de vacunación en España: retrasos, improvisación política y pocas vacunas

Desde que empezase el operativo el 27 de diciembre apenas tenemos a un 0,3 % de los españoles inmunizados

Un mes de vacunación en España: retrasos, improvisación política y pocas vacunas

Europa Press

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Redactor de COPE.es

Madrid

Tiempo de lectura: 5'Actualizado 10:03

Todavía quedan días de fiesta. Es 27 de diciembre. Son las 9.00 de la mañana en la residencia Los Olmos de Guadalajara. La expectación es máxima, algo entendible viendo el desarrollo de la pandemia en nuestro país. Araceli es la mayor con 96 años y es, además, la primera española en recibir la vacuna de Pfizer contra el coronavirus.

Ya ha pasado un mes desde aquel momento en el que comenzamos a ver algo de luz en el túnel permanente en el que nos hemos instalado. Araceli incluso ha recibido su segunda dosis. Es así como este 27 de enero se erige como el momento ideal para hacer balance del primer mes de vacunación en España. Un mes que ha tenido de todo: bronca política, retrasos en los envíos y hasta dosis reticentes a salir de los viales.

¿Cómo está España un mes después de iniciar la campaña de vacunación?

El todavía ministro de Sanidad marcaba a finales de este fatídico 2020 un objetivo claro pero ambicioso con la vacunación: un 70 % de los españoles inmunizados en verano. Illa fijaba la meta y las comunidades se buscaban la vida para acercarse lo máximo posible. Fue entonces cuando no tardaron en sucederse las primeras críticas a regiones como Madrid (por supuesto) o País Vasco por no gastar todas las dosis que tenían disponibles.



La justificación dada era el conservar una segunda dosis por si se producían problemas logísticos en el futuro y al menos poder administrar la segunda dosis correspondiente a quien ya había recibido la primera. Los elogios le llovían a gobiernos como los de Asturias o Canarias que se afanaban en utilizar hasta la última dosis con fe ciega en el sistema de envíos. Un mes después debemos hacer balance y ver quién tenía razón (si es que alguien alguna vez la ha tenido durante la pandemia). Para ello, es necesario un pequeño ejercicio de cálculo:



De las vacunas que ha repartido el ministerio de Sanidad por todo el territorio nacional, se han administrado un 95,9 % de las dosis. Es decir que de 1.346.100 vacunas entregadas, ya se han puesto en los hombros de algún ciudadano 1.291.216. La práctica totalidad.

El último dato que nos da Sanidad sobre personas con la pauta completa (que han recibido los dos pinchazos), es de 123.697 o lo que es lo mismo, que se han utilizado 247.394 dosis en personas que estaría inmunizadas. ¿Y esto por qué es importante? Pues porque si hacemos la resta, tenemos a 1.043.822 personas que han recibido una única dosis.

¿Recuerdan que ya se ha puesto el 95,9 % de las vacunas? Pues para ese millón de personas que llevan una única dosis encima y esperan a recibir la segunda, tan solo les quedan 54.884 dosis. El panorama es desolador y la realidad, tozuda: faltan vacunas. El ritmo de vacunación es más lento en los últimos días. Mientras durante la semana del 11 de enero las dosis administradas diarias se acercaban a los 100.000, en estos últimos días apenas superan las 50.000.



¿Qué ha pasado?

Una de las grandes críticas que se está haciendo a la lentitud en la vacunación es a las propias empresas farmacéuticas. En la Unión Europea, la compra de vacunas está centralizada y es cada país el que las adquiere a través de los organismos comunitarios. Todos vimos aquella pegatina monclovita convenientemente colocada en un paquete de la primera remesa de Pfizer, pero no se preocupen, nada tuvo que ver el actual ejecutivo en aquel proceso.

Para que se hagan cargo de la magnitud real del problema, Europa invirtió miles de millones en financiar la vacuna antes de que esta estuviese lista. El dinero, pagado como anticipo a empresas como Pfizer o AtraZeneca, serviría como la garantía de que los ciudadanos europeos recibirían las dosis sin demoras ni problemas. Un plan que las farmacéuticas han hecho añicos.

En una situación como la actual resulta evidente que la demanda es muy superior a la oferta del producto en cuestión. Aun así, Europa tenía firmado en secretísimos contratos el número de dosis a recibir. Lo que pasa es que, tal y como se insinúa desde Bruselas, las farmacéuticas están optando por vender su producto a países que les proporcionan mayores beneficios.

Hablamos de Reino Unido, Israel o Arabia Saudita, países con índices de vacunación altísimos que podrían estar pagando el doble (o más) a las empresas farmacéuticas por las dosis de las vacunas previamente comprometidas con Europa. Italia asegura que su plan de vacunación se retrasará 3 o 4 meses y ha anunciado que llevará a los tribunales a las farmacéuticas. Europa de momento lo descarta, pero esta misma semana AstraZeneca ya ha anunciado que llegarán menos dosis de las previstas.

Las vacunas que se tiran, la imprevisión de las comunidades y los políticos que se cuelan

Pero este es el lío internacional, el de los grandes titulares y tecnócratas firmando contratos en despachos de Bruselas. Tampoco debemos ir tan lejos para poder encontrar nuestro propio descontrol doméstico. Si al comienzo del proceso de vacunación hablábamos de lentitud y falta de recursos para poner las vacunas, no tardamos en descubrir una auténtica novedad: la picaresca española.

Primero un alcalde, luego otro, después otro, al final varios a la vez y así hasta alcanzar un goteo que amenaza con desbordar el río de lo que sin duda es otra forma de corrupción. Una vez rota la cadena del frío, nos enfrentamos a un problema inesperado: ¿qué hacer si sobran dosis?

Y es que la cosa tiene su miga, porque ya sea por incomparecencia, despiste o vaya a saber usted por qué, no todo el mundo que estaba citado se presentaba a ponerse la vacuna. La solución se presentó sencilla para más de uno y los alcaldes (socialistas, del PP, independentistas, daba igual), se administraban esas pobres dosis que corrían el riesgo de acabar en la basura.

Un problema nos hizo descubrir otro. Así averiguamos que en España, después de todo lo que habíamos pasado, se estaban (y se están) tirando vacunas. Tan solo algunas comunidades tienen un plan concreto sobre qué hacer con las dosis que sobran. Cantabria destaca con su lista de suplentes, avisados el mismo día para no desperdiciar ni un vial. Mientras, desde el ministerio, andan liados con el cambio de ministro.

Por el camino han caído el consejero de Salud de Murcia que tardó unas horas en asegurar que no dimitiría y en hacerlo. También el JEMAD, que ha presentado su dimisión ante Robles, que ya le ha encontrado sustituto. Y de fondo un problema evidente: no hay un protocolo claro sobre a quién vacunar y algunos cargos de responsabilidad se están vacunando de tapadillo.

¿Cómo se presenta el futuro?

Es una buena pregunta que hacer a Carolina Darias, ya que Salvador Illa se encontrará al 101 % dedicado a ganar las elecciones en Cataluña. Elecciones que se han intentado aplazar para boicotear el nuevo plan de Iván Redondo, pero que finalmente se celebrarán (si la justicia lo permite) el 14 de febrero, una fecha en la que seguiremos sintiendo la tercera ola.

Este es el gran reto al que nos enfrentamos como sociedad. A falta de medias eficaces y entre llamadas a la “responsabilidad individual”, España afronta una tercera ola que nace antes de que termine la segunda. Con datos como que casi el 10 % de todos los contagios de los registrados en la pandemia se dieron en la última semana, o que este lunes ha sido el día con más fallecimientos desde la primera ola.

Resulta evidente que la vacuna es nuestra gran tabla de salvación. Israel ya ha notificado un descenso enorme de contagiados e ingresados en los hospitales por coronavirus. La cuestión sigue siendo la misma que hace un mes, sin planes concretos, sin vacunas suficientes y con chanchullos a espaldas de los españoles. Veremos qué tal el próximo mes.

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