Boletín

SANTORAL 6 FEBRERO

Los herederos de la Fe que trajo Francisco Javier a Japón y que murieron mártires

Pablo Miki y sus compañeros dieron testimonio en una tierra que había intentado eliminar todo rastro de Cristo

Cristianos japoneses

Redacción Religión

Jesús Luis Sacristán

Tiempo de lectura: 2'Actualizado 06 feb 2019

El cristianismo desde sus inicios cumplió el mandato de extender su semilla por todos los pueblos de la tierra. Europa fue ese Continente privilegiado que debe si mira sus raíces están impregnadas de la Fe de Santiago Apóstol, Benito de Nursia, Brígida de Suecia, Catalina de Siena, Edith Stein o Cirilo y Metodio, próximos a celebrarse.

Pero es que en esa difusión de la Buena Nueva, Asia también acoge sus predicación y fructifica como atestigua el Santoral que nos presenta hoy a San Pablo Miki y compañeros mártires del Japón. La labor de San Francisco Javier entre 1549 y 1551, hace que sus hermanos jesuitas sigan sus huellas, evangelizando aquellas tierras, minadas de unas costumbres no cristianas en sus raíces. 

Sin embargo, la simiente del Evangelio que ya habían dado frutos con el Santo navarro, llevan a una cifra de 300.000 los católicos que conforman la comunidad cristiana japonesa. Aquí surge el joven Pablo Miki, nacido entre los años 1564 y 1566 en el seno de una familia importante de Kyoto. La falta de Obispo hizo que su deseo de ordenarse sacerdote se hiciese esperar, lo cual no impidió su apostolado entre las gentes.

No corrían buenos momentos, ya que el Emperador, metido en su ambición por conquistar Corea, cambia su benevolencia frente a los cristianos, expulsando a muchos misioneros. Cuando vienen desde Filipinas algunos religiosos españoles en clave de apoyo a la tarea apostólica, son bien recibidos por las autoridades, hasta que inesperadamente, el propio jerarca, vuelve a su persecución contra los cristianos. 

Los que no se vayan, serán detenidos- entre ellos Pablo Miki y varios franciscanos españoles-. Tras aplicarles las más crueles torturas morirán crucificados en Nagasaki a la vista de todo el pueblo. En la retina de las gentes permaneció su valentía ante el martirio, así como su perdón a quienes les ajusticiaron.

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