De negar la existencia de Dios a ser sacerdote: así es la historia de Santiago Carbonell

Tras una juventud en la que no sentía especial apego por Jesucristo, Santiago sintió durante su etapa universitaria un vacío del que se valió Dios para atraerle poco a poco

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Santiago Carbonell es sacerdote en la Archidiócesis de Valencia. Procede de una familia no excesivamente cristiana de ocho hermanos: “Mi madre era la única que mantenía la fe”, cuenta en una entrevista concedida a 'HM Televisión'.

Su infancia estuvo inmersa en un estado de felicidad que el propio Santiago no podía definir ni identificar: “Recuerdo tener momentos cuando iba al conservatorio de estar como lleno de felicidad. Estaba pletórico, pero sin saber hablar con Dios ni saber quien era realmente”.

Pero aquella fe se esfumó durante su etapa en el instituto: “La parroquia donde vivía era muy pequeña, solo se celebraba la Misa del domingo, y con el tiempo se enfrió todo. En el instituto me di cuenta, con tristeza, que Dios no existía. Quería que existiera pero pensaba que era mentira. Lo veía como una rémora del pasado que había que eliminar. Me convencí de que tenía que pasar de Dios”.

Este sentimiento de lejanía hacia Dios hizo que Santiago Carbonell finalmente recibiera el sacramento de la Confirmación, aunque “por inercia familiar”. Tanto es así que, semanas antes, cruzando un paso de cebra, “le decía a Dios que yo sería el Hijo Pródigo de la Parábola y, si existes, ya me encontrarás”, relata.

“Con el paso de los años, me sentía muy triste. Estaba en la Universidad, con mis amigos, mi novia... pero estaba triste por dentro. Sentía un gran vacío. Le pedía a Dios que si había alguien arriba, me ayudara. Se abrió una pequeña grieta en mi corazón”.


A raíz de aquello, el hoy sacerdote sentía ganas de estrechar su relación con Dios: “Fui a Misa los domingos, buscaba cosas por Internet de Dios y de los santos...” En este punto del camino, Santiago leyó un texto de Santo Tomás Moro, concretamente la carta que escribió a su hija desde la torre de Londres esperando a que le cortaran la cabeza. Santo Tomás le decía a su hija por carta que no se preocupara: “Hija no hay nada que pueda pasarme que Dios no lo quiera, y lo que Dios quiere para mi es siempre lo mejor, aunque no lo parezca”.

El contenido de aquella carta de Santo Tomás Moro a su hija siglos antes, marcó a Santiago Carbonell de por vida: “Dios quiere para mí lo mejor. Se fue abriendo paso, rompí con mi pareja, lo pasé mal pero con hambre de rezar y unirme a Dios. Descubrí la Misa diaria. Fui creciendo una tranquilidad en mí. Dios me iba atrayendo a él. Nada se verbalizaba, pero era un hilo que me iba atrayendo”, comenta en la conversación con 'HM Televisión'.

Luego, se decidió a estudiar Teología por pura intuición, “por si Dios me llamaba al sacerdocio”. Sin saber muy bien por qué, decidió ingresar en el seminario: “Me sentía una marioneta de Dios. Fue una locura. Sentí mucha tranquilidad, una especie de inquietud de que Dios me acogía con cariño y me llevaba a Él”.

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