Georges la Tour: Cuando la carne se hace luz

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La imagen de la luz es inseparable del cristianismo. Cristo dice que sus discípulos son la luz del mundo (Mt 5, 14) y él mismo se proclama también como luz del mundo (Jn 8, 12). El ser humano está hecho para vivir en la luz y de la luz. Vivir en la oscuridad es paralizante y estático. No es extraño que uno de los grandes miedos del hombre, desde su infancia, sea el miedo a la oscuridad. Las tinieblas producen temor e inseguridad, aunque en el evangelio de Juan (3, 19) se reconoce que hay quien vive voluntariamente en las tinieblas y rechaza acercarse a la luz. En cambio, para un creyente, la luz es expresión de vida porque Cristo es la luz.
Me surgieron estas reflexiones sobre la luz cuando tuve la oportunidad de asistir en París a una exposición sobre el pintor Georges de La Tour (1593-1652), un artista valorado en su tiempo, sobre todo por sus imágenes de santos y apóstoles, pero que cayó en el olvido hasta que los historiadores del arte lo redescubrieron en las primeras décadas del siglo XX. André Malraux, aquel escritor y político que vivió habitualmente en la mitomanía, escribió que La Tour no pintó la oscuridad sino la noche, “la parte serena de las tinieblas”. Una precisión muy acertada porque el pintor francés es mucho más que un artesano de luces y sombras. Su pintura es una representación de la esperanza porque posee un toque de espiritualidad que no está presente en otros artistas como Caravaggio, cultivador de un tenebrismo naturalista que parece incapaz de trascender, aunque cultive temas sagrados.
La luz de La Tour es una luz artificial de cirios, candelas y lámparas, pero es luz serena que ilumina la noche. Es una luz de profunda humanidad porque no oculta a los seres humanos ni se avergüenza de ellos. Los pobres anónimos son muchas veces protagonistas de los lienzos de La Tour, aunque son retratados con dignidad como ancianos, campesinos, mendigos, músicos ciegos… Un escritor francés, Christian Birgin, tomó como protagonista al pintor para una novela breve, La chair et la lumière. El título es muy acertado al referirse a la carne y la luz. La luz ilumina la carne, ilumina al hombre, sobre todo desde el momento en que el Verbo, que es la Luz, se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1, 14). Además, es de una profunda sabiduría lo que Birgin pone en boca de uno de sus personajes, lo de que es preferible ser una lucecita en la noche que un incendio en pleno mediodía.
Georges de La Tour demuestra en sus obras ser un pintor profundamente religioso. No solo por su compasión hacia los desfavorecidos sino también porque pinta para iluminar la vida de los hombres que contemplan su obra. Tal y como escribió Birgin, el pintor ama la noche no por lo que oculta sino por lo que revela. Se diría que la noche es un lugar de paso, que hay que atravesar, en el camino hacia la luz. La noche en La Tour es vela y en el caso de la mayoría de los santos representados, principalmente apóstoles, es oración. No sería menos adecuado llamarla contemplación, Esta noche del pintor no produce miedo, sino que su luz es la expresión de una íntima serenidad.
Con todo, la noche puede ser testigo de la caída o la degradación del ser humano. En aquel siglo XVII un tema recurrente, cultivado también por Caravaggio, es el de las negaciones de Pedro, que se presta a un profundo dramatismo no siempre fácil de captar. El tema está presente en La Tour, particularmente en un lienzo del museo de Nantes firmado y fechado en 1650 y en el que debió contar con la ayuda de su hijo Étienne. Es un cuadro en dos planos, uno de ellos ocupado en su mayor parte por un grupo de guardias que juegan en la noche a los dados en aparente indiferencia hacia lo que sucede a su alrededor. El segundo plano corresponde a la parte izquierda de la obra. Una joven criada ilumina con una vela el rostro de Pedro. Es un hombre asustado y compungido que se da golpes de pecho para negar que conoce a Jesús de Nazaret y asegura que no es uno de sus discípulos. Al apóstol le imponen los guardias, pues no se ha acercado a ellos, pero al final se deja arrastrar por el miedo cuando la muchacha portera (Jn 18, 17) no solo le pregunta, sino que le acerca la vela al rostro. A Pedro le ilumina una luz que no es la luz de su maestro. Su expresión aterrada lo dice todo. Pedro se ha perdido en la oscuridad de la noche, aunque después las lágrimas de su arrepentimiento le iluminarán para el resto de su vida.
La obra de Georges La Tour es una invitación a la contemplación. En su presentación compasiva de los desfavorecidos parece hacerse realidad lo que leemos en Isaías (58,10), aquello de que ”brillará tu luz en las tinieblas y tu oscuridad será como el mediodía”.





