La historia de Marta Meshko, una religiosa que ayuda a ucranianos en la reconstrucción de sus casas

Miembro de las Hermanas de María, explica que "el milagro es descubrir cómo después de tanto dolor se puede seguir sintiendo gratitud"

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El invierto ya acecha a Ucrania y para muchos ucranianos, el único pensamiento ahora es cómo sobrevivir al frío del invierno, que a veces se prolonga hasta bien entrado el mes de abril, con temperaturas que pueden descender hasta los -25°C, y con tantas centrales eléctricas y sistemas de calefacción central destruidos en los bombardeos rusos. Los más vulnerables de todos son los que perdieron sus casas a causa de las bombas. Solo en la región de Kiev, más de 12.000 viviendas privadas sufrieron daños parciales durante los primeros meses de la invasión rusa, que comenzó el 24 de febrero, y unas 5.000 quedaron completamente destruidas.



La reconstrucción de la esperanza

"Una mujer me contó que vio cómo su casa se quemaba por completo en 20 minutos, solo quedó una pequeña choza donde ahora vive con su marido. Es muy doloroso para ellos despertarse cada mañana y ver solo ruinas a su alrededor". Este es el relato de la hermana Marta Meshko, de la Congregación de las Hermanas de María de la Medalla Milagrosa, fundada en Eslovenia, que presta servicio en Kiev desde 2005. Desde hace varios meses, junto con voluntarios de la organización "De Paul Ukraine", suministra materiales de construcción a los habitantes de los pueblos de los alrededores de la capital ucraniana, para que puedan empezar a reconstruir sus casas destruidas por las bombas. "Es un verdadero milago ver cómo estas personas, después de haberlo perdido todo, en lugar de lamentarse por el mal que han sufrido injustamente, reaccionan inmediatamente a un gesto de bondad reencontrando la esperanza en la vida. Me emociona ver cómo, en esta trágica situación, consiguen mostrar gratitud y esperanza", subraya.

La compra de materiales de construcción

La hermana Marta dice que la idea de ayudar a la gente de esta manera surgió de la conciencia adquirida durante el viaje de regreso a Kiev desde la región de Zakarpattia, donde su comunidad pasó los tres primeros meses de la invasión, rezando día y noche. “Vivir el Evangelio aquí y ahora, incluso en estas condiciones", fue su primer pensamiento mientras rezaba a Dios para preguntar cómo podía su comunidad reanudar su servicio en la capital. La respuesta a lo que podría ser una ayuda concreta para los habitantes llegó cuando Marta, con voluntarios, fue a llevar alimentos a los habitantes de los pueblos de Moshchun y Zahaltsi, en las afueras de Kiev. Fue una mujer, Olha, quien les mostró su casa totalmente destruida. "Si al menos tuviéramos algunos materiales, podríamos incluso empezar a reconstruirlo nosotras mismas para poder terminarlo antes de que llegue el invierno", fue la confidencia de Olha a la hermana Marta que, en esas palabras, encontró una clara indicación de lo que debía hacer con el dinero que su Congregación había puesto a disposición de las hermanas de Ucrania para las víctimas de la guerra. La hermana Marta decidió entonces comprar los materiales para ayudar a la gente a reconstruir sus casas, preguntándoles directamente lo que necesitaban.

Contacto y escucha

La hermana Marta explica que su iniciativa no está dirigida a las grandes masas, prefieren apoyar a menos personas, para poder establecer un contacto personal, para poder visitarlas y hablar con ellas. De este modo, la religiosa consigue también cumplir su misión pastoral: poder escuchar el sufrimiento que padecen los habitantes de estos pueblos cercanos a la capital durante la ocupación de los militares rusos. "Una mujer, Halyna, me dijo", recuerda la Hermana, "que cuando los rusos entraron en el pueblo, ella y su familia se escondieron en el sótano, en el frío. Solo podían salir por la noche, para poder cocinar algo. Su hermano Leonid, un hombre valiente, recorrió el pueblo dando comida a los animales abandonados en los establos, y también a los perros y gatos que habían dejado sus dueños y que habían escapado de los atacantes. Halyna, llorando, me contó que los militares rusos dispararon a una de sus conocidas solo por no abrir la puerta tan rápido como le pidieron".

El mal no tiene lógica

La hermana Marta también observa cómo la gente, aunque habla abiertamente de su dolor, no tiene desesperación en su corazón, y por eso es capaz de mostrar tanta gratitud cuando alguien le tiende la mano. "Recuerdo a la abuela Sina, de más de 80 años, que vive en el pueblo de Moshchun. Su casa también fue destruida y se fue a vivir a una choza. Decidimos comprarle una cabaña de madera prefabricada, se emocionó de alegría, no podía creer que hubiéramos hecho esto por ella. Estas personas, en un corto período, experimentaron emociones muy fuertes y contradictorias que no fueron fáciles de procesar. A principios de año vieron sus propiedades destruidas y ahora se encuentran con alguien que les ofrece ayuda gratuita".

Esta religiosa sigue prestando su servicio incluso cuando, casi todos los días, oye sonar la alarma antiaérea, los misiles rusos siguen destruyendo infraestructuras civiles y golpeando las casas de la gente. "Soy consciente", concluye, "de que no estoy sola. Sé que el Señor está conmigo y con estas personas a las que ayudo. Además, a través de la oración, puedo llevar su dolor a Dios, que puede darles fuerza para seguir adelante y no centrarse en el mal, porque una de las tentaciones es analizar el mal, tratar de entenderlo, pero el mal no tiene una lógica y no se puede entender. En cambio, hay que dirigir las energías y los pensamientos a la acción, comprender las necesidades concretas de la gente y tratar de ayudarla".


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