Los inmigrantes, una ayuda para nuestra maduración personal y social

Agencia SIC

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Mons. Santiago García Aracil Vivimos en una época en que se insiste notablemente en la identidad y en la diferenciación entre los diversos pueblos, naciones y regiones. Esto es un antiguo y creciente fenómeno social. Por él se reclama el respeto y el cultivo de las diferentes idiosincrasias como un derecho humano y político, económico y cultural.

Nada tenemos que oponer a la salvaguarda y cultivo de cada realidad humana y social. Pero es bueno recordar que esas tendencias diferenciadoras se acentúan precisamente en momentos en que vivimos un fenómeno de la globalización mundial. La vida de cada día nos muestra la abundancia de las influencias mundiales en los diversos ámbitos de la vida individual, familiar, cultural y social. De ello son especiales transmisores los Medios de Comunicación.

A pesar de todo, no hay contradicción en la coincidencia del movimiento diferenciador con el de la corriente globalizadora mundial cada día más acentuada. La relación entre las personas, incluso la más íntima, no debe perjudicar, sino que debe potenciar la personalidad de cada uno. No sería una correcta relación humana la que llevara consigo la anulación de personalidades orientándolas a un modelo común. Lo mismo debe tomarse en consideración cuando nos referimos a las relaciones entre los pueblos, más allá del posible juego entre mayorías y minorías. Nadie tiene derecho a absorber al otro. Nadie actúa bien si permite que su identidad diferenciadora se difumine en un conjunto mayor, más potente o dominante, hasta llegar a perderse.

Para que este principio tenga la necesaria vigencia, es imprescindible que exista un proceso educativo capaz de potenciar la riqueza inherente a la pluralidad, mejorando, con ella, la propia e irrenunciable realidad.

Desde estos principios debemos considerar el fenómeno inmigratorio no solo como una oportunidad para aliviar la necesidad de cubrir diversos frentes de trabajo, sino como una oportunidad para desarrollar nuestra capacidad de relación social. El aprovechamiento de esta oportunidad no solo enriquece a la persona y a la sociedad con los elementos dignos e incorporables al estilo de vida de quien recibe a los inmigrantes, sino que ennoblece a las personas y a los pueblos. Me refiero al ennoblecimiento que consiste en la oportunidad que nos brindan los inmigrantes para crecer en el cultivo de las virtudes de la acogida, del diálogo personal y cultural, del respeto a las costumbres y tradiciones familiares y sociales, y de la fraternidad que va más allá de los vínculos de sangre y de identidad patria. Al mismo tiempo, es o debe ser un motivo de enriquecimiento espiritual para nosotros el conocimiento de la identidad de los inmigrantes, y el apoyo para que ellos puedan vivir con toda la dignidad tanto en los medios materiales de vida como en sus formas de relación y de celebración festiva de sus acontecimientos patrios.

Por todo lo dicho, resulta concluyente afirmar que la migración es una ayuda para la progresiva maduración de las personas y de los pueblos que se relacionan por la fuerza de este fenómeno social.

La Santa Madre Iglesia, que es maestra de vida por su íntima y constante vinculación con Jesucristo, y por la permanente acción del Espíritu Santo, debe ser promotora y defensora de los derechos fundamentales de los inmigrantes. Ente ellos cuenta la fidelidad a los elementos propios de su raza, de su pueblo y de su cultura específica. Por la misma razón la Iglesia nos invita insistentemente a ir creando lazos afectivos y de colaboración entre las poblaciones autóctonas y las personas y grupos inmigrantes.

Con ese motivo, los cristianos celebramos en España, cada año, "EL DÍA DE LAS MIGRACIONES", procurando sensibilizar a la población autóctona y a los grupos de inmigrantes sobre la necesidad de la mutua acogida y comprensión, del respeto y aprecio de las respectivas tradiciones y costumbres, y de la riqueza que lleva consigo la colaboración en el trabajo y en los demás aspectos de la vida.

En este año, el Día de las Migraciones tiene, como centro de la reflexión y de la acción compartida el que muy claramente manifiesta el título propuesto: "SALGAMOS AL ENCUENTRO?ABRAMOS LAS PUERTAS".

La actitud que con esta máxima se nos pide, nada tiene que ver con un "buenismo" sin criterio, que nos lleve a bendecir, con la misma conciencia de buen hacer, la bendición de todas las formas de conducta y de religión. El Papa Benedicto XVI, con motivo del Día de las Migraciones, nos dice: "las con secuencias actuales y evidentes de la secularización, la aparición de nuevos movimientos sectarios, una insensibilidad generalizada con respecto a la fe cristiana y una marcada tendencia a la fragmentación hacen difícil encontrar una referencia unificadora que estimule la formación de "una sola familia de hermanos y hermanas en sociedades que son cada vez más multiétnicas e interculturales, donde también las personas de diversas religiones se ven impulsadas al diálogo, para que se pueda encontrar una convivencia serena y provechosa en el respeto de las legítimas diferencias"

Atendiendo a las palabras del Papa, podemos asumir la necesidad de la oportuna formación y de la consulta puntual para no renunciar a nuestros deberes mutuos y para no faltar a las exigencias de nuestro deber cristiano.

+ Santiago García Aracil

Arzobispo de Mérida-Badajoz

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