Carta pastoral de Mons. Manuel Herrero: Un nuevo Sínodo: la misión

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El Sínodo al que nos ha convocado el papa y que él inauguró el pasado domingo día 10 en Roma y que hoy será inaugurado aquí en Palencia, en su fase diocesana, se apoya sobre tres pilares o bases que son también objetivos: La comunión, la participación y la misión.

De las dos primeras, de las cuales se podría decir mucho, he tratado en domingos anteriores. Hoy toca hablar de la misión.

La comunión está bien, sin duda alguna, porque nuestro Dios, en su misterio último, es comunión de personas en unidad. La participación es una de las expresiones de la comunión, no para mirarnos el ombligo y decir qué buenos somos y cómo nos queremos, sino para la misión, es decir, para proseguir la obra de Jesús y de su Espíritu, su misión salvadora hoy. Nuestro mismo Dios, en su misterio insondable, no sólo es comunión sino que el Padre ha enviado al Hijo y al Espíritu para que su amor, su vida, su luz, su gloria, llegue a todas sus criaturas, especialmente al ser humano. Jesús comenzó sus días anunciando el reino, es decir, la presencia que Dios, compasivo y misericordioso, en este mundo como oferta de salvación y liberación de toda persona que la acoja con humildad y sinceridad.

Jesús es el enviado del Padre; toda su vida no tenía otro objeto sino cumplir la voluntad del Padre con obras, palabras, sus parábolas, sus signos, comúnmente mal llamados milagros, etc.; esa misión culminó manifestando el mayor amor entregando su vida: «Todo está cumplido» (Jn 19, 30). Pero Él quiso continuar su misión por medio de sus discípulos. Lo hizo en su vida pública, cuando los envió de dos en dos (Mc 6, 7-12), lo hace resucitado «Como el Padre me envió, así os envío yo? Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20, 21-23) como testigos (Lc 24, 48; Hech 1, 7-8). Es lo que hicieron los Doce con Pedro a la cabeza, Pablo? lo que han hecho a lo largo de los tiempos y de la geografía muchos cristianos y cristianas y tenemos que hacer nosotros hoy.: «Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis en comunión con nosotros y esta comunión es con el Padre y con su Hijo Jesús? para que nuestro gozo sea completo» (I Jn 1, 3-4).

La Iglesia, en el Concilio Vaticano II, tomó conciencia de cuál era su misión (LG 1-4) y dedicó un Decreto precioso sobre la actividad misionera de la Iglesia titulada Ad Gentes que comienza así: «La Iglesia, enviada por Dios a las gentes para ser signo universal de salvación? se esfuerza por anunciar el Evangelio a todos los hombres» (AG.1). Resumiendo la misión de la iglesia decía san Pablo VI: «Nosotros queremos confirmar una vez más que la tarea de evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la Iglesia. Evangelizar es, en efecto, la dicha y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar» (EN 14).

A eso debe conducir el Sínodo, a la misión. El papa Francisco no deja de recordarnos que los cristianos tenemos que ser discípulos y misioneros. No podemos centrarnos en nosotros mismos; tenemos que compartir la buena noticia de Jesús, el Señor del Reino, por todas partes. También aquí en Europa, en España, en Palencia y todos sus pueblos y ciudades, especialmente en las periferias espirituales, sociales, económicas, políticas, geográficas y existenciales. No se trata de hacer proselitismo, ni de reconquistar nada ni a nadie, ni de imponer nada, sino de proponer como hacía Jesús: «Si quieres?» (Mt 19, 21). Para la Iglesia, la misión consiste en llevar la Buena nueva a todos los ambientes de la humanidad, y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad: «He aquí que hago nuevas todas las cosas» (Apoc. 21, 5). «Pero la verdad es que no hay humanidad nueva si no hay en primer lugar hombres nuevos con la novedad del bautismo y de la vida eterna según el Evangelio. La finalidad de la evangelización es por consiguiente este cambio interior y, si hubiera que resumirlo mejor en una palabra, lo mejor sería decir que la Iglesia evangeliza cuando, por la sola fuerza divina del Mensaje que proclama, trata de convertir al mismo tiempo la conciencia personal y colectiva de los hombres, la actividad en la ellos están comprometidos, su vida y sus ambientes concretos. No se trata solo de predicar el Evangelio en zona geográficas cada vez más vastas o poblaciones cada vez más numerosas, sino de alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación» (san Pablo VI, en EN, 18 y 19).

El papa Francisco nos lo ha recordado en sus encíclicas con EG, GE, AL, LS y FT que os invito a releer y vivir.

Participemos todos con libertad para que juntos veamos lo que se puede hacer, lo que se debe mantener o cambiar; no se trata de ser fieles a la tradición venerando las cenizas, sino custodiando el fuego del Espíritu (Cfr. Discurso del papa a los fieles de Roma, 18.09.2021).

+ Manuel Herrero Fernández, OSA.

Obispo de Palencia


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Religión