AUDIENCIA DEL MIÉRCOLES, 4 DE OCTUBRE DE 2017

Francisco habla de los misioneros con la mirada puesta en el mes del Rosario

Miles de peregrinos han acudido desde primeras horas del día para asistir a la audiencia del Papa Francisco en este miércoles, 4 de octubre, festividad de San Francisco de Asís. En su catequesis, Francisco ha hablado sobre los misioneros como testigos de esperanza, al comenzar este mes que tiene un faceta especialmente misionera con la celebración del DOMUND el próximo día 22. Estas fueron sus palabras:

Papa Francisco

Redacción Religión/ Radio Vaticano

Tiempo de lectura: 5' Actualizado 19:20

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En esta catequesis quiero hablar sobre el tema “Misioneros de esperanza hoy”. Estoy contento de hacerlo al inicio del mes de octubre, que en la Iglesia está dedicado de modo particular a la misión, y también en la fiesta de San Francisco de Asís, que ha sido ¡un gran misionero de esperanza!

De hecho, el cristiano nos es un profeta de desgracias. ¿Han entendido esto? Nosotros no somos profetas de desgracias. La esencia de su anuncio es lo contrario, lo opuesto a las desgracias: es Jesús, muerto por amor y que Dios lo ha resucitado la mañana de Pascua. Y este es el núcleo de la fe cristiana. Si los Evangelios se detuvieran en la sepultura de Jesús, la historia de este profeta iría a agregarse a las tantas biografías de personajes heroicos que han dado la vida por un ideal. El Evangelio sería entonces un libro edificante, también consolador, pero no sería un anuncio de esperanza.

Pero los Evangelios no se cierran con el viernes santo, van más allá; y es justamente este fragmento sucesivo el que transforma nuestras vidas. Los discípulos de Jesús estaban desconsolados ese sábado después de su crucifixión; aquella piedra colocada en la puerta del sepulcro había cerrado también los tres años de entusiasmo vividos por ellos con el Maestro de Nazaret. Parecía que todo había terminado, y algunos, desilusionados y atemorizados, estaban ya dejando Jerusalén.

¡Pero Jesús resucita! Este hecho inesperado cambia e invierte la mente y el corazón de los discípulos. Porque Jesús no resucita solo por sí mismo, como si su renacer fuera una prerrogativa del cual estar celosos: si asciende hacia el Padre es porque quiere que su resurrección sea participada a todo ser humano, y lleve a lo alto toda creatura. Y el día de Pentecostés los discípulos son transformados por el soplo del Espíritu Santo. No tendrán solamente una buena noticia para llevar a todos, sino serán ellos mismos diferentes de antes, como renacidos a una vida nueva. La resurrección de Jesús nos transforma con la fuerza del Espíritu Santo. Jesús está vivo, está vivo en medio de nosotros, está vivo y tiene esa fuerza para transformarnos.

¡Como es bello pensar que se es anunciador de la resurrección de Jesús no solamente con palabras, sino con los hechos y con el testimonio de vida! Jesús no quiere discípulos capaces sólo de repetir fórmulas aprendidas a memoria. Quiere testigos: personas que propagan esperanza con su modo de acoger, de sonreír, de amar. Sobre todo de amar: porque la fuerza de la resurrección hace a los cristianos capaces de amar incluso cuando el amor parece haber perdido sus razones. Hay “algo más” que habita en la existencia cristiana, y que no se explica simplemente con la fuerza de ánimo o un mayor optimismo. ¡No! La fe, nuestra esperanza no es sólo un optimismo; es otra cosa más. Es como si los creyentes fueran personas con un “pedazo de cielo” de más sobre la cabeza. ¡Es bello esto, eh! Nosotros somos personas con un pedazo de cielo de más sobre la cabeza, acompañados por una presencia que alguno no logra ni siquiera intuir.

Así la tarea de los cristianos en este mundo es aquel de abrir espacios de salvación, como células de regeneración capaces de restituir linfa a los que parecía perdido para siempre. Cuando el cielo esta nublado, es una bendición quien sabe hablar del sol. Es esto, el verdadero cristiano es así: no triste y amargado, sino convencido, por la fuerza de la resurrección, que ningún mal es infinito, ninguna noche es sin fin, ningún hombre está definitivamente equivocado, ningún odio es invencible por el amor.

Cierto, algunas veces los discípulos pagaran a caro precio esta esperanza donada a ellos por Jesús. Pensemos en tantos cristianos que no han abandonado a su pueblo, cuando ha llegado el tiempo de la persecución. Se han quedado ahí, donde era incierto incluso el mañana, donde no se podía hacer proyectos de ningún tipo, se han quedado esperando en Dios. Y pensemos en nuestros hermanos, en nuestras hermanas de Oriente Medio que dan testimonio de esperanza y también ofrecen la vida por este testimonio. Y ellos son verdaderos cristianos. Ellos llevan el cielo en el corazón, miran más allá, siempre más allá.

Quien ha tenido la gracia de abrazar la resurrección de Jesús puede todavía esperar en lo inesperado. Los mártires de todo tiempo, con su fidelidad a Cristo, narran que la injusticia no es la última palabra en la vida. En Cristo resucitado podemos continuar esperando. Los hombres y las mujeres que tienen un “por qué” vivir resisten más que los demás en los tiempos de desgracia. Pero quien tiene a Cristo a su propio lado de verdad no teme más nada. Y por esto los cristianos no son jamás hombres fáciles y acomodados, los verdaderos cristianos, ¿no? Su humildad no se debe confundir con un sentido de inseguridad y de condescendencia. San Pablo anima a Timoteo a sufrir por el Evangelio, y dice así: «el Espíritu que Dios nos ha dado no es un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de sobriedad» (2 Tim 1,7). Caídos, se levantan siempre.

Es por esto, queridos hermanos y hermanas, que el cristiano es un misionero de esperanza. No por su mérito, sino gracias a Jesús, el grano de trigo que, cae en la tierra, ha muerto y ha dado mucho fruto (Cfr. Jn 12,24). Gracias.

Posteriormente hizo un breve resumen de sus palabras en los diferentes idiomas saludando a los peregrinos allí congregados, con una alusión al mes del Rosario en el que estamos, el Centenario de las Apariciones de Fátima que se conmemora este año y que culminó el 13 de octubre de 1917 con el milagro del sol. Asímsmo el Santo padre aludió a la celebración de San Francisco de Asís en esta jornada:

Quiero recordar que hace 100 años en Fátima, en cada una de las seis apariciones, la Virgen pedía: ‘Quisiera que cada día recen el rosario’. Respondiendo a su pedido, recemos juntos por la Iglesia, por la Sede de Pedro y por las intenciones de todo el mundo. Pidamos perdón por los pecados. Oremos por la conversión de los que dudan, por cuantos niegan a Dios y por las almas del purgatorio ¡A todos los que rezan el Rosario los bendigo de corazón!

«Hoy celebramos la fiesta de San Francisco de Asís. Que su ejemplo de vida fortalezca en cada uno de ustedes, queridos jóvenes, vuestra atención hacia la creación; que los sostenga a ustedes, queridos enfermos, aliviando vuestra fatiga cotidiana; y que los ayude a ustedes, queridos recién casados, a construir su familia sobe el amor caritativo».

El Santo Padre saludó cordialmente a los peregrinos de lengua árabe, en particular a la delegación llegada desde Egipto, para la bendición de un icono que describe la huida a Egipto de la Sagrada Familia, y recordó el viaje que realizó a esta nación, que visitó el 28 y 29 de abril de 2017:

«Recuerdo con afecto mi Visita Apostólica a vuestra tierra buena y su pueblo generoso; tierra en la que vivieron San José, la Virgen María, el Niño Jesús y tantos profetas; tierra bendecida a través de los siglos por la sangre preciosa de los mártires y de los justos; tierra de convivencia y de hospitalidad; tierra de encuentro, de historia y de civilización. ¡El Señor los bendiga a todos ustedes y proteja vuestro país, Oriente Medio y al mundo entero de todo mal y de todo terrorismo y del maligno!

Para concluir se cantó el padrenuestro y se impartió la Bendición Apostólica especialmente para enfermos e impedidos.

Etiquetas

Lo más