Tiempo propicio

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Agencia SIC

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"La vida se impone al pensamiento y a cualquier plan o proyecto salido de nuestra libertad". Esto es verdad siempre, pero en pocas ocasiones como la que estamos viviendo con esta pandemia se puede ver con más claridad. Frente a tanta fe ciega en el progreso, tantas seguridades y tantos alardes de poder, que vemos en nuestra civilización, un virus se burla de nosotros y nos pone ridículo, trastocando todos los recursos que hemos creado para sostener nuestra convivencia.

Para salir de este sufrimiento nos proponemos recuperar la confianza en nosotros mismos, nuestro ingenio, nuestros sistemas, nuestra fuerza y voluntad. Todo para lograr un optimismo realista, que nos permita afrontar la grave dificultad: pensamientos positivos, buenos sentimientos, solidaridad, unidad, responsabilidad, alegría, canciones, etc. Está muy bien. Nos podemos sentir orgullosos de ver cómo desde el poder y desde los medios de comunicación se fomentan valores tan importantes: hemos de ser los primeros en responder prontamente a estas llamadas. Como escribía San Pablo estando en prisión: "Apreciad todo lo que hay de verdadero, de noble, de justo, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud o valor" (Fil 4,8)

Los cristianos participamos, por tanto, de esta vía, aceptándola incluso como providencial. Pero vamos mucho más allá. Un cristiano sabe que todo cuanto le ocurre es ocasión de diálogo con Dios. Sabemos que no caminamos solos, sino que en todo momento andamos junto a alguien que es compañero de camino e interlocutor al mismo tiempo, alguien que es Señor de la historia y del que sabemos que nos ama. Entonces, antes de hacer planes y proyectar estrategias nos formulamos unas preguntas fundamentales: ¿qué quiere, qué espera, Dios de nosotros?, ¿qué significa esto que vivimos en el conjunto del plan de salvación que Él tiene sobre cada uno y sobre la humanidad? O lo que es lo mismo: recordando que es Jesús quien va marcando el camino a sus discípulos, ¿a dónde nos llevaría, cómo nos invitaría a caminar?

Ya sabemos. Esta manera de pensar solo sirve para los creyentes y que no podemos esperar que sea asumida o propuesta desde instancias públicas. Es evidente. Pero lo que creemos los cristianos no es una visión caprichosa, no es una opinión particular nacida de un gusto o afición, sino que es verdad para todos. Más aún, creemos que es la verdad que el mundo necesita para que la humanidad recupere la esperanza.

Todos aquellos buenos sentimientos, la promoción de aquellos valores, que se intenta fomentar para salir de la crisis, ¿qué sentido tienen, en qué se fundan?, ¿en una sensibilidad compartida?, ¿en su eficacia táctica? Estos son fundamentos demasiado frágiles para que se mantengan firmes más allá de un primer momento de entusiasmo? Además, estas llamadas a la responsabilidad, la unidad, el esfuerzo, la solidaridad, el optimismo, desgraciadamente siempre son susceptibles de interpretaciones en clave política o de intereses particulares. Para algunos suenan a sermones vacíos.

No solo es importante afrontar la crisis con buenos sentimientos. Lo más importante son las convicciones, los criterios básicos sobre la vida, la historia con sus vicisitudes, el progreso y los fracasos, el fin y el sentido de este mundo, la fuente de la alegría y la integración de los sufrimientos, el porqué de tantos valores que necesita vivir la humanidad para sobrevivir. Este es el gran servicio que los cristianos queremos prestar al mundo: ofrecer motivos firmes para la esperanza, razones para seguir amando, sostén para la alegría, fundamento para la paz. Cuando todo esto se viva en lo concreto, entones estaremos en vía de salvación.

? Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

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