Los errores militares más absurdos: de una guerra por un cerdo a un submarino hundido por su inodoro

La historia está repleta de decisiones incomprensibles y planes que, pese a parecer perfectos, acabaron en un desastre absoluto por el factor humano

Pedro González

Málaga - Publicado el

5 min lectura

La historia militar no solo se compone de grandes victorias y estrategias brillantes como las de Aníbal en Cannas o Wellington en Waterloo. Existe una tradición menos contada, repleta de órdenes incomprensibles, planes que chocaron con la realidad y decisiones que desafían toda lógica. Estos episodios, definidos como pifias militares, surgen de un cóctel preciso de incompetencia, soberbia y mala información. No se trata de que los generales fueran "tontos" o los soldados "cobardes", sino de algo más sutil: decisiones tomadas con información incompleta y una confianza absoluta, un fenómeno que el teórico militar Clausewitz denominó la "niebla de guerra".

La guerra del cerdo: un conflicto por un animal

Para entender una de las disputas más singulares de la historia hay que situarse en 1859 en la isla de San Juan, un pequeño territorio en el Pacífico Norte reclamado tanto por Gran Bretaña como por Estados Unidos. En lugar de una solución diplomática, ambas naciones optaron por ignorar el problema y convivir en una "educada tensión". En la isla convivían colonos americanos y la compañía británica de la Bahía de Hudson, que criaba cerdos negros con una clara filosofía expansionista.

Guerra por un cerdo

Uno de estos cerdos desarrolló un gusto por las patatas del huerto de un colono americano llamado Lyman Kutlar. Tras varias incursiones, Kutlar perdió la paciencia, cogió su rifle y abatió al animal. Lo que podría haberse resuelto con una disculpa se convirtió en un ultraje nacional. El dueño británico del cerdo amenazó con arrestar a Kutlar, y los colonos americanos pidieron protección militar a su gobierno.

En pocas semanas, la tensión escaló hasta un punto absurdo: 461 soldados norteamericanos con 14 cañones se enfrentaban a cinco buques de guerra británicos con 70 cañones y más de 2.000 hombres. La situación fue salvada por el sentido común del contralmirante británico Robert Baynes, quien recibió la orden de desembarcar y hacer valer su soberanía. Su respuesta pasó a la historia de la diplomacia: "no voy a empezar una guerra por un cerdo muerto". Doce años después, un arbitraje internacional otorgó la soberanía de la isla a Estados Unidos.

No voy a empezar una guerra por un cerdo muerto"

Galípoli: la 'buena idea' de Churchill que costó 100.000 vidas

La batalla de Galípoli es el ejemplo de "una buena idea ejecutada de la peor manera posible". En 1915, con el frente occidental de la Primera Guerra Mundial estancado en un matadero estático, el entonces primer Lord del Almirantazgo, Winston Churchill, propuso un plan audaz: atacar al Imperio Otomano, aliado de Alemania, para abrir los Dardanelos, amenazar Constantinopla y reconectar con Rusia por el Mar Negro. Sobre el papel, la lógica era impecable.

Batalla de Galípoli

El primer intento, una operación naval en febrero de 1915, fracasó estrepitosamente. Los otomanos, con asesoría alemana, habían minado el estrecho y colocado baterías en las orillas, hundiendo tres acorazados aliados en un solo día. El error fatal fue decidir continuar, pero esta vez con un desembarco terrestre en la península de Galípoli. Las semanas que pasaron entre el fracaso naval y la invasión permitieron a un oficial turco, Mustafá Kemal Atatürk, fortificar las alturas de la península con una determinación férrea.

El 25 de abril de 1915, las tropas aliadas, incluyendo a los cuerpos de australianos y neozelandeses (ANZAC), desembarcaron y se encontraron con las ametralladoras de Atatürk. En un momento crítico, cuando sus tropas cedían por falta de munición, Kemal pronunció una orden legendaria: "no os mando que ataquéis, os mando que muráis". Su táctica funcionó, dando tiempo a la llegada de refuerzos.

No os mando que ataquéis, os mando que muráis"

El resultado fue una catástrofe. Tras ocho meses de combates, los aliados sufrieron más de 100.000 bajas, con cifras similares en el bando otomano. En 1916, las tropas fueron evacuadas, Churchill dimitió y su carrera política casi termina. Galípoli quedó como el símbolo de cómo una buena idea puede estrellarse contra la realidad por falta de preparación y por subestimar al enemigo.

Errores insólitos: un ejército, un submarino y una isla fantasma

En la batalla de Karánsebes, el ejército austríaco se aniquiló a sí mismo antes de ver a un solo soldado turco. La causa fue la caótica estructura de un ejército con diez idiomas diferentes. Una avanzadilla de húsares se emborrachó con aguardiente y, en la confusión, una palabra fue malinterpretada como una llamada islámica, "¡Alá!". El pánico y la barrera idiomática provocaron que las distintas unidades abrieran fuego entre ellas, causando miles de bajas. Cuando los turcos llegaron dos días después, encontraron la ciudad indefensa.

En abril de 1945, a solo tres semanas del fin de la guerra en Europa, el submarino alemán de última generación U-1206 se hundió por culpa de su inodoro. Los ingenieros alemanes habían diseñado un complejo sistema de alta presión para poder descargar los residuos a gran profundidad, pero era tan complicado que requería un técnico especialista. El capitán, Karl-Adolf Schlitt, decidió operarlo él mismo y, al cometer un error, provocó una inundación.

Submarino hundido por un inodoro

El agua del mar entró a presión y entró en contacto con las baterías del submarino, lo que generó cloro gaseoso, un gas letal. Ante la disyuntiva de asfixiarse o salir a la superficie, el capitán ordenó una ascensión de emergencia. Al emerger frente a las costas escocesas, fueron atacados por aviones de la RAF británica y la tripulación tuvo que rendirse. El incidente se saldó con cuatro muertos y el hundimiento del submarino.

Otro de los episodios más desconcertantes de la Segunda Guerra Mundial tuvo lugar en la isla de Kiska, en las Aleutianas. En agosto de 1943, una fuerza de 34.000 soldados estadounidenses y canadienses lanzó una invasión masiva para reconquistar la isla, ocupada por los japoneses. Tras 100 salidas de bombardeo aéreo y un intenso cañoneo naval, las tropas desembarcaron listas para una batalla campal.

Sin embargo, la isla estaba completamente vacía. Tres semanas antes, aprovechando la densa niebla, la marina japonesa había evacuado a sus 5.000 hombres en menos de una hora sin que nadie se diera cuenta, en una operación que llamaron el "milagro de Kiska". Lo más trágico es que, en la niebla y con los nervios a flor de piel, los soldados aliados se dispararon entre ellos, causando más de 300 bajas en una batalla contra un enemigo fantasma.

Este texto ha sido elaborado por el equipo editorial con la asistencia de herramientas de IA.

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