Celso Morga, arzobispo emérito de Mérida-Badajoz: "El que hoy diga sí al Señor para el sacerdocio va a contracorriente, pero es más auténtico"

Celso Morga ha repasado en 'Eméritos' su trayectoria y analiza los desafíos de la Iglesia, desde la crisis de vocaciones a su vida actual: "En Roma no se pierde nada, se gana todo"

Redacción Religión

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El arzobispo emérito de Mérida-Badajoz, Celso Morga, ha repasado su vida en una nueva entrega de 'Eméritos'. Desde su retiro en La Rioja, su tierra natal, ha ofrecido una mirada íntima a su trayectoria, desde su temprana vocación y sus 27 años de servicio en la Curia Romana hasta sus reflexiones sobre los desafíos que afronta la Iglesia en la actualidad, como la crisis de vocaciones o el debate sobre el Santuario de Guadalupe.

Una vocación forjada en La Rioja

Nacido en Huércanos, un pueblo riojano de tradición vitivinícola, Morga ha recordado una niñez feliz en el seno de una familia profundamente católica. Su vocación, explica, es "un don de Dios", pero reconoce la importancia de mediadores como su tío sacerdote. "Me llamaba mucho la atención que paseaba por el pasillo rezando el breviario. Aquello me parecía una cosa muy bonita", ha confesado. Este ejemplo, junto al de sus padres y el ambiente del pueblo, fue decisivo.

A los doce años ingresó en el seminario, siguiendo la estela de sus dos mejores amigos. Ha contrastado aquel ambiente de los años sesenta, donde el sacerdote era una figura social de referencia junto al médico y el maestro, con la realidad actual. "Ese ambiente ya no existe", ha constatado, señalando que los jóvenes de hoy no lo encuentran, lo que supone un reto añadido para la escucha de la llamada de Dios.

Los desafíos de la fe en el siglo XXI

Sobre la actual crisis vocacional, Celso Morga se ha mostrado convencido y tajante: "Que Dios sigue llamando, Isidro, eso es impepinable, como se dice en La Rioja". Sin embargo, ha admitido que "pide de nosotros, en estos momentos, más esfuerzo o más trabajo". Considera que quien hoy dice sí al sacerdocio "va contracorriente" y no lo tiene "nada fácil", pero subraya que esto también confiere a las vocaciones actuales "un punto mayor de autenticidad" y las convierte en una "aventura" atractiva.

El arzobispo emérito de érida-Badajoz ha señalado también las diferencias geográficas de esta crisis, observando "más dificultad en el norte que en el sur" de España. Aun así, ha bendecido la llegada de "nuevos medios" y movimientos en la Iglesia, como los retiros de Emaús, porque "todo lo que sea remover las aguas, eso es bueno. Sin duda, el espíritu está ahí, porque lo que no puedes hacer es cruzarte de brazos".

De Roma a Extremadura, una vida de servicio

Ordenado sacerdote en 1972, estudió Derecho Canónico en la Universidad de Navarra por obediencia, aunque su deseo era la filosofía. Esta formación le llevó a Argentina en 1980, donde trabajó en el tribunal interdiocesano de Córdoba y tuvo como alumno al actual prefecto de Doctrina de la Fe, el cardenal Víctor 'Tucho' Fernández. Tras un periodo como párroco en Logroño, en 1987 comenzó una nueva etapa de 27 años en Roma, en la Congregación para el Clero.

Al principio, el trabajo de despacho le causó "una depresión", pero pronto descubrió la "dimensión universal" y las historias humanas detrás de cada documento. "Han sido unos años que yo doy tantas gracias a Dios", ha afirmado, recordando el privilegio de trabajar con tres papas: Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco. Sobre la creencia popular de que en la Santa Sede se pierde la fe, ha sido rotundo: "Son tonterías. En Roma no se pierde nada, se gana todo".

Su nombramiento como arzobispo coadjutor de Mérida-Badajoz llegó de la mano del Papa Francisco. Ha revelado que le costó dejar Roma, pero una carta "muy cariñosa y a la vez muy razonada" del Pontífice le hizo aceptar. Descubrió Extremadura, una tierra que no conocía y de la que alaba a sus gentes "sin ningún tipo de prejuicio" y el "humus católico" que aún se conserva. Como obispo, sus prioridades fueron los sacerdotes, los jóvenes y la atención a los más vulnerables: "enfermos, ancianos, solos, encarcelados".

En su etapa extremeña, también abordó la "asignatura pendiente" del Santuario de Guadalupe, que, pese a ser patrona de la región y estar en su territorio, pertenece a la archidiócesis de Toledo. Ha comparado la complejidad del asunto con el "status quo" de la escalera de la Basílica del Santo Sepulcro en Jerusalén, un símbolo de lo difícil que es cambiar ciertas dinámicas históricas en la Iglesia.

Finalmente, ha reflexionado sobre su nueva etapa como emérito. Una vida en la que tiene que "aprender" a hacerse su propia agenda y a realizar tareas prácticas que antes no hacía. Aunque ya jubilado, su labor no cesa, con compromisos en la Signatura Apostólica y conferencias. Sobre el final de la vida, ha admitido que la muerte es "la prueba máxima", pero se aferra a la virtud de la esperanza: "Esperar que Jesús no nos ha mentido".

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