Que el Espíritu nos haga misericordiosos

Que el Espíritu nos haga misericordiosos

Agencia SIC

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Mons. Alfonso Milián Estamos a las puertas de la Cuaresma. El próximo cinco de marzo celebraremos el Miércoles de Ceniza, con cuyo rito inauguraremos los cuarenta días de preparación para la Pascua. Cuarenta años peregrinó el Pueblo de Dios por el desierto hasta llegar a

la tierra prometida, cuarenta días oró Moisés en el monte Sinaí antes de recibir las tablas de la Alianza de Dios con su pueblo. Cuarenta días y cuarenta noches estuvo Jesús en el desierto dedicado a la oración y al ayuno antes de iniciar la predicación del Reino de los cielos.

El Papa Francisco ha regalado a la Iglesia un mensaje cuaresmal, que espero no nos dejará indiferentes. Se apoya en las palabras del apóstol Pablo a los cristianos de Corinto: "Conocéis la gracia de nuestro señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriquecernos con su pobreza". En ellas se deja ver el estilo de Dios: no se manifiesta mediante el poder y la riqueza, sino con debilidad y pobreza. Así aparece el amor de Dios, que es gracia, generosidad, deseo de proximidad, y que no duda en darse a las criaturas que ama e incluso sacrificarse por ellas, porque amar es compartir en todo la suerte del amado. El amor hace semejantes entre sí a los amantes, crea igualdad y derriba los muros que distancian.

De esta manera vemos que Jesús se acercó a recibir el bautismo de manos de Juan; no porque necesitara ser perdonado, sino porque quiso estar con la gente necesitada de perdón y cargar con el peso de sus pecados. El Papa nos hace caer en la cuenta de que Jesús, al hacerse pobre, no buscó tanto la pobreza cuanto el enriquecernos con su abajamiento. En Cristo, la pobreza manifiesta su confianza ilimitada en el Padre; ésta es su riqueza.

Nos invita, pues, a seguir los pasos del buen samaritano, que se acerca al hombre malherido al borde del camino. Hoy sigue habiendo hombres y mujeres abandonados en los márgenes del camino de la vida. En ellos Jesús está presente y nos recuerda que no podemos pasar de largo, que hemos de mirar sus miserias, tocarlas, hacernos cargo de ellas y curarlas.

Llama nuestra atención para que no hagamos del poder, el lujo y las riquezas un ídolo, que esclaviza e impide una justa distribución de los bienes de la tierra. La riqueza de Dios no puede pasar a través de nuestras riquezas, sino sólo a través de nuestra pobreza personal y comunitaria. Por eso nos invita a dar y compartir hasta que nos duela, sin conformarnos con dar una limosna de lo que nos sobra.

Al final, expresa su deseo de encontrar a toda la Iglesia, cuando termine el tiempo cuaresmal, dispuesta a testimoniar el mensaje evangélico a cuantos viven en la miseria material, moral y espiritual: este mensaje se concreta en anunciar el amor del Padre misericordioso.

La Cuaresma es tiempo de despojo; nos hará bien preguntarnos de qué hemos de privarnos para ayudar y enriquecer a otros con nuestro empobrecimiento. Que el Espíritu Santo conmueva nuestros corazones para ser misericordiosos.

Con mi afecto y bendición.

+ Alfonso Milián Sorribas

Obispo de Barbastro-Monzón

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