Verdad y belleza de la fe

Verdad y belleza de la fe

Agencia SIC

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Mons. Jaume Pujol Una cita famosa de un autor clásico, Fiódor Dostoievski dice: "La belleza salvará al mundo". Joseph Ratzinger, cuando era cardenal, comentando esta sentencia, relacionó la belleza con la fe diciendo: "Para que hoy la fe pueda crecer tenemos que llevar nosotros mismos a los hombres y mujeres con que nos cruzamos a entrar en contacto con la belleza".

En efecto, la belleza de ciertas manifestaciones artísticas, como la música gregoriana, las pinturas religiosas conservadas a través de los siglos, son testimonio de la verdad de unas creencias y camino para alcanzar la fe a través de los sentimientos. Pero, sobre todo, es a través de la observación de la conducta de los cristianos como el mundo se convencerá con respecto a Cristo.

Viendo, por ejemplo, el testimonio de los mártires de los primeros tiempos, muchas personas de la sociedad pagana del mundo antiguo se decían: esto que predican no sólo es bello, debe ser verdad. Y cuando la gente se sorprendía de la conducta de los primeros cristianos y se decía: "¡Mirad cómo se aman!", esta admiración era testimonio de la verdad.

Actualmente hay cierto desprecio de la belleza, no sólo la formal, -y aquí cabe recordar, en el terreno de la moda, un spot publicitario que decía "la arruga es bella", (quizá sea cierto, va a gustos)-, sino en el terreno más hondo de la belleza de la verdad.

Se desprecia la verdad misma, y hay quienes piensan que puede ser inalcanzable o incluso peligrosa. Un personaje creado por Umberto Eco en "El nombre de la rosa", estaría en las antípodas de Dostoievski al exclamar: "La única verdad consiste en aprender a liberarse de la pasión enfermiza por la verdad". ¿Buscar la verdad puede ser una pasión enfermiza? Lo sería, en todo caso, tratar de imponer la verdad a otros con presiones o con violencia, pero ¡cómo renunciar a buscarla! Si no la buscáramos haríamos inútiles todos los debates y todas las investigaciones. No eliminaríamos la teología, sino la ciencia.

Ciertamente para alcanzar la fe se necesita conocer a Dios. Nos fiamos de sus obras, de su palabra, del mismo modo que tenemos confianza y fe en una persona si la conocemos y, más aún, si la amamos.

Hay quienes piensan que tratar de la fe es como meterse en un círculo vicioso. No es así. Ocurre como con el amor humano: primero se conoce a una persona, luego se le ama, y este amor nos lleva a querer saber todo de ella, es decir, el conocimiento nos lleva al amor y este amor nos conduce a querer tener un conocimiento más pleno.

A Dios le conocemos por la belleza del mundo creado, y por encontrarlo, aunque en penumbra, dentro de nosotros. Nos vale para darle gracias y comenzar a tratarle. El trato conduce a amarlo más y a conocerlo mejor. Este es el punto de encuentro de la belleza, la verdad y la fe.

? Jaume Pujol Balcells

Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

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