Solemnidad del Corpus Christi

Solemnidad del Corpus Christi
Publicado el - Actualizado
6 min lectura
Mons. Gerardo Melgar Queridos diocesanos:
En la Solemnidad del Corpus celebramos la presencia real del Señor en medio de nosotros y expresamos nuestra más sincera adoración a Cristo Redentor; además, celebramos el Día de la Caridad porque, como nos dice San juan en su primera Carta, "si alguno dice: "Amo a Dios" y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve" (1 Jn 4, 20). El Corpus es un día especialmente propicio para redoblar nuestro reconocimiento de que el Señor es nuestro único Dios, recordando lo dicho por Dios a Moisés en el Éxodo: "Yo, el Señor, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de la servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mi" (Ex 20, 2-3).
Adorar al Dios de Jesucristo, que se hizo Pan partido por amor, es el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y de hoy. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad pues el que se inclina ante Jesús no puede ni debe postrarse ante ningún poder terreno por fuerte que sea. Nosotros, los cristianos, sólo nos arrodillamos ante el Santísimo Sacramento porque en Él sabemos y creemos que está presente el único Dios verdadero, que ha creado el mundo y lo ha amado radicalmente (cfr. Jn 3, 16).
Junto a nuestra manifestación, reconocimiento y adoración al único Señor y Salvador, en este día del Corpus Christi celebramos también el Día de la Caridad. La caridad es el signo y la enseña principales del seguidor de Jesús por la que los demás sabrán que somos discípulos y seguidores de Cristo. El Señor nos dejó como testamento a cumplir el mandato del amor: "Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros" (Jn 13, 34); además, nos enseñó cómo debía ser nuestro amor a los demás al añadir: "como Yo os he amado, amaos también los unos a los otros" (Jn 13, 34-35).
Cristo es el reflejo perfecto del amor de Dios, tan grande que "entregó a su unigénito para que todo el que cree en Él no perezca sino que tenga Vida eterna" (Jn 3, 16) y es modelo de cómo debe ser nuestro amor hacia los demás: como Él nos ha amado, hasta entregar nuestra vida por los hermanos. La ley del amor es la ley de la Iglesia fundada por Jesucristo. La Iglesia, como cuerpo de Cristo, debe vivir y predicar el amor a Dios y el amor de Dios porque el amor es el gran servicio que presta la Iglesia al atender constantemente a los sufrimientos y necesidades, incluso materiales, de los hombres.
Para la Iglesia, la caridad no es un ejercicio reservado a unos pocos más capacitados y dedicados a este servicio; ¡no, la caridad es deber de todos y de cada uno de los bautizados porque el amor a Dios y al prójimo son inseparables!. El ejercicio de la caridad es algo a lo ninguno de los que formamos la Iglesia podemos renunciar, es algo irrenunciable porque pertenece a la misma esencia de la Iglesia y del cristiano. Así lo escribió Benedicto XVI en la Encíclica "Deus caritas est" (n. 6): "Todos los fieles tienen el derecho y el deber de implicarse personalmente para vivir el mandamiento nuevo que Cristo nos dejó, brindando al hombre contemporáneo no sólo sustento material sino sosiego y cuidado del alma".
La Eucaristía es la verdadera fuente de la caridad porque en ella "Jesucristo nos hace testigos de la compasión de Dios por cada hermano y hermana. El servicio de la caridad hacia el prójimo consiste en que en Dios y con Dios amo también a la persona que no me agrada y ni siquiera conozco" (n. 10). La caridad que brota de la Eucaristía debe tener una dimensión eclesial, comunitaria, de tal manera que no quede como ejercicio particular sino como colaboración de cada uno en la obra de la Iglesia. La caridad que brota de la Eucaristía y se alimenta en ella nos capacita para atender al prójimo –"cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar" (n. 12)- mirándole con los ojos de Cristo.
La caridad necesita de la fe pues sin ella es imposible descubrir al hermano doliente y necesitado. La caridad exige de todo una verdadera conversión que nos lleve a vencer el egoísmo y el olvido de los demás; pero para que esta conversión sea posible necesitamos ser movidos por la fe. La fe sin la caridad no da fruto y la caridad sin la fe será filantropía pero no verdadera caridad cristiana. Ambas, fe y caridad, se necesitan mutuamente. Tanto el Año de la fe como la celebración del Día de la Caridad y la Misión diocesana (especialmente al contemplar la situación actual de tantas personas y familias necesitadas) deben llevarnos a comprometernos en el ejercicio de la caridad con los necesitados. El clamor de los pobres, de las personas en paro, de familias que no llegan a final de mes, de mayores solos, de enfermos, desahuciados, de tantas y tantas personas que a nuestro lado están sufriendo, etc. reclaman de nosotros un compromiso caritativo serio que les haga sentir el amor y la cercanía de Dios a través de nuestra ayuda fraterna. Desde aquí agradezco de corazón a todos cuantos han sentido en su corazón de creyentes la llamada de las necesidades de los demás y están respondiendo generosamente.
Frente a todos los problemas actuales que van dejando a nuestro lado pobres y necesitados, valoro con orgullo de padre los gestos caritativos que -movidos por la caridad y el amor- han hecho muchos de los sacerdotes de nuestra Diócesis durante estos años aportando su paga extraordinaria o dando un mes de sueldo para el alivio de alguna situación dramática concreta de personas en graves dificultades. Quiero volver a hacer una llamada a la fraternidad, no sólo a los sacerdotes sino a todo el pueblo santo de Dios, para privarnos de algo nuestro que sea significativo con lo que podamos ayudar a los que están necesitados realmente: entregando la paga extra a Cáritas, dando la paga de un mes, ofreciendo la mitad, etc. cada uno según sus posibilidades. No podemos quedarnos tranquilos y mirando para otro lado, sin colaborar, sin tender la mano a los que a nuestro lado están con su mano extendida en busca de nuestra ayuda porque en la mano del hermano reconocemos, por la fe, la mano de Dios y en la ayuda al hermano estamos socorriendo al mismo Dios (cfr. Mt 25).
+ Gerardo Melgar
Obispo de Osma-Soria





