Les necesitamos ? Una reflexión con motivo de la jornada "pro Orantibus"
Publicado el - Actualizado
4 min lectura
Mons. Santiago García Aracil Sí, les necesitamos. Podrá parecer extraña esta afirmación. Sobre todo, cuando se refiere a los monjes y monjas dedicados a la contemplación, que viven y trabajan en la clausura de los Monasterios.
Les necesitamos por muchos motivos fáciles de entender, aunque su contenido no sea valorado en la cultura dominante, y aunque no atraiga excesivamente a quienes oyen hablar de esta forma de vida dominados por lo material e inmediato.
No puede profundizar en el sentido de la vida, en el valor de las personas y de las cosas, en la riqueza del acontecer diario; tampoco puede saborear la inmensidad del misterio y la belleza de las cosas pequeñas que adornan la naturaleza, realzan los comportamientos humanos, y adornan el corazón abierto a la esperanza; no pueden profundizar y gozar de todo ello quienes no se paran a pensar, quienes no meditan alguna vez en el silencio exterior e interior, quienes no se entretienen contemplando aquello que admiran y Aquel a quien debían buscar y adorar.
Arrebatados por la prisa y por el activismo, que viene caracterizando los estilos y los ritmos de vida tan abundantes hoy en la sociedad, las personas pierden fácilmente el norte. Atraídos por lo inmediato, por lo material y sensiblemente apetecible, se lanzan sobre ello ansiosos de encontrar lo que, precisamente, queda muy lejos de todo eso: la felicidad, la paz, y la alegría interior, capaces de superar las contrariedades y de alentar al espíritu cansado.
No cabe duda de que viviendo volcados solamente hacia fuera, en un grado u otro, el hombre pierde, en buena parte, la oportunidad de ser dueño de sí mismo, de percibir lo que solo se descubre en la reflexión, en la oración y en la contemplación. Sólo ahí se muestra el Señor ofreciéndonos su compañía en la intimidad, su apoyo frente a la duda y a la zozobra; iluminando la inteligencia y fortaleciendo nuestra voluntad para acertar en el propósito y en la firme decisión de vivir en profundidad, de unir, por la fe, la vida terrena y la que nos espera en la eternidad.
Es cierto que todo lo positivo y acertado en la vida interior de la persona, y en la consiguiente gobernanza de la relación con todo lo que existe sobre la tierra, no está reservado a quienes desarrollan su vida en el silencio del claustro y en la intima contemplación de los misterios del Señor. Todos podemos participar de ello en la medida en que nos acercamos, de alguna forma, al silencio y a la contemplación. Pero también es cierto
que, lo que de esta forma de vida debemos incorporar a la nuestra, igual que los contemplativos incorporan a la suya el trabajo y la relación personal con el prójimo, podemos conocerlo y aprenderlo mirando a quienes lo practican como eje de su vida cotidiana.
Además de todo lo dicho, los hombres y mujeres dedicados a la contemplación, fundamento del acierto en la acción, aportan a la sociedad y al mundo del que se retiran algo que todos necesitamos imperiosamente: el constante ofrecimiento al Señor de todo cuanto somos y tenemos, implorando su bendición para nuestros proyectos y desvelos, suplicando su misericordia para nuestros errores y pecados, y rogándole una palabra de consuelo y de ánimo para hacer de cada día un paso hacia la plena libertad; y para hacer de cada acción, algo valioso que no se pierda en la superficialidad, en la rutina y en el hastío. Esto hacen a favor nuestro los monjes y las monjas orando constantemente por nosotros, por los conocidos y por los desconocidos, por los que luchan desde la fe y por quienes prescinden de ella; por quienes no acaban de amar a Dios, y por los que se deshumanizan viviendo como si Dios no existiera.
Qué satisfacción saber que hay almas que oran siempre suplicando la gracia de Dios en favor nuestro, para que nos llegue la bendición de Dios de la forma que mejor podamos percibirla y aprovecharla cada uno. ¿Sabéis que esa es la esencia de la vida monacal? Especialmente por medio de ellos y de ellas, la Iglesia eleva un continuo himno de alabanza a Dios de quien venimos, a quien pertenecemos, y hacia quien caminamos, sabIéndolo o sin saberlo. No olvidemos que Dios nos ha creado, que con su infinito poder nos mantiene en la existencia, y que con su amor infinito vela por nosotros, nos busca sin cesar, y prepara para todos los que creen en Él la plenitud a la que nos llama desde la creación.
Cuando las comunidades contemplativas realizan todo esto, no cabe duda de que están contribuyendo muy valiosamente a la Evangelización del mundo. Y, con su alegría inconfundible, nos invitan a contemplar los Misterios del Señor haciéndonos llegar, también con su testimonio, ese precioso mensaje del Salmo que constituye el lema de esta Jornada eclesial: "Contempladlo y quedaréis radiantes" (Sal. 34, 6).
Como, de los bien nacidos es el ser agradecidos, elevemos nuestra plegaria en esta Jornada eclesial por los monjes y las monjas, para que el Señor les acompañe y no sufran el desaliento en su esfuerzo; y para que se vean acompañados por nuevas vocaciones contemplativas.
+ Santiago García Aracil
Arzobispo de Mérida-Badajoz





