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Vuelve Tarantino con Django

Críticas de los estrenos de cine del 18 de enero

Análisis de los estrenos de cine de esta semana: Jerónimo José Martín y Juan Orellana comentan “Lincoln”, “Django desencadenado”, “Moscati, el médico de los pobres”, “El corazón del roble”, “Nameless Gangster” y “Tabú”
Críticas de los estrenos de cine del 18 de enero
Críticas de los estrenos de cine del 18 de enero

De 

Lincoln **** (8). En enero de 1865, Abraham Lincoln (Daniel Day-Lewis) es reelegido presidente de Estados Unidos, poco después de arrogarse poderes especiales y declarar la emancipación de los esclavos, en un intento de poner fin a la sangrienta Guerra de Secesión, iniciada hace cuatro años por los Estados del Sur separados de la Unión. Los líderes confederados ya intentan negociar una paz digna; pero, antes de firmarla, Lincoln quiere que el Congreso ratifique la Decimotercera Enmienda de la Constitución, ya aprobada por el Senado, que abolirá la esclavitud definitivamente en todos los Estados Unidos. Así que, en tiempo récord, el presidente deberá consolidar en la Cámara de Representantes todos los votos de sus correligionarios republicanos, y conseguir como sea apoyos suficientes entre los diputados demócratas, que se oponen a la abolición y urgen al presidente a firmar la paz cuanto antes, para evitar así la pérdida de más vidas humanas.

Temática y estilísticamente cercana a “La conspiración”, de Robert Redford, esta nueva película de Steven Spielberg (“E. T. El extraterrestre”, “El imperio del sol”, “La lista de Schindler”) no ha sido demasiado premiada por la crítica estadounidense y sólo ha obtenido un Globo de Oro —al mejor actor (Daniel Day-Lewis)— de los siete a los que optaba. Pero sigue siendo la favorita de cara a los Oscar —con doce nominaciones, incluidas las más importantes— y para los Premios Bafta de la Academia Británica de Cine, a los que opta en 10 categorías. En todo caso, se trata de una gran película histórica, con numerosos pasajes de thriller político, leves apuntes intimistas sobre la familia Lincoln y algunas breves pero intensas escapadas a los campos de batalla de la Guerra de Secesión. Ciertamente, “Lincoln” no tiene la enorme capacidad emocional de otros filmes de Spielberg, que esta vez ha primado el rigor narrativo a la hora de retratar los intensos últimos cuatro meses de su admirado decimosexto presidente de Estados Unidos. En este punto, resulta modélico el guión de Tony Kushner, John Logan y Paul Webb, inspirado en el voluminoso libro “Team of Rivals: The Political Genius of Abraham Lincoln”, de la historiadora neoyorquina Doris Kearns Goodwin. El libreto perfila a la perfección todos los personajes, hasta los más pequeños, facilitando así el lucimiento de los actores, entre los que sobresalen un Daniel Day-Lewis sensacional —como casi siempre—, Tommy Lee Jones —que da vida al líder republicano radical Thaddeus Stevens— y David Strathairn, en la piel del Secretario de Estado William H. Seward. Menos rotundos, aunque notables, son los trabajos de la veterana Sally Field —que da vida a Mary Todd, la esposa de Lincoln— y del joven Joseph Gordon-Levitt, que encarna a Robert Lincoln, el hijo del presidente.

Otro acierto del guión —y, con él, de la película— es que muestra los entresijos de la política de Lincoln de un modo bastante neutral, sin caer en la hagiografía ni en el cinismo, remarcando la enorme talla moral y política del presidente —firme y generoso a la vez con los confederados—, pero mostrando también sus maniobras al margen de la ley para comprar los votos demócratas que necesitaba. Además, el filme subraya acertadamente las profundas motivaciones cristianas de los defensores de la abolición de la esclavitud y su habitual invocación al derecho natural, frente al frío positivismo y a la confusa religiosidad de sus oponentes. Todo esto da entidad a la solidísima puesta en escena naturalista de Spielberg, más atenta esta vez al importante discurso del guión y a los trabajos de los actores, pero, como siempre, de gran vigor visual, enormemente detallista, con una apagada fotografía en tonos ocres de Janusz Kaminski, muy bien montada por Michael Kahn y maravillosamente acompañada por la evocadora banda sonora de John Williams. Quizás no sea redonda, quizás pierda fuelle a ratos, pero se trata, sin duda, de una obra mayor del veterano cineasta de Cincinnati, que puede iluminar el presente con su poderoso retrato del pasado. J. J. M.

Django desencadenado (Django Unchained) *** (7). Desde que Quentin Tarantino saltara a la palestra con “Reservoir Dogs” y “Pulp Fiction”, hace veinte años, se ha consolidado como un auténtico autor, algo que seguramente estaba muy lejos de sus planes a principios de los noventa. Su referente personal era la cultura popular, de la que se había empapado desde pequeño: comics, tv-movies y las películas de kung fu que echaban en el cine de barrio en horas de colegio. Vivió en barrios de negros, trabajó en videoclubs y padeció la ausencia absoluta de un padre. Tarantino era por necesidad la antítesis del academicismo, del formalismo erudito, del cineasta intelectual de cultura universitaria. Su escuela fue la calle, el cine popular, la cultura “pulp”. Pero lo más interesante es que cuando él ha tratado de emular en su cine los géneros de su adolescencia, no ha rodado meros homenajes, sino que ha hecho algo nuevo, diferente, original, atribuible a un nuevo sello autoral: la marca Tarantino. Una marca en la que muchos destacan su uso tan brutal como inofensivo de la violencia. Inofensivo porque tiene una función más cómica que dramática, y es tan exagerada y surrealista en su efluvio hemoglobínico, que está más cerca de un cómic de Mortadelo y Filemón que de la violencia gore tan frecuente en mucho cine postmoderno. En el caso que nos ocupa, el cineasta de Tennessee quería ofrecer su personal tributo al “spaguetti western”, y consigue una película que da mil vueltas a la mayoría de los “spaguetti western” de la historia. Los Globos de Oro 2012 al mejor actor de reparto (Christoph Waltz) y al mejor guión original (Quentin Tarantino) ya avalan la película, que también es candidata a los Oscar a mejor película, actor de reparto (Christoph Waltz), guión original, fotografía (Robert Richardson) y montaje de sonido (Wylie Stateman).

En 1966, Sergio Corbucci estrenó “Django”, un “spaguetti western” protagonizado por Franco Nero, al que daba la réplica nuestro José Bódalo. El Ku Klux Klan tenía un gran protagonismo en el filme. La película de Tarantino homenajea directamente a esta película, desde su nombre mismo, el diseño de los títulos de crédito, la presencia de Franco Nero y la irrupción del Ku Klux Klan, entre otros muchos elementos estéticos. El argumento arranca en Texas en 1858, y se centra en un cazarrecompensas, el Dr. King Schultz (Christoph Waltz), que libera a un esclavo negro, Django (Jamie Foxx), para que le ayude a detener a unos forajidos. A cambio, le promete colaboración para encontrar a su mujer, otra esclava negra, Broomhilda (Kerry Washington), que trabaja en la hacienda del magnate Clavin Candie (Leonardo DiCaprio).

La historia en sí tiene fuerza, ya que muestra a dos hombres capaces del mayor sacrificio en aras uno del amor y otro de la amistad. Pero la seriedad dramática de este planteamiento está tejida con hilos de comedia inteligente y con la pasión de Tarantino por matar a sus personajes —incluido al que él mismo encarna— de la forma más pirotécnica y cromática posible. El resultado es un cóctel que obliga al espectador a reírse, a emocionarse, a sufrir..., todo ello sin parar y combinado, sobre un ritmo perfectamente medido y coronado por unas excelentes interpretaciones (atención a Samuel L. Jackson). Al final queda la sensación de haber visto una película entretenida en el sentido más amplio de la palabra, fiel a su origen popular y poco intelectual, pero sí inteligente y llena de buen cine. Una película absolutamente tarantiniana. J. O.


Moscati: El médico de los pobres (Giuseppe Moscati: L’amore che guarisce) *** (7). La miniserie italiana “Giuseppe Moscati, el amor que cura” se estrena en cines en esta versión reducida de dos horas, presentada con el título de “Moscati, el médico de los pobres”. Una aproximación a la figura de este médico santo napolitano, que vivió entre 1880 y 1927, y que fue canonizado por Juan Pablo II en 1987.

A estas alturas está claro que hay que quedarse con un nombre: Giacomo Campiotti, el último gran fichaje de la productora católica italiana Lux Vide. Este cineasta lleva años filmando, entre otras cosas “profanas”, vidas de santos para la televisión italiana, y lo hace con un talento extraordinario. En 2010 estrenó la estupenda “Prefiero el Paraíso”, sobre San Felipe Neri, que a las salas españolas llegó el pasado 2012. Un año antes había rodado para la RAI “Bakhita”, una conmovedora miniserie sobre la santa africana Josefina Bakhita, canonizada en 2000 y que en España se estrenó directamente en DVD el pasado mes de diciembre en la colección de Karma Films. La que nos llega ahora, “Moscati”, es anterior a todas ellas, de 2007. Por su parte, Campiotti ha estrenado en Italia este pasado año “María de Nazareth”, en la que nuestra Paz Vega hace de María Magdalena. Su última película, “Blanca como la leche, roja como la sangre”, es la adaptación de una novela de Alessandro D’Avenia, sobre la relación educativa de un profesor de filosofía y un alumno suyo. Esperemos poder ver pronto estas dos últimas producciones en España.

Giuseppe Moscati fue el séptimo de nueve hijos de una familia ilustre, y canalizó su pasión por la medicina hacia los más desfavorecidos, trabajando en el Hospital de Incurables de Nápoles tras licenciarse en 1903. Renunció al matrimonio para vivir consagrado a su labor social y profesional. Además, se implicó personalmente con las víctimas del Vesubio de 1906 y como médico de guerra en la Primera Guerra Mundial. Pero no sólo dedicó sus energías al ejercicio de la caridad, sino que además publicó importantes investigaciones desde el punto de vista científico. Murió a los cuarenta y seis años, y fue beatificado por Pablo VI.

Fiel a su formato de miniserie, la película tiene una estructura episódica, pero muy bien llevada desde el punto dramático y narrativo. Como ocurre en los ejemplos antes citados, no se debe esperar un rigor científico en la exposición histórica de los hechos, pues el medio no lo permite; pero sí que se nos ofrece un fiel retrato humano de este santo, de su forma de vida, de sus opciones y vicisitudes. Campiotti es coherente con su estilo clásico, con una brillante dirección de actores y una presencia discreta de la cámara, que sin embargo acompaña a los personajes en cada momento. La dirección artística de Cósimo Gómez es excelente, como ha confirmado en “Prefiero el Paraíso” y en “María de Nazareth”. El actor Giuseppe Fiorello, conocido como Beppe Fiorello en el mundo de la televisión italiana, es el encargado de encarnar con fuerza a Moscati, pero también refleja su espiritualidad y su calidez, gracias a su amable rostro. Le dan la réplica Ettore Bassi, que interpreta a su amigo Giorgio Piromallo, a menudo marcado por la envidia y la soberbia, y Kasia Smutniak, en el papel de Elena, el amor imposible pero puro de Moscati.

En torno a los episodios de la vida de Moscati, la película de Campiotti también habla de la relación entre fe y razón, del valor de la amistad, de la lealtad y el respeto, amén de las citadas actitudes cristianas de la entrega y el sacrificio por los demás, o el agradecimiento a Dios. Desde luego, se trata de una película nada mojigata, que puede interesar a cualquiera que le apasione la aventura de ser hombre. J. O. (“Alfa y Omega”).

El corazón del roble ** (5). Extraños acontecimientos están cambiando el clima en la Colina del Dragón, un lugar maravilloso donde viven todos los dragones, protegidos de los humanos por cuatro puertas: fuego, agua, tierra y aire. La caída brusca de las temperaturas ha sumido la tierra en el frío y la oscuridad. El bosque se muere, y Robin, el pequeño elfo que lo guarda, pide ayuda para combatir el mal que amenaza con destruir la vida.

En 2002, la producción española “Dragon Hill, la Colina del Dragón”, dirigida por Ángel Izquierdo, ganó el Goya a la mejor película de animación. Así que, cuatro años más tarde, tuvo una continuación: “El cubo mágico”, también dirigida por Izquierdo. Se estrena ahora una nueva secuela, “El corazón del roble”, codirigida esta vez por Ángel Izquierdo y Ricardo Ramón (“Papá, soy una zombi”). Los más pequeños quizás disfruten con estas nuevas andanzas del pequeño dragón Elfy, su amigo Kevin, el abuelo Ethelbert y el elfo Robin contra el malvado mago Séptimus y su ayudante. Pero el guión de Antonio Zurera y Lorenzo Orzazi es demasiado plano, episódico y enfático en su ecologismo. Además, su tradicional animación 2D resulta algo pobre y descuidada. Parece, incluso, que se repite la misma banda sonora de las películas anteriores. J. J. M.


Nameless Gangster (Bumchoiwaui junjaeng) ** (6). Busan, Corea del Sur, 1982. Ik-hyun (Choi Min-sik) es un funcionario de aduanas corrupto, que está a punto de ser despedido. En su último gran golpe, intenta vender una bolsa llena de heroína, y termina aliándose con uno de los jefes mafiosos más importantes de la ciudad, Hyung-bae (Ha Jung-woo). Ik-hyun se gana de inmediato la confianza de Hyung-bae gracias a su imparable verborrea, y así la fuerza de uno y las habilidades del otro permitirán a ambos convertirse en los amos de Busan. Pero, al llegar los años 90, el gobierno anuncia la guerra abierta contra el crimen organizado, y entonces empiezan a aparecer grietas en su relación. La lucha por el poder absoluto ha comenzado.

Como casi todas las películas policíacas surcoreanas, este exitoso filme de Yoon Jong-bin (“The Unforgiven”, “The Moonlight of Seoul”, “Beastie Boys”) desarrolla una larguísima y compleja trama de relaciones conflictivas, plagada de secuencias violentísimas, aliviadas a menudo con singulares golpes de humor negro. Todo ello, rodado con rotundo vigor visual, interpretado con convicción —dentro de un asumido histrionismo— y acompañado por una poderosa banda sonora. El problema es que el guión tiene muy poco vuelo dramático, de modo que los personajes dejan de interesar al espectador (si es que ha conseguido distinguirlos). Además, se repiten situaciones ya vistas en otros filmes semejantes, lo que limita la capacidad de intriga del argumento. Llega un momento en que sólo cabe preguntarse con qué arma llevarán a cabo la siguiente matanza y cuántos hectolitros de sangre generará. J. J. M.

Tabú (Tabu) ** (4,5). Lisboa, entre el final de 2010 y el inicio de 2011. Ya madura, cinéfila y católica convencida, Pilar (Teresa Madruga) vive sola, pero sale de vez en cuando con el desencantado Mário (Manuel Mesquita) y dedica mucho tiempo a diversas causas sociales y al cuidado de su vecina Aurora (Laura Soveral), una anciana ludópata y algo demente. Ésta vive con la callada y paciente Santa (Isabel Cardoso), su negra criada de Cabo Verde, contratada por la hija de Aurora, residente en Canadá. Tras la muerte de la vieja dama, Pilar y Santa descubren su turbulenta juventud en Mozambique, cuando Aurora regentaba con su marido (Ivo Müller) una granja junto al monte Tabú. Allí, embarazada de su primer hijo, la mujer vivió una tórrida relación adúltera con el buscavidas Gian Luca Ventura (Carloto Cotta).

Este premiado melodrama del portugués Miguel Gomes (“A cara que mereces”, “Aquele querido mes de agosto”) está filmado íntegramente en formato 4:3 y en blanco y negro, y carece de diálogos en su parte africana, en la que sólo un tenue sonido ambiente acompaña a la permanente voz en off de un narrador. La película quiere ser un homenaje a “Tabú”, el clásico de 1931, dirigido por el alemán F.W. Murnau, con pasajes del estadounidense Robert J. Flaherty. Pero, en realidad, se trata de un culebrón pesado e irritante, cuya supuesta fuerza dramática, poética y evocadora se diluye en una visión confusa del sincero catolicismo de Pilar, en un regodeo cansino en la aventura sexual de Aurora —aderezada con una explícita secuencia de cama— y en unas opciones narrativas y estéticas que alejan al espectador de la historia. Además, así como su planificación tiene personalidad, las interpretaciones —a pesar de los esfuerzos de sus prestigiosos actores— fluctúan entre la excesiva estolidez de la primera parte —titulada “Paraíso perdido”— y el artificioso histrionismo de la segunda, que se inicia con el rótulo “Paraíso”. No parecen justificables los numerosos galardones que ha recibido esta película, de vuelo muy corto en su triste inmersión en la vacía soledad de los personajes y en su incapacidad de controlar sus instintos más básicos. J. J. M.

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