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CONCHA MÁRQUEZ PIQUER

Concha Márquez Piquer, el temperamento de la copla a la sombra de su ADN

Javier Herrero

Agencia EFE

Tiempo de lectura: 3'Actualizado 21:14

Javier Herrero

Dos apellidos de alcurnia cultural, los de la leyenda de la copla Concha Piquer y el torero Antonio Márquez, confirieron a su hija, la también cantante Concha Márquez Piquer, fallecida hoy a los 75 años, temperamento encima y debajo del escenario ensombrecido precisamente por la fuerza de ese caudal genético.

"La gente no me conoce, no sabe quién soy. Soy una cantante, hija de Concha Piquer, pero mi alma y mi espíritu lo conocen muy pocos", se lamentaba en 2017 en la presentación de sus memorias, "Yo misma", tras una vida en la que trenzó hilos y relaciones con los grandes nombres de la época, de Miguel Molina a Lola Flores.

Famosa desde la cuna y amadrinada por Eva Perón, el público, la prensa y ella misma asumieron durante décadas (a mucha honra) el sobrenombre de "Conchita", un signo más de que su vida se escribió como un punto y seguido a la biografía de su progenitora, una leyenda que llevó hasta Broadway el sello español.

Tras el baúl de la Piquer sénior, Márquez Piquer (Buenos Aires, 1945) tuvo una esmerada educación internacional que le permitió formarse en ballet y arte dramático, aunque ella soñara sobre todo con emular a su madre como cantante.

"Nunca quise encasillarme en un estilo si bien mi género es el de la copla española", reconoció esta artista que se internó en el flamenco, el cuplé, la canción, el bolero y el tango, pero que recibió sus mayores reconocimientos interpretando "La Parrala", "Ojos verdes", "En tierra extraña" y, claro, "Concha Piquer".

Aún tan ligada en lo artístico a la sombra de su madre, dio muestras de un fuerte carácter e independencia en lo personal. De hecho, con tan solo 14 años se enamoró del torero Curro Romero y 3 años después se casó con él a pesar del "no" rotundo de su padre a esta unión.

Poco más de un lustro accedió a la presión de su pareja para apartarse del mundo artístico. Y así se presentó en 1968 en el Teatro Calderón de Madrid, con su madre sirviéndole la reválida, el aplauso del público congregado y el amor por las canciones del maestro Juan Solano que llenaron sus primeros discos.

A menudo su carrera se vio teñida sobre todo por el rosa de la prensa del corazón, primero por su separación de Curro Romero en 1979 tras dos hijas, Conchitín y Coral, y una anulación matrimonial que nunca llegó; después, por su segundo matrimonio en 1982 con el actor Ramiro Oliveros, al que seguía unida en el momento de su muerte y con el que tuvo a su hija Iris.

"Fui yo quien le pidió en matrimonio. Él simplemente estaba enamorado de mí, como no podía ser de otro modo tras conocerme, tratarme y ver la clase de mujer que era yo", relató en sus memorias, en una muestra más del férreo carácter del que a menudo dio muestras.

Pero si hubo un hecho que marcó su devenir artístico, ese fue sobre todo el fallecimiento en 1986 en un accidente de tráfico de su hija Coral, lo que la llevó a una pronta retirada.

De aquella trágica muerte contó que, al enterarse, le pidió a Oliveros que abriese una botella de champán. "Alcé mi copa hacia el cielo y le dije a Dios: 'Si crees que por esto voy a dejar de creer en ti, te equivocas'", escribió en "Yo misma", que se publicó dos años después de que lanzara una biografía sobre su progenitora bajo el nombre "Así era mi madre".

Del encierro por la muerte de su hija había salido en 1991 para participar en el homenaje que la discográfica EMI rindió a Concha Piquer, fallecida un año antes con 80 años recién cumplidos.

En 1992 volvería a trabajar, esta vez en el teatro con la obra "Madrid, Madrid", del empresario teatral José Tamayo, y en los años siguientes siguió reviviendo en escenarios como los argentinos coplas históricas del repertorio de su madre en otros espectáculos como "Romería".

Con el cambio de siglo, su actividad decreció. Ella se quejaba "sin actritud" de "no salir en televisión" y de "no haber tenido aún un programa especial dedicado a ella, pese a llevar 29 años cantando por todo el mundo", al tiempo que aseguró que para ser artista hay que tener sensibilidad, que se nace con ella, y oficio, que solo es "trabajar, trabajar y ensayar y ensayar".

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