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Antonio Flores: el incidente con Amparo Muñoz y la maniobra de Lola Flores para sacarle de las drogas

Si no hubiera muerto -tan solo 15 días después de su madre- el único hijo varón de Lola Flores habría cumplido este domingo 60 años

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Raquel Pérez Polo
@RaquelPerezPolo

Redactora COPE 

Tiempo de lectura: 8'Actualizado 13:26

Lolita y Rosario Flores no se podían creer lo que el destino o la vida ( o como lo quieran llamar), les tenía preparado para la última quincena del mes de mayo de 1995. En 15 días se habían quedado huérfanas de madre -Lola Flores fallecía el día 16 de dicho mes-, y sin su único hermano -Antonio era encontrado sin vida el 30-.

A las 8.30 de la mañana de ese 30 de mayo de 1995, Irene Chamorro - una de las personas más cercanas a Antonio en aquellos tiempos - entraba en la cabaña que el cantante se había construido en El Lerele (la residencia de Lola Flores en la urbanización madrileña de La Moraleja) para estar cerca de su madre y le encontró inerte en la cama con su larga melena negra revuelta.

“Me acerqué, le puse la mano en la boca y en la nariz y no respiraba. No me podía creer que estuviera muerto", confesó la amiga que también fue pareja de Antonio a la revista ‘Pronto’ en El 25 aniversario de su muerte. La componente del dúo Las Chamorro aseguraba que Antonio Flores falleció de un infarto y no como consecuencia de una mezcla mortal de barbitúricos (tomaba unas pastillas que le ayudaban a desintoxicarse de la droga) y alcohol.

“Yo le cogía las botellas de ginebra y se las vaciaba, pero esa noche estuvo bebiendo. Pero la realidad es que le falló el corazón. Dicen que murió a las cinco de la mañana" [Irene Chamorro en la revista Pronto, en 2020].

Aquel martes, penúltimo día del mes de mayo de 1995, la desesperación, el dolor y la desolación iba y venía de una habitación a otra de El Lerele al que no paraban de llegar amigos de la familia. Si el golpe fue duro para las hermanas, Lolita y Rosario -ella más que nadie había estado unida a Antonio-, para su padre, Antonio González, el Pescaílla, el trago era aún más amargo, sin haber digerido aún la pérdida de su mujer, tenía que afrontar que su único hijo por el que tanto habían luchado se había ido para siempre.

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El lazo de unión entre madre e hijo tenía un nudo gordiano, tan difícil de desatar que hasta Rosario tenía claro que su madre se llevó con ella a Antonio: A mi hermano se lo llevó mi madre, ella le dijo tú te vienes conmigo y él dijo, 'sí, me voy'. Él siempre decía que cuando se fuera mamá, se iría él, no sé por qué, como mamá estuvo malita…”. Lolita zanjaba: “No sabía vivir sin mamá”. [Mi casa es la tuya con Bertín Osborne]




Algunas publicaciones de aquellos días titulaban: “Lola se llevó a su hijo” [Diez minutos] “Antonio resistió a vivir sin su madre” [Pronto] o “Morir de soledad” como tituló el reportaje sobre lo ocurrido con el cantante Informe Semanal.



“Tenía la luz de su madre siempre y cuando esa luz se apagó, él se fue a buscar la luz y aunque mi hermano tenía mucha luz propia…, yo creo que la pena no es lo que acabó con él, aunque él había tonteado mucho con la droga, no lo voy a ocultar, pero es un gran artista, un gran autor, y sobre todo fue un gran hijo, un gran hermano y un gran padre” [Lolita en Cine de Barrio].

En “Flores y alguna espina”, Lolita reconocía su bajada al infierno tras la muerte de Antonio y su madre. Alcohol y cocaína entre otras drogas fue la fórmula que utilizó para autodestruirse hasta darse cuenta que lo que tenía que hacer era desfogarse: “Que se desahoguen sin miedo. Y si tienen que tirar una silla por la ventana, que la tiren. Es como si te tuvieras que arrancar la piel, porque te tienes que arrancar eso. Sacarlo de ti”.

Su última actuación: “Se lo dedico a Lola Flores”

Según Irene y Chelo, Las Chamorro, Antonio ya no se drogaba, se había desintoxicado, pero sí bebía. Y en los días previos a su muerte y tras el fallecimiento de Lola por cáncer de mama, había intentado ahogar el dolor en alcohol.

Para asumir la pérdida de su madre, en sus últimos diez días bebió demasiado. Parecía que tenía asumido lo que decía Bernard Shaw: “el alcohol es la anestesia gracias a la cual aguantamos la operación de vivir”. Y como la vida seguía, pese a no tener ganas, tuvo que subirse a un escenario.

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Era el 26 de mayo y 2.000 almas esperaban en el pabellón Anaitasuna de Pamplona para acompañarle cantando sus grandes temas, y escuchar su último trabajo “Cosas mías”. Antonio Flores apareció en el escenario demacrado, ocultando tras unas gafas de sol interminables días de llanto, con la mano escayolada -se la rompió del puñetazo que propinó a la pared al enterarse de que su madre había muerto-, pero dispuesto a entregar a su público sus canciones, aun con la voz rota.

Pidió que nadie le hablara ni preguntara por su madre (había mucha prensa porque el concierto había levantado expectación), al final fue él quien compartió, con todos los presentes, su pena: “Lloré con Camarón porque se había muerto un genio y ahora he llorado porque se ha muerto otro genio, se ha muerto mi madre. (…) Esta es la primera gala desde la muerte de mi madre. Estoy cansado, con falta de sueño, muy emocionado. Aparte de dedicaros el show a todos vosotros, se lo dedico a Lola Flores", alzando al cielo su mano rota.

“Yo quería que fuera abogado o arquitecto”

Abogado, arquitecto o incluso futbolista. Esa era la ambición de la madre, pero ¿qué quería ser Antonio González Flores?

Pues con seis, siete años, y como muchos niños a esa edad, futbolista, incluso estuvo en los alevines del Real Madrid, pero mientras su primo Quique Sánchez Flores recorría la banda derecha por el Bernabéu, La Romareda o Mestalla, Antonio no había sido llamado por los caminos del cuero y las botas de tacos.

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Su sensibilidad quedó plasmada en sus canciones, algunas verdaderos himnos que ya son inmortales como “No dudaría”



“Una espina clavada”, “Siete vidas” y aunque de Sabina, su versión de “Pongamos que hablo de Madrid”



Fue una gran compositor. Su último trabajo, “Cosas mías” tiene temas que todavía se escuchan en las radios musicales como “Isla de Palma”, “Cuerpo de mujer” o “Arriba los corazones”. Se esmeró y mucho para que Rosario alcanzara los primeros puestos con “Sabor sabor”, “De Ley”, “Mía mamá” y “Mi gato”.



Y sin ser rubio y guapo como los cantantes que triunfaban cuando empezó a despuntar en la música y que convencían mejor a las discográficas aunque no tuvieran su embrujo gitano, dejó su impronta en el cine, en el cine quinqui (tan de moda de nuevo en la gran pantalla). Junto a Quique San Francisco, a su hermana Rosario y bajo la dirección de Eloy de la Iglesia interpretó a Antonio, un joven que cae en el mundo de la droga, en “Colegas” que contaba el mundo sórdido de la heroína que causó estragos entre los jóvenes de la España de los 80.

Como el Antonio de “Colegas”, Antonio Flores cayó en esa especie de enfermedad social que marcó a muchas familias, especialmente pobres, aunque no era, precisamente, la situación del hijo varón de La Faraona.

La heroína, su peor enemiga

La pobreza y la marginación no eran la situación de Antonio Flores ni de Carlos Berlanga ni de Fabio McNamara ni de Amparo Muñoz, pero todos cayeron en la destrucción física y psíquica de la heroína.

“He tenido una historia con la droga que me ha hecho la vida imposible. Esa experiencia no me ha gustado. Quería quitarme sin que mis padres se enterasen para luego decirles: he estado enganchado, pero me he quitado. Pero es imposible, necesitas ayuda. Cuando estaba ya hasta los cojones me derrotaba, y como mi madre no es tonta ni mi padre tampoco, me veían y me decían: ‘A ti te pasa algo’. Hasta que les dije: ‘Mamá, papá, tenéis razón, ayudadme’” confesó en un programa de televisión el propio Antonio.

Y a fe que lo intentaron. Lola Flores echaba la culpa de que su hijo se pinchara heroína a una joven argentina, Caty, con la que estuvo saliendo y que estaba muy enganchada. Consiguió separarle de ella proporcionándola un billete de ida y vuelta a Argentina a ver a su familia. Cuando consiguió meterla en el avión rumbo a su país, Lola Flores anuló la vuelta. Con los años se supo que la argentina había muerto a causa de la drogadicción.

La heroína fue también el nexo de unión con Miss Universo, Amparo Muñoz, que había caído en la peor de las dependencias. En “La vida es el precio: memorias”, la que había sido la mujer más guapa del mundo contaba como una noche Antonio quiso lanzarse desde la terraza del piso de su representante al vacío. “Tuve que llamar a Lola”.

La Faraona que confesaba haber estado a punto de tirar la toalla, en alguno de los momentos más duros, durante los 11 años que duró la relación de Antonio con las drogas: “Llegué al extremo de querer tomarme un tubo de pastillas o tirarme por la ventana. No podía más, había agotado la capacidad de sufrimiento. Mi hijo ha estado como siete veces a la muerte, ha tenido todos los accidentes de coche habidos y por haber. Y luego, con la droga, prácticamente lo daban por muerto. (…) Yo no soy madre coraje, pero las madres aguantamos lo que nos echen. Lo que me ha pasado a mí le puede pasar a cualquiera, ya puedes ser la más santa y más entregada del mundo. Yo he presumido de ser la mejor amiga de mis hijos, porque siempre he querido que me contaran sus cosas a mí antes que a nadie, y teniendo mi ojos puestos en el único varón, pues imagínese el drama” [entrevista a el Magazine de El Mundo, 1994].

Al final un día se cuadró ante Antonio y le amenazó con: por cada pico que él se pinchara, ella se metería otro también para que viera como se desmoronaba antes sus ojos un ser querido.

Antonio buscaba otra Lola Flores y encontró a Ana Villa

Después de aquella joven argentina a la que Lola Flores culpaba de la adicción de Antonio, de Amparo Muñoz, y de alguna que otra chica más (“creo que mi hermano si no ha encontrado todavía una pareja estable es porque está buscando algo que no existe. Él busca a una Lola Flores para vivir con ella de compañera y eso es imposible” dijo en alguna que otra ocasión Lolita), llegó a la vida del hijo varón de La Faraona, Ana Villa con la que se casó el día de San José (el 19 de marzo) de 1986 en una ceremonia civil, todo lo contrario a la multitudinaria boda de Lolita.

Para las Flores, sobre todo para la matriarca, Ana fue una de las mejores personas que pasó por la vida del cantante y compositor. Dejó de consumir durante todo un año y con ella tuvo a su principal tesoro: Alba, la niña que le hizo “sentir ser el hombre más feliz”.

Aunque el matrimonio llegó a su fin en 1989, Ana ha seguido unida al clan Flores. Siempre estuvo muy unida a Lola a la que ayudaba en los peores momentos de Antonio con sus adiciones; con sus excuñadas siempre se ha llevado muy bien y siguen manteniendo los lazos de familia.

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En la actualidad, Ana Villa es productora teatral, trabajo que le ha permitido compartir algún proyecto con su hija.

Alba, “la flor que siempre quise en mi jardín”

El 27 de octubre de 1986 venía al mundo en una clínica madrileña Alba González Villa Flores: “Tan bonita, tan morena, tan gitana como era”, le compuso su padre.



“No me canso de mirarla” dijo Lola Flores de su primera nieta; sin embargo, y pese a que todo el mundo habla de su parecido con su abuela, Ana, la madre de la ahora afamada actriz de series tan exitosas como ‘La Casa de Papel’ o ‘Vis a Vis’, tiene claro que Alba es igualita que su tía Rosario y, ambas pueden tener una fachada similar a la de La Faraona, pero solo es físico, porque a quien de verdad se parecen es al Pescaílla.

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Cuando murió Antonio, Alba tenía 8 años. Adoraba a su padre (“el recuerdo de mi padre es subjetivo y muy particular”), pero ha vivido la mayor parte de su vida sin él, junto a su madre “soy independiente desde los 19 años, pero mi madre es fundamental porque me recuerda mis inicios. Me enseño a tener no uno, sino los dos pies en la tierra” [Vanity Fair, julio 2018].

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En esa misma entrevista, Alba reconoce que ha intentado conocer mejor a su padre a través de las personas que estuvieron cerca de él, y tiene su “muy particular” modo de interpretar lo que ocurrió aquel mes de mayo de 1995, un mes que siempre ha ido unido a dos palabras “tragedia” y “Flores”.

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