Carta pastoral de Mons. Celso Morga: Sin Cristo, nada. En Cristo, todo

El arzobispo de Mérida-Badajoz reflexiona sobre el principio de curso y la tarea que tiene por delante su comunidad: anunciar la Palabra de Dios

Tiempo de lectura: 3’

Queridos fieles:

Es bueno recordar a principio de curso aquellas palabras de Jesús: "Sin Mí no podéis hacer nada" (Jn 15,5). Esto ha dicho Jesús hablando en la Última Cena con sus discípulos poco antes de su pasión, muerte y resurrección. Esas palabras están dichas en el contexto de la comparación con la vid y los sarmientos, en el capítulo 15 de san Juan: "Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en Mí y Yo en él ése da mucho fruto porque separados de Mí no podéis hacer nada".

"Nada". No podemos hacer "nada"; no "poco" o "algo" sino "nada". Estas palabras de Jesús, según el Evangelio de san Juan, están en conexión profunda con las palabras del prólogo: "En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios. Ella estaba en el principio junto a Dios. Todo se hizo por Ella y sin Ella no se hizo nada". Podemos decir, con palabras filosóficas, que estamos a nivel ontológico. A nivel del ser mismo. Toda la creación, nuestro mismo ser de seres humanos depende totalmente de Él.

Y nuestra vocación cristiana depende totalmente de Él, como dirá el mismo Señor un poco más adelante en el mismo discurso: "No me habéis elegido vosotros a Mí, sino que Yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca" (Jn 15, 16). Tanto la vocación como la misión a la que nos destina dependen totalmente de Él, de su elección gratuita, inmerecida y libérrima de su parte.

Estas palabras de Cristo las ha vivido su apóstol Pablo hasta el fondo. En sus cartas está continuamente presente su unión íntima con Cristo, siendo muy consciente de que "todo lo puedo en Aquel que me conforta; en Aquel que me da la fuerza" (Fil 4,13). En su apología, a las acusaciones de debilidad por parte de algunos corintios, san Pablo no esconde sus debilidades, al revés, parece gloriarse en ellas. Después de haber confesado con toda humildad la sublimidad de sus revelaciones, dice el apóstol: "me fue dado un aguijón a mi carne, un ángel de satanás que me abofetea para que no me engría. Por este motivo tres veces rogué al Señor que se alejase de mí. Pero Él me dijo: "mi gracia te basta; que mi fuerza se realiza en la flaqueza'" (2 Co 12, 9). Sobre la naturaleza de ese "aguijón" nada sabemos pero está claro dónde está la fuerza que sostiene al Apóstol. Repite la misma convicción en la carta a los colosenses en su afán por dar a conocer a los gentiles el sublime misterio de Cristo, "la esperanza de la gloria": "Por eso precisamente me afano, luchando con la fuerza de Cristo que actúa poderosamente en mí". Sin Cristo, nada. En Cristo, todo.

Obviamente toda nuestra vida es una maduración en la fe; hay una gradualidad; hay momentos y temporadas tranquilos y otros llenos de zozobra e inquietud; momentos de alegría y de pesar; de salud y de enfermedad, pero en todo el proceso se cumple que sin Cristo no podemos nada.

Es conveniente considerar esta verdad central de nuestra vida al inicio de curso. Tenemos por delante la tarea de siempre. Hemos recibido del Señor dos mandatos: "Anunciad" y "Haced esto en memoria mía". Ambas cosas no son facultativas sino mandatos y están íntimamente unidas. El mandato de anunciar el Evangelio se renueva cada vez que celebramos la Eucaristía.

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