Una alegría para toda la Diócesis

Agencia SIC

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Mons. Braulio Rodríguez Ordenaciones de presbíteros y diáconos en la Catedral. Una alegría inmensa para toda la Diócesis de Toledo. Serán 8 sacerdotes y 8 diáconos de Jesucristo, al servicio del Pueblo de Dios y de sus comunidades cristianas. Es día de alborozo y de gozo profundo; primero para los que son ordenados, a los que Cristo ha llamado en su Iglesia y la Iglesia de Toledo ha ido formando día a día; pero alegría también para sus padres y sus familias, para sus parroquias de origen o sus comunidades. No olvidamos al Seminario Diocesano y las comunidades donde se han preparado. Gracias de corazón al equipo de formadores y profesores por vuestra tarea. Gracias a los sacerdotes que han ido cuidando la vocación de estos jóvenes, y a tantos fieles laicos y consagrados. También a la Catedral, que prepara con mimo esta celebración.

Parecería que este acontecimiento en el que unos jóvenes reciben el sacramento del Orden fuera más importante que ningún otro acontecimiento eclesial. ¿No será eso clericalismo? No quisiera yo que así fuera entendido, pues soy muy consciente del valor que tiene cada persona que llega a ser cristiano por el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía (la Iniciación Cristiana) en el conjunto del Pueblo de Dios que es la Iglesia; conozco igualmente tantos hombres y mujeres fieles laicos que enriquecen nuestras comunidades cristianas con su fe, su dedicación a su familia y a los demás, la fuerza de su acción apostólica, su empeño por cambiar el mundo, su cercanía a los más pobres trabajando en tantos campos de la acción caritativa y social de la Iglesia.

¿Y qué decir de los religiosos y otros consagrados? Sin ellos la Iglesia perdería peso específico y nos faltarían tesoros como la contemplación, la vida comunitaria, la entrega de por vida al amor de Jesucristo, la gratuidad en las acciones eclesiales que llevan a cabo en la enseñanza, en la pastoral de la salud, en el cuidado de los pobres. Hombres y mujeres consagrados, viviendo en pobreza, castidad y obediencia, cuyas vidas aprecian los demás cristianos. Esto es así de evidente.

Por todo lo cual, la alegría que experimenta la Iglesia diocesana no viene porque ser sacerdote o diácono sea más importante, o la quintaesencia del cristianismo o la élite de la clase dirigente. No. La importancia de que haya muchos y buenos sacerdotes está en otra realidad incuestionable: la Presencia de Cristo en medio de su Pueblo y que sus palabras y obras salvíficas lleguen a cada uno de nosotros para permitir el encuentro nuestro con Jesús en su Iglesia. No se trata, pues de exaltar a la persona de Obispo, el sacerdote o el diácono por su valía, sino de saber que existe en la realidad concreta de nuestras comunidades la re-presentación de Cristo Cabeza de la Iglesia, que garantiza en cada una de ellas la Eucaristía y los otros Sacramentos, el perdón, la presidencia de la comunidad cristiana, la comunión eclesial y el enlace con la gran Tradición cristiana que llega hasta Jesucristo.

De aquí la importancia que hemos de dar a la pastoral familiar, porque de familias cristianas salen vocaciones al sacerdocio; lo mismo cabe decir del trabajo pastoral a realizar con niños, adolescentes y jóvenes que, en un buen clima formativo cristiano, en ámbitos donde sea posible la oración, los sacramentos y la vivencia de la caridad, surjan vocaciones al sacerdocio, pero también a la vida religiosa, al matrimonio, a la vida laical fuerte, tan necesaria para la presencia pública del Pueblo de Dios. Y esto no son disquisiciones clericales; no, hermanos. Atención a este punto, porque si no hubiera trabajo pastoral y de acompañamiento a niños, adolescentes y jóvenes, tendríamos inmediatamente menos vocaciones para se sacerdotes.

La ausencia sensible de vocaciones al sacerdocio en tantos lugares de la Iglesia, en España sin ir más lejos, supone un verdadero desequilibrio espiritual. Diócesis con uno, dos o ningún seminarista, o con muy pocos como para ser significativos paraliza las comunidades, falta iniciativa y tristeza. Y es lógico, porque sin el sacerdocio ejercido por "hombres de este Pueblo", que es la Iglesia", Cristo no puede llegar con toda su fuerza a la humanidad necesitada de Él. Conozco la angustia o la preocupación de tantos hermanos míos Obispos que tienen cada vez más dificultades para atender sacerdotalmente a sus comunidades. Lo cual no es minusvalorar a los demás cristianos.

No me parece válida la argumentación de los que dicen que, habiendo menos sacerdotes, los fieles laicos ejercerán por fin su tarea y ocuparán el lugar que les corresponde en la Iglesia, que impide ahora un clericalismo exagerado. Primero porque muchos y buenos fieles laicos, responsables y ejerciendo su misión en el mundo y en la Iglesia, no supone que tenga que haber menos sacerdotes; más bien al contrario: donde hay buenos sacerdotes el laicado y la vida religiosa es vigorosa y fuerte. De modo que lo que hay que hacer es evitar el clericalismo malsano. Y, en segundo lugar, el carisma de la vocación sacerdotal tiene unas características concretas: suscita los demás carismas y vocaciones en la Iglesia. Es algo muy comprobado.

En cualquier caso, os pido que os alegréis con la Iglesia de Toledo que el 1 de julio de 2012 ordena presbíteros y diáconos para el servicio del Reino de Dios; sacerdotes y diáconos de Jesucristo, bendición para el pueblo cristiano. Eso sí, rezad para que sean buenos y no se guarden el tesoro de su vocación para ellos solos y sean capaces de abrir caminos nuevos de evangelización en el horizonte que nuestra Diócesis necesita hoy, con un Plan Diocesano de Pastoral a empezar.

+Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

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