Testigos de la conversión: Santa Clara
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Mons. Agustí Cortés Como es sabido, ya en el siglo IV la situación de los cristianos y dela Iglesiadentro del Imperio Romano cambia profundamente: el cristianismo pasa de ser un grupo o un movimiento amplio, pero perseguido o meramente consentido, a constituirse en "religión oficial" del imperio. Ello, naturalmente, no significaba que automáticamente todos los ciudadanos fueran creyentes convertidos, pero sí que era el inicio de un largo período de la historia, en el que la fe cristiana impregnaba todos los ámbitos de la sociedad: la cultura, el pensamiento, la ciencia, la política, la asistencia social? Esto hizo que la fe poco a poco "se generalizara", aunque de hecho perdiera intensidad y profundidad.
¿Desapareció entonces "la conversión" como experiencia normal en la sociedad y enla Iglesia? De alguna manera sí. Durante un tiempo se producían conversiones en el terreno de la relación dela Iglesiay las llamadas herejías. Pero sobre todo siguieron las conversiones a Cristo como cambios profundos de vida, no tanto de la "increencia" a la fe, sino de una fe meramente formal, inoperante, aburguesada, a una fe vivida desde el corazón, sincera, radical. Normalmente este paso desembocaba en alguna forma de vida consagrada, un monasterio, un convento, etc. Así ha ocurrido enla Iglesiadurante siglos. Esencialmente la conversión a Cristo viene a ser la misma en un caso y en otro, pues al fin y al cabo, la vida consagrada es una radicalización de la fe y de la conversión a Cristo.
Como testimonio relevante de esta experiencia elegimos, entre otros muchos, a Santa Clara de Asís. En pleno siglo XIII una joven de dieciocho años podía vivir perfectamente y sin grandes complicaciones, siguiendo las pautas establecidas de la sociedad burguesa de entonces. Posibilidades económicas, futuro asegurado con la perspectiva de un buen matrimonio, prestigio social y todas las necesidades cubiertas. Pero esto puede no ser suficiente para un corazón grande y apasionado. En la noche del Domingo de Ramos del año 1211, con una compañera y amiga, tras haber abandonado casa y familia, asume el carisma de San Francisco, para vivir siguiendo a Cristo en pobreza absoluta y radical. Un nuevo Bien, una nueva Luz, una nueva Belleza, un nuevo Amor viene a suplantar el brillo de la vida "normal", legítima, buena en sí, que llevaba hasta entonces.
Cuando ocurre esto, uno tiene la sensación de que antes no creía realmente. Es como si la fe
cambiara: Dios, Jesucristo, es el mismo que conocía por su formación cristiana, pero ha habido un descubrimiento inesperado. Santa Clara escribirá a Inés de Praga, hija del rey de Bohemia, sobre Jesucristo:
"Su poder es más fuerte, su generosidad más elevada, su aspecto más bello, su amor más suave y toda gracia más fina… Y te ha coronado con una corona de oro grabada con el signo de la santidad".
Y no sólo parece haber cambiado aquello que creemos, sino también la forma de creer. Se abre paso aquel modo de creer que es idéntico prácticamente con el modo de amar. La fe se impregna de abandono, de confianza, de donación de sí, de afecto, de profundidad y de transparencia.
– Creer es amar. Es un rostro del amor. Es abandonarse al que se nos ha mostrado absolutamente digno de confianza.
– Amar es creer. El amor comienza con un acto de fe en la persona amada y toda la vida de amor es un continuo acto de fe.
– Así la fe y el amor se alimentan y se sostienen mutuamente.
La fe en Cristo y la conversión, entonces, responden a la misma lógica: la que dicta el anhelo insaciable de Verdad, Bondad y Belleza.
? Agustí Cortés Soriano
Obispo de Sant Feliu de Llobregat





