Discurso en español del Papa a 80.000 miembros de Comunión y Liberación

Discurso en español del Papa a 80.000 miembros de Comunión y Liberación

Redacción digital

Madrid - Publicado el - Actualizado

7 min lectura

La moral cristiana, respuesta conmovida ante una misericordia sorprendente

Discurso del Papa Francisco a las comunidades de Comunión y Liberación con ocasión del LX aniversario de su fundación y del X aniversario de la muerte de monseñor Luigi Giussani (7-3-2015)

Queridos hermanos y hermanas: ¡Buenos días!

¡Os doy la bienvenida a todos y os doy las gracias por vuestro caluroso afecto! Dirijo mi saludo cordial a cardenales y a obispos. Saludo al sacerdote Julián Carrón, presidente de vuestra Fraternidad, y le doy las gracias por las palabras que me ha dirigido en nombre de todos; y le agradezco también, don Julián, esa hermosa carta que ha escrito usted a todos, invitándolos a venir. ¡Muchas gracias!

Mi primer pensamiento es para vuestro fundador, monseñor Luigi Giussani, al recordar el décimo aniversario de su nacimiento al cielo. Le estoy agradecido por varios motivos. El primero, más personal, es el bien que ese hombre ha hecho a mí y a mi vida sacerdotal a través de la lectura de sus libros y de sus artículos. El otro motivo es que su pensamiento es profundamente humano y alcanza hasta lo más íntimo del anhelo del hombre. Vosotros sabéis lo importante que era, para Don Giussani, la experiencia del encuentro: del encuentro no con una idea, sino con una Persona, con Jesucristo. Así educó él en la libertad, guiando hacia el encuentro con Cristo, porque Cristo nos da la verdadera libertad. Hablando del encuentro me acude a la mente La vocación de Mateo, ese Caravaggio ante el cual me detenía largos ratos en San Luis de los Franceses, cada vez que venía a Roma. Ninguno de los que allí figuraban ?ni siquiera Mateo, ávido de dinero? podía creer en el mensaje de aquel dedo que lo señalaba, en el mensaje de aquellos ojos que lo miraban con misericordia y lo escogían para el seguimiento. Sentía ese estupor del encuentro. Así es el encuentro con Cristo, que viene y nos invita.

Todo en nuestra vida, hoy como en tiempos de Jesús, empieza con un encuentro. Un encuentro con ese Hombre, el carpintero de Nazaret, un hombre como todos y, al mismo tiempo, distinto. Pensemos en el Evangelio de Juan, allí donde relata el primer encuentro de los discípulos con Jesús (cf. 1, 35-42). Andrés, Juan, Simón: se sintieron mirados hasta lo más profundo, conocidos íntimamente, y eso generó en ellos una sorpresa, un estupor que, de inmediato, los hizo sentir unidos a él… O cuando, tras la Resurrección, Jesús le pregunta a Pedro: "¿Me amas?" (Jn 21, 15) y Pedro contesta: "Sí". Ese "sí" no era el resultado de una fuerza de voluntad, no procedía tan solo de la decisión del hombre Simón: procedía, antes aún, de la gracia; era ese "primerear", ese adelantarse de la gracia. Este fue el descubrimiento decisivo de San Pablo, de San Agustín y de tantos otros santos: Jesucristo siempre es el primero, nos "primerea", nos espera; Jesucristo nos precede siempre; y cuando nosotros llegamos, él estaba ya esperando. Él es como la flor del almendro, que es la primera en florecer y anuncia la primavera.

Y sin la misericordia no puede entenderse esta dinámica del encuentro que provoca estupor y adhesión. Solo quien ha sido acariciado por la ternura de la misericordia conoce realmente al Señor. El lugar privilegiado del encuentro es la caricia de la misericordia de Jesucristo a mi pecado. Y por eso, algunas veces, me habéis oído decir que el sitio, el lugar privilegiado del encuentro con Jesucristo es mi pecado. Gracias a este abrazo de misericordia siente uno el deseo de responder y de cambiar, y puede surgir una vida distinta. La moral cristiana no es el esfuerzo titánico, voluntarista, propio de quien decide ser coherente y lo logra, en una especie de desafío solitario ante el mundo. No. Esa no es la moral cristiana: es otra cosa. La moral cristiana es respuesta, es la respuesta conmovida ante una misericordia sorprendente, imprevisible ?incluso "injusta" según los criterios humanos?, de Uno que me conoce, que conoce mis traiciones y pese a ello me ama, me estima, me abraza, me llama de nuevo, espera en mí, espera de mí. La moral cristiana no consiste en no caer nunca, sino en levantarse siempre, gracias a su mano que nos agarra. Y el camino de la Iglesia es ese también: dejar que se manifieste la gran misericordia de Dios. Decía yo, hace unos días, a los nuevos cardenales: "El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para siempre y difundir la misericordia de Dios a todas las personas que la piden con corazón sincero; el camino de la Iglesia es precisamente el de salir del propio recinto para ir a buscar a los lejanos en las "periferias" esenciales de la existencia; es el de adoptar integralmente la lógica de Dios", que es la de la misericordia (Homilía del 15-2-2015: ecclesia 3.768 [2015/II], pág. 321). También la Iglesia ha de sentir el impulso gozoso de convertirse en flor de almendro ?es decir en primavera, como Jesús? para toda la humanidad.

Hoy vosotros recordáis también el sexagésimo aniversario del inicio de vuestro movimiento, surgido en la Iglesia ­­?como os dijo Benedicto XVI? "no […] por voluntad organizativa de la jerarquía, sino" originado "por un encuentro renovado con Cristo, y por lo tanto ?podemos decir? por un impulso procedente, en definitiva, del Espíritu Santo" (Discurso a los participantes en la peregrinación organizada por la Fraternidad de Comunión y Liberación, 24-3-2007: ecclesia 3.389 [2007/II], pág. 1766).

Por unos carismas "descentrados" y no "petrificados"

Sesenta años después, el carisma originario no ha perdido su lozanía y vitalidad. Pero acordaos de que el centro no es el carisma: ¡el centro es uno solo, es Jesús, Jesucristo! Cuando pongo en el centro mi método espiritual, mi camino espiritual, mi forma de realizarlo, me salgo del camino. Toda la espiritualidad, todos los carismas en la Iglesia tienen que estar "descentrados": ¡en el centro solo está el Señor! Por eso Pablo, cuando en la Primera Carta a los Corintios habla de los carismas, de esa realidad tan hermosa de la Iglesia, del Cuerpo Místico, termina hablando del amor, es decir de lo que procede de Dios, de lo que es propio de Dios y nos permite imitarlo. No os olvidéis jamás de esto: ¡de estar descentrados!

¡Y además, el carisma no se conserva en una botella de agua destilada! Fidelidad al carisma no significa "petrificarlo": ¡es el diablo el que "petrifica", no lo olvidéis! Fidelidad al carisma no significa escribirlo en un pergamino y enmarcarlo. La referencia al legado que Don Giussani os dejó no puede reducirse a un museo de recuerdos, de decisiones tomadas, de normas de conducta. Implica, ciertamente, fidelidad a la tradición, pero fidelidad a la tradición ?según decía Mahler? "significa mantener vivo el fuego, y no adorar las cenizas". Don Giussani nunca os perdonaría que perdierais la libertad y que os transformarais en guías de museo o en adoradores de cenizas. ¡Mantened vivo el fuego de la memoria de aquel primer encuentro y sed libres!

Así, centrados en Cristo y en el Evangelio, vosotros podéis ser brazos, manos, pies, mente y corazón de una Iglesia "en salida". El camino de la Iglesia consiste en salir para ir a buscar a los lejanos en las periferias, para servir a Jesús en toda persona marginada, abandonada, sin fe, defraudada por la Iglesia, presa de su propio egoísmo.

"Salir" significa también rechazar la autorreferencialidad en todas sus formas; significa saber escuchar a quien no es como nosotros, aprendiendo de todos, con humildad sincera. Cuando somos esclavos de la autorreferencialidad, terminamos cultivando una "espiritualidad de etiqueta": "Yo soy CL". Esta es la etiqueta. Y luego caemos en las mil trampas que nos tiende la complacencia autorreferencial: ese mirarnos al espejo que acaba desorientándonos y transformándonos en meros empresarios de una ONG.

Queridos amigos: Quisiera terminar con dos citas muy significativas de Don Giussani, una de los inicios y otra del final de su vida.

La primera: "El cristianismo nunca se realiza en la historia como fijeza de posiciones que hay que defender, que entablan relación con lo nuevo como pura antítesis; el cristianismo es principio de redención que asume lo nuevo, salvándolo" (Porta la speranza. Primi scritti, Génova 1967, pág. 119). Esta será de alrededor de 1967.

La segunda, de 2004: "No solo no he tenido jamás la intención de "fundar" nada, sino que considero que la esencia del movimiento al que vi nacer estriba en haber sentido la urgencia de proclamar la necesidad de volver a los aspectos elementales del cristianismo, es decir a la pasión del hecho cristiano como tal en sus elementos originales, y nada más" (Carta a Juan Pablo II con ocasión del cincuentenario de Comunión y Liberación, 26-1-2004).

Que el Señor os bendiga y que la Virgen os custodie. ¡Y, por favor, no os olvidéis de rezar por mí! Gracias.

(Original italiano procedente del

archivo informático de la Santa Sede; traducción de ECCLESIA)

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