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Gracias a un sembrador de esperanza

Arranca la semana de la despedida a Benedicto XVI. Es un momento sin precedentes en la historia, porque el mundo conoce con antelación la hora exacta del final de pontificado y eso provoca sentimientos encontrados. El Papa se ha ganado los corazones de los fieles en estos años, y su marcha deja un enorme vacío. Pero es sobre todo un momento para la gratitud. No pudo ser fácil suceder a un gigante como Juan Pablo II y sin embargo la Iglesia sabe que dice adiós a uno de los grandes Papas de la historia. Joseph Ratzinger ha tenido un carisma muy distinto al de Karol Wojtyla. Ambos son grandes Papas, dos grandes impulsores de la nueva evangelización, aunque están cortados por patrones muy distintos. Benedicto XVI ha sido un «humilde trabajador en la viña del Señor», que ha enseñado a la Iglesia el camino de la purificación y a redescubrir la belleza del encuentro con Jesucristo. Ha sido también el Papa del diálogo con el mundo, con una razón en crisis, que lleva tiempo instalada en el borde del abismo. Tendrán que pasar años antes de poder valorar los frutos de la siembra de Benedicto XVI. También ha sabido tocar a los no creyentes y hablar a su razón y a su corazón insatisfecho. Se va con humildad y discreción, pero deja un gran legado: la certeza de que, como dijo a los jóvenes en Colonia, «Cristo no quita nada de lo que hay hermoso y grande, sino que lleva todo a la perfección para la gloria de Dios, la felicidad de los hombres y la salvación del mudo».