Dar consejo a quien necesite

Agencia SIC

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Mons. Jaume Pujol Un Premio Nobel de Medicina dio una conferencia en Pamplona en la que reveló alguna curiosidad personal sobre su recepción del prestigioso galardón. Comentó que había recibido muchas cartas y mensajes, pero ninguno como el de su madre: "Y ahora, hijo, procura que esto no se te suba a la cabeza."

Su madre apelaba a que mantuviera la humildad y no se envaneciera. Sin duda era uno más de los consejos que le había dado, y que dan todos los padres: sé buena persona, estudia, aprovecha el tiempo, cuida con que amigos vas, y otros más materiales: come de todo, ponte el abrigo, etc.

Hay un momento en la vida en que los consejos ya no proceden tanto del ámbito familiar como de los amigos o los colegas de profesión. Todos necesitamos ser aconsejados y tenemos capacidad para ayudar a otros.

Dar consejo a quien lo necesite es una obra de misericordia, a veces más importante que dar hospedaje, alimento o vestido, porque incide en el espíritu. Para ello no se requiere de una pericia especial, sino que es una cuestión de actitud. Primero, que nadie nos resulte indiferente y que no pasemos de largo si vemos que podemos prestar ayuda a una persona. Segundo, que seamos oportunos, para lo cual hemos de ponernos en el lugar del otro y ser delicados. Por ejemplo cuando visitamos a un enfermo en un hospital: tenemos que calibrar si le animamos o le cansamos; no interrumpirle si nos cuenta lo que le pasa explicando que a nosotros una vez nos pasó otra cosa?

En ocasiones lo que uno desea es ser escuchado y es esto lo que necesita: silencio por nuestra parte. En otras son unas palabras que puedan ayudarle. A veces a una persona con graves problemas familiares o laborales hay que aconsejarle serenidad; en otras quizá se le puede encaminar a hablar con alguien que pueda ayudarle, una dirección espiritual, que no necesariamente será llamada de este modo.

Personalmente encarecería que hablaran con un sacerdote si se advierte una crisis espiritual. Incluso los grandes santos tuvieron quien les aconsejara. Basta ver con que gratitud habla Santa Teresa de Ávila de San Pedro de Alcántara, o San Francisco Javier de San Ignacio de Loyola.

La preparación doctrinal es importante, pero un alma sencilla puede ofrecer a veces consejos impagables, como la madre del Premio Nobel.

? Jaume Pujol Balcells

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