¿Tiene la cruz sentido?

¿Tiene la cruz sentido?
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Mons. César Franco Aprendimos de niños que la cruz es el signo del cristiano. Nos santiguamos con frecuencia para recordar que en ella Cristo expresó su amor de manera definitiva e inefable. La cruz preside los hogares cristianos, templos, asambleas y hasta centros sociales de diversa índole: escuelas, hospitales, albergues de peregrinos. En los sacramentos que imprimen carácter, el celebrante marca solemnemente la cruz, con el santo crisma, a quien es ungido por Cristo con una gracia nueva, trasformadora de su existencia. "Oh, cruz gloriosa", canta la liturgia. La cruz es el sello que nos remite a Cristo, como Señor al que pertenecemos. Aún hoy, los cristianos coptos, son tatuados con la cruz en una muñeca de sus manos para indicar que han sido sellados por Cristo y para Cristo.
Comprender el sentido de la cruz, sin embargo, no es fácil. El premio nobel de Literatura, Albert Camus, que posiblemente hubiera abrazado la fe cristiana de no haber perdido la vida en accidente de coche, decía que nuestra admiración por los evangelios termina en la página sangrienta de la cruz. El primer rechazo que experimenta Jesús por parte de los apóstoles, más aún, por parte de Pedro, es al anunciar la cruz como destino de su vida. Y es interesante notar que, a medida que Jesús se acerca a la consumación de su vida en la cruz, experimenta la soledad de los suyos. De hecho, al pie de la cruz, sólo quedaron su madre, dos mujeres y el discípulo fiel. Los demás huyeron. También san Pablo experimentó el rechazo de la cruz, cuando la predicaba. Hablaba de los enemigos de la cruz de Cristo y de los que querían inventar otro evangelio sin cruz.
En sí misma, la cruz es un horrendo y cruel patíbulo de muerte inventando por los persas. ¿Llevaría hoy alguien colgado en el cuello como adorno una silla eléctrica, una horca o un garrote vil? Pues esa macabra impresión hubiera producido en los contemporáneos de Cristo ver utilizada la cruz como un adorno, una joya o algo meramente decorativo. San Pablo dice que para los judíos la cruz es un escándalo y para los griegos una necedad. Desde la perspectiva de ambos grupos, no le faltaba razón. Los judíos se escandalizaban de que un "maldito" colgado en la cruz por blasfemo pudiera ser confesado como Mesías. Y a los griegos no les cabía en sus entendederas que la salvación anunciada por los cristianos dependiera de un patíbulo ignominioso de la muerte.
¿A qué viene todo esto en este domingo que presenta a Jesús trasfigurado en el Tabor? El evangelio de hoy ha cambiado las palabras "seis días más tarde" por "en aquel tiempo". Este cambio descontextualiza el hecho de la trasfiguración que ocurre, ciertamente, seis días más tarde de que Jesús anunciase a los discípulos que debía ser ejecutado y recriminara duramente a Pedro por intentar apartarlo del camino de la cruz. Intencionalmente sube al Tabor con los tres discípulos que, en Getsemaní, verán la agonía de Jesús ante su muerte. La trasfiguración tiene como fin mostrar que la cruz es el camino de la gloria, como dice el prefacio de la eucaristía. Jesús revela su gloria a quienes un día serán testigos de su terror ante la muerte. Así, los fortalecía de antemano ante una de las pruebas más duras que deberían pasar los tres primeros apóstoles: superar el escándalo de la cruz para poder predicarlo a todos los pueblos. Nada extraña, pues, que Pedro, recordando el hecho en el Tabor, escriba así: "Os hemos dado a conocer el poder y la venida de Nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad. Porque recibió de Dios Padre honor y gloria cuando la sublime Gloria le dirigió esta voz: "Este es mi Hijo amado en quien me complazco". Nosotros mismos escuchamos esta voz, estando con él en el monte santo" (2Pe 1,17-18).
+ César Franco
Obispo de Segovia





