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Editorial, viernes 5 de abril 2013

Como muy bien ha descrito Luis Martín, responsable de Urbanismo del Ayuntamiento, en relación a la decisión de la administración andaluza  de impugnar el plan para legalizar Colecor, “ resulta sorprendente que un gobierno del PSOE e IU de la Junta impugne un acuerdo y la decisión tomada por otro gobierno de PSOE e IU en al Ayuntamiento en 2010”. Puede resultar sorprendente, pero no lo es tanto. Primero, porque en tres años los escenarios políticos de ambas formaciones han cambiado bastante. Y segundo, porque esto no es sino la prueba, una más, de que los “pactos de progreso” sólo han sido acuerdos de poder, de sillones y de intereses personales frente a las necesidades comunes de los ciudadanos. Lleve o no razón la Junta de Andalucía en impedir que se legalice lo que por otra parte nació de la nocturnidad y el apaño, tristemente lo que queda es que los pulsos, en política, no se realizan para crear empleo, salir de la crisis o mantener el estado del bienestar. Los pulsos se echan con carácter personal, vestidos de venganzas y ajuste de cuentas. Juan Pablo Durán, por ejemplo, lo está viviendo ahora en la sede de la Avenida del Aeropuerto. Y Córdoba, secularmente, también.

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