
Madrid - Publicado el
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Hoy, III Domingo de Cuaresma, nos situamos en la zona de Sicar, junto al Pozo de Siquem, en Samaría. Allí va con sus discípulos. Es mediodía y tienen hambre. Entonces les encarga que vayan a comprar provisiones. Él se sienta junto al pozo. De pronto una mujer samaritana va a llenar cántaro de agua.
El Maestro le pide de beber y ella se extraña porque los judíos no se tratan con los samaritanos. Al final se entabla una conversación. El resultado es que la mujer se conmueve y se convierte al descubrir al Mesías en el Hombre que le habla y se lo cuenta a sus paisanos que le invitan a quedarse unos días en el pueblo.
Y muchos son los que creen cuando se lo dice la mujer, pero con el paso de los días aumenta el número de discípulos. Y en medio de este Tiempo, celebramos a San Juan de Dios. Nace en Portugal en 1495 en una familia humilde y religiosa.
Tras ser vendedor y pastor, decide hacerse religioso. Antes es encerrado injustamente porque le tratan como un loco. Recibe malos tratos y no se queja, sino que sonríe y sufre en silencio. También comprueba la triste situación de los enfermos.
Una realidad que les hace ser maltratados. Para poner luz e invitar a un trato digno a los que sufren, funda la Orden de los Hospitalarios. Viendo su bondad el Obispo le llaman “Juan de Dios”. Esto cala en el corazón de los que le conocen Muere en 1550.





