CONVERTIR EL MUNDO EN TEMPLO DE DIOS Y DEL HOMBRE

CONVERTIR EL MUNDO EN TEMPLO DE DIOS Y DEL HOMBRE
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Mons. Carlos Osoro Dios quiere transformar el mundo con nuestra conversión. Y nuestra verdadera conversión comienza con un deseo inmenso y profundo que implora perdón y salvación. De ahí la importancia de la oración cristiana, que es lo opuesto a la evasión de la realidad o a un intimismo consolador. La oración cristiana es fuerza de esperanza, es expresión máxima de la fe en un Dios que es Amor y que nunca abandona al hombre. La conversión es invitación a volver siempre a los brazos de Dios, a fiarnos de Él, a dejarnos regenerar por su Amor. Es una gracia, un don que abre el corazón a la bondad de Dios.
Impresionan siempre aquellas palabras del Evangelio: "Haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo?" (cf. Jn 2, 13-25). Es todo un gesto profético de verdadera provocación, que quiere desbaratar toda manipulación de Dios, que no tolera que se pudran el hombre y el templo. Por eso Jesús dice: "no convirtáis la casa de mi Padre en un mercado" (cf. Jn 2, 13-25). Esta actuación de Jesús nos está llevando más allá. El templo que Él quiere no es un templo construido por los hombres, sino por Dios. Cristo ha venido para enseñarnos a hacer de este mundo un templo de Dios, donde el hombre sea respetado y considerado desde la dignidad con que Dios mismo lo creó. Ha venido para devolver al ser humano su libertad, ofreciéndonos el camino que nos la regala y, así, poder ofrecerla con nuestra vida: "destruid este templo y en tres días lo levantaré? Él hablaba del templo de su cuerpo" (cf. Jn 2, 13-25).
Para convertir el mundo en templo de Dios y del hombre es necesario saber escuchar y obedecer a Dios. El secreto para tener un corazón que entienda es formarse un corazón capaz de escuchar. Urge tomar en serio escuchar a Dios, oír su Palabra y así, obedecer a Dios que, en Jesucristo, nos ha regalado el modo de ser y vivir del hombre verdadero, el modo de estar junto a los hombres. El mayor pecado del ser humano es la insensibilidad y la dureza del corazón, por eso convertirse a Cristo, hacerse cristiano es recibir un corazón de carne, sensible y con pasión por hacer que todos los hombres sean tratados como imagen y semejanza de Dios. Y, que así, el mundo se convierta en un templo.
Tres claves son necesarias para hacer de este mundo un templo de Dios y del hombre. Yo las llamo con estos nombres: regalar, ofrecer y cambiar. Son llaves que nos abren las puertas para estar presentes en este mundo: 1) salir para regalar la libertad; 2) salir ofreciendo el rostro de Cristo y 3) salir para cambiar el corazón del hombre:
Con gran afecto os bendice:
+Carlos Osoro,
Arzobispo de Madrid





