El ateísmo gubernamental y la fe del pueblo

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Artículo de Roberto Esteban Duque
Resulta conmovedor escuchar las declaraciones del obispo de Córdoba, Jesús Fernández, en una entrevista previa a la misa exequial por las víctimas de la reciente tragedia ferroviaria. El obispo lamenta “la confusión” de las autoridades, que impide administrar los sacramentos a los heridos, algo gravísimo porque delata (salvando cualquier mala fe) la falta de preparación ante una calamidad y por eso mismo la ineficacia a la hora de socorrer, privando de acoger la muerte voluntaria del Gólgota que es la que aporta la salvación.
Es necesario recordar un principio ético fundamental que regula la situación de catástrofe: el bien común como bien de toda persona. La catástrofe implica el concepto de “bien común” de una población o de toda humanidad. Este principio no exige la búsqueda del mínimo indispensable o lo estrictamente necesario para vivir, ni tampoco el bien de la mayoría, olvidando la minoría. Lo que exige el bien común es la búsqueda del bien de todos a través del bien de cada persona, es decir, un humanismo que significa todo el hombre en todos los hombres con la responsabilidad de cada uno.
Pero también señala el obispo otra circunstancia excepcional. Para Fernández, cabe la posibilidad de que no se tuviera en cuenta la opción de dejar acceder a los sacerdotes al lugar de los hechos y que atendieran a las víctimas del accidente porque “pensaban que los muertos ya están todos muertos y se podía hacer algo por los vivos”, que es tanto como decir que la muerte es el final y que el sacerdote visibiliza en el ámbito público la orientación fundamental por la nada. ¿Acaso no existe el deber de respetar a los muertos, no solo con el recuerdo sino con la oración y los sacramentos, puesto que, si son recordados por Cristo, también deberían ser recordados por todos los que estamos de paso por la vida? Una de las cosas más extraordinarias de la visión de Zósimo, en Los hermanos Karamazov, es que, si la memoria del bien nos ayuda en la formación continua y futura de la comunidad, el recuerdo de los muertos cura el pasado al no dejar que la muerte tenga la última palabra sobre aquellos a quienes la historia y el tiempo derribaron.
Fue Nietzsche, cuya proclamación de la muerte de Dios marcó un punto de inflexión, quien nombró la inquietante insinuación al pronunciar su fallecimiento. Identificó el nihilismo que siguió como "extraño" (unheimlich): "El nihilismo está a la puerta: ¿de dónde viene este extraño de todos los invitados?". Su percepción deslumbrante, ampliamente repetida, podría tomarse como el sello distintivo de una era secular que siente su propio déficit sin poder expresarlo y, por lo tanto, sin poder conocerse a sí mismo como secular. Nietzsche es el primero, en palabras de Terry Eagleton, en "confrontar (…) las terribles y estimulantes consecuencias de la muerte de Dios", es decir, el primero en ver la muerte de Dios no como la conclusión de un argumento, sino como una premisa.
Contrasta el ateísmo gubernamental con la fe sencilla del pueblo. Aquél parece empeñado en aplastar con ferocidad a las víctimas y sus familiares con masónicos funerales de Estado, sin asumir ninguna responsabilidad política ante lo ocurrido, sin un lamento por no haber estado a la altura de las circunstancias, maltratando en su incompetencia y ceguera el tesoro de la vida, aderezando sus acciones con posados post mortem hirientes, bebiendo ahora su propia medicina al suspender sine die por miedo un homenaje a las víctimas. El pueblo, con sus debilidades y pecados (porque Caín y Abel somo todos), manifiesta la fe sencilla de quien solo quiere respeto y funerales religiosos, busca encontrar el consuelo en la devoción mariana y la salvación en un Padre amoroso y compasivo que sostiene a sus hijos en su amor creador y redentor, para después, como señalara el párroco de Adamuz contemplando su entrega generosa, “actuar como el propio Cristo".





