Boletín

La revolución de la ternura con la ciencia de las caricias

¡Qué difícil nos pone la vida en ocasiones tener gestos de cercanía hacia los demás! Pero qué importante es no tener miedo a ser tiernos, cercanos

Auxi Rueda

Auxi Rueda

Directora de Comunicación de la Diócesis de Ávila

Tiempo de lectura: 3'Actualizado 18:16

La revolución de la ternura con la ciencia de las caricias

 

Recuerdo la mañana de mi primer día de trabajo. Tenía 22 años y acababa de terminar la carrera hacía apenas unas semanas. Mi madre esperaba en la cocina con café, tostadas y consejos. Sabios alimentos para el cuerpo y el alma. Como el que me lanzó mientras recogía las últimas migas de la encimera: “Sé amable, atenta, dispuesta siempre a agradar a los demás. Con bondad y ternura en cada cosa que hagas”.

Ternura. ¡Qué fácil parece a simple vista! Estamos programados para ser tiernos con un adorable cachorro de perro, con nuestro bebé, con nuestra pareja en esa fase de enamoramiento dulzón con el que se inician las relaciones. Sin embargo, la amargura que se desprende del día a día, de esas espinas del camino, nos ciega e imposibilita ese acercamiento con el corazón. Vamos demasiado deprisa, demasiado enfadados, demasiado suspicaces. Y sólo nos damos cuenta de ese estado de tensión permanente cuando se nos marcan surcos en el entrecejo que no hay antiarrugas que hagan desaparecer. Porque el alma no cicatriza con cremas.

Y nos da miedo a mostrar amor, cariño. Escondemos los sentimientos bajo una pátina de fingida fortaleza, cuando realmente no es debilidad la ternura, sino la bandera de los valientes. Cuando no es motivo de escarnio y burla, sino modelo ejemplarizante. Cuando no debería asustarnos, pues sólo quien muestra amor, quien sabe llorar con el dolor y las injusticias, y siente una punzada en el pecho ante el llanto desesperado de un niño, está demostrando que tiene corazón.

En la era de la hiperconexión, la frialdad de los dispositivos y la escasez de humanidad en los procesos comunicativos, hacen que valoremos aún más, si cabe, aquello que los teóricos siempre llamaron la comunicación no verbal. Porque una mano tendida hacia un enfermo postrado en cama, un pulgar que seca una lágrima furtiva, o un abrazo de oso en momentos de celebración, transmiten un mensaje poderoso. Una caricia, sin dudarlo, vale más que 1000 likes.

Y ahí es donde tenemos que poner todo nuestro empeño: en ser capaces de recuperar ese contacto piel con piel, persona a persona. Esa conexión real y esa empatía hacia las dificultades y necesidades de quienes nos rodean, tratando siempre de ser consuelo, apoyo, de compartir penas y alegrías.

Lo sabe muy bien el Papa Francisco, como nos cuenta la compañera de COPE Eva Fernández en su último libro. Una obra sencillamente deliciosa, que nos empaña los ojos en cada página. Porque nos muestra esa caricia viva del Santo Padre a través de sus gestos, con los que testimonia la misericordia del propio Cristo entre los más débiles. Nos lo ha dicho el Papa en numerosas ocasiones: hay que poner en práctica la revolución de la ternura. Una rompedora forma de ver el mundo y las relaciones humanas, basándose en el amor como motor del cambio. "La ternura es el amor que se hace cercano y concreto. Es un movimiento que parte del corazón y llega a los ojos, a los oídos, a las manos (…) La ternura es usar los ojos para ver al otro, usar los oídos para escucharlo, para sentir el grito de los pequeños, de los pobres, del que teme el futuro, escuchar también el grito silenciosos de nuestra casa común, la tierra contaminada y enferma (…) La ternura significa usar las manos y el corazón para acariciar al otro, para cuidarlo. Es el lenguaje de los más pequeños, del que tiene necesidad del otro" (Papa Francisco, charla TED abril 2017).

Y eso, amigo lector, pasa por el día a día. Por los pequeños detalles. Por la verdadera cercanía con los más cercanos. Una caricia al marido o la mujer que está inquieto por sus dificultades del trabajo, sin más palabras que las que comunica una mirada llena de significado. Un beso en la sien de nuestros hijos cuando están concentrados estudiando y menos se esperan esa irrupción en su espacio personal. Una mano en el hombro. Una sonrisa. Gestos que cambian el mundo.

Y mientras, cada mañana, mientras recojo las migas de mi tostada, pienso en aquel consejo de mi madre. Ojalá sea capaz de ponerlo en práctica todos los días de mi vida, y ser parte de algo tan grande como una revolución. La revolución de la ternura.

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