Boletín

Llantos, dolor y gritos como "¡Mi papá ha muerto!", entre los sonidos de aquel fatídico día en Las Ramblas

El presidente de la Asociación Amigos de las Ramblas, Fermín Villar, recuerda cómo vivió aquel día

Audio

 

José Melero Campos

Tiempo de lectura: 2'Actualizado 17 ago 2019

Eran las cinco de la tarde del 17 de agosto de 2017. El calor apretaba, como es propio en plena canícula. Aquello no impedía que uno de los barrios más transitados de nuestro país, Las Ramblas, estuviese masificado. La normalidad se vio truncada por una furgoneta que recorrió 530 metros en la zona central del paseo, frente al Mercado de la Boquería, que cometió un atropello masivo que dejó 16 muertos, casi todos de nacionalidad extranjera, y 130 heridos. El Estado Islámico reivindicó el atentado.

Desde aquel día, algo ha cambiado en Las Ramblas, aunque nadie sabría apreciar el qué exactamente. El presidente de la Asociación Amigos de las Ramblas, Fermín Villar, estaba fuera de Barcelona el día de los atentados. Cuando conoció lo ocurrido, se desplazó rápidamente a la ciudad condal: “Tenía la sensación de faltar a mi cargo como presidente de la asociación de vecinos y comerciantes.”

La noche de los atentados, Las Ramblas vivió una imagen insólita hasta entonces: el silencio y el vacío: “Muchos vecinos precisaron de tratamiento psicológico, otros en cambio siguieron adelante sin realmente haber digerido lo ocurrido. Tanto es así que el pasado otoño, más de un año después del atentado, un florista me contó el miedo que pasó cuando un turista tiró una lata de cerveza desde un balcón, y que acabó por estallar. Para algunos, ese pequeño estallido fue recordar aquel ataque. Es decir, no se ha superado.”

En cualquier caso, Fermín no cree que se haya instalado la psicosis: “Psicosis en el sentido de cruzar la calle y mirar a los dos lados no hay, en parte porque el volumen de gente que circula por Las Ramblas esconden muchas realidades, pero sí que cuando ocurren hechos puntuales, los que presenciaron el atentado son más vulnerables.”

Y es que las historias de aquel día se cuentan por cientos. Entre ellas, el camarero marroquí que cuando vislumbró la furgoneta tiró al suelo la bandeja y comenzó a introducir a la gente en el interior del local; el joven hindú al que se le murió en los brazos un señor herido de gravedad en la cabeza cuando iba a auxiliarle; o el director de hotel que daba de comer a una madre con sus dos hijos, y uno de los pequeños solo repetía “papá está muerto.”: “Historias que son muy duras solo de escucharlas. Imagínate vivirlas.”

La seguridad se ha intensificado desde entonces en Las Ramblas: “Se instalaron bolardos para impedir el acceso rápido de los vehículos, así como un refuerzo de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad. Los bolardos solo no eran suficiente. La seguridad es la prioridad. Nunca se sabe si podría repetirse.”

La tragedia unió a vecinos y comerciantes del barrio. De hecho, la mayoría de pequeñas empresas no se marcharon tras aquel episodio traumático: “Lo único llamativo fue que todo el personal de una cadena de cafetería famosa, de origen americano, pidieron el cambio, incluido los encargados. Pero el resto se ha quedado, habiendo un mayor vínculo. Los lazos se han hecho más fuertes.”

Por otro lado, el presidente de la Asociación Amigos de Las Ramblas ha añadido que la convivencia con otras religiones y culturas no se ha visto resentida: “En el entorno de Las Ramblas conviven unas 120.000 personas de 150 nacionalidades distintas y unas 20 o 30 religiones. Pero no se percibe mayor islamofobia, pese a que algunos partidos se empeñen en fomentarlo.”

Lo más