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Bustos en 'La Linterna'

"Cruzó las líneas rojas y arrastró con él a la hija del Rey"

Jorge Bustos en COPE

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Tiempo de lectura: 4' Actualizado 22:51

El Bueno, Juan Ignacio ZoidoYa tenía yo ganas de volver por aquí para disparar un poco, después de pasarme el fin de semana pasado encerrado en la Caja Mágica. Compruebo por lo demás que el paisaje sigue repleto de posibles dianas que piden a gritos un ejercicio de puntería. Pero vamos a empezar por el elogio y elegimos para ese honor al actual ministro del Interior.Se ha propuesto Zoido nada menos que drenar la ciénaga de Interior, esas míticas cloacas policiales que han acumulado tanta porquería durante años y años de asepsia que los caimanes del alcantarillado de Nueva York no pasan de leyenda urbana a su lado. De los poceros de esa cloaca, que se ven ahora amenazados por el afán higienizante del ministro, están saliendo a la luz pública advertencias en forma de informes no oficiales -es decir, sin orden judicial- de alto voltaje mediático, a cuenta de asuntos tan delicados, tan inflamables, como el 11-M, el caso Faisán o Marta del Castillo. La guerra entre comisarios y la guerra añadida entre algunos cuerpos de seguridad y el Centro Nacional de Inteligencia se está ventilando en los periódicos, de modo que el olor llega a toda la sociedad.Su empeño nos recuerda al quinto de los doce trabajos de Hércules. El encargo consistía en tener que limpiar los establos del rey Augías, que poseía el mayor rebaño de la Hélade y por tanto unos establos gigantescos que no habían sido limpiados jamás. O sea, como algunos despachos policiales. El pobre Hércules tuvo que desviar el curso de los ríos Alfeo y Peneo para que la corriente entrara a chorro en las cuadras y arrastrara toda la inmundicia. No sabemos aún si Zoido es Hércules, aunque sí sabemos que fue alcalde de Sevilla, en cuyo escudo precisamente figuran las columnas de Hércules y las palabras “plus ultra”, que en latín significan “más allá”. Veremos si llega hasta allá el ministro, pero de momento solo podemos felicitarle por intentar poner orden en una casa tan cotilla que acabó espiando a su antecesor en su mismo despacho.El Feo, Rafael CataláEl ministro de Justicia se ha dedicado esta semana a girar por varios medios de comunicación y a conceder “canutazos” en los pasillos del Congreso con la dudosa voluntad de llamar al orden a las fiscales que discrepan del criterio de la Fiscalía General del Estado respecto de la imputación del presidente de Murcia, Pedro Antonio Sánchez. Ojo: yo he defendido en Cope y otros lugares que me parece que el presidente autonómico no ha cometido ningún delito, y que la instrucción del juez Eloy Velasco desprende un tufillo a castigo político muy característico de este juez cuando se trata de enjuiciar a un dirigente del PP. Pero precisamente para no contaminar más la acción de la justicia, Catalá debió haberse inhibido y remitirse al criterio de los tribunales, en lugar de intervenir en el debate tomando partido claramente por su compañero de sigla.Me parece algo poco decoroso, en efecto, porque mezcla el Estado, que ha de ser de todos, con el Gobierno, que es de un partido concreto. Ya sé que la Fiscalía depende jerárquicamente del Ministerio, lo cual siembra ya suficientes dudas respecto de la autonomía de su labor. Por eso mismo, y a la espera de la utópica reforma del poder judicial que ni al PP ni al PSOE les ha interesado en la vida ni les interesará, el ministro de Justicia debería observar una prudencia exquisita en sus pronunciamientos públicos, para que no parezcan llamadas a la disciplina de partido. Lo de Pedro Antonio Sánchez debería ser archivado, a mi juicio, por pura falta de materia jurídica: no hay firma, ni dinero desviado, ni se pueden procesar las intenciones sino solo los hechos consumados; pero ahora, cuando el presidente Sánchez sea exonerado, parecerá que lo ha sido por orden de un ministro, lo cual dañará aún más el mermado crédito de la separación de poderes en España. El Malo, Iñaki UrdangarinEl jugador de balonmano que llevaba el 7 a la espalda en la selección española. El hombre hecho a sí mismo, de cuna vasca y apariencia bonachona, que enamoró a una infanta y se licenció en Empresariales. El hombre que en algún momento de su matrimonio decidió que merecía más, y se lanzó a la picaresca vestida de emprendimiento con inmejorables credenciales para el tráfico de influencias, y al amparo de la impunidad de los años de bonanza. El hombre que cruzó todas las líneas rojas y arrastró con él a la hija del Rey, y con ella el prestigio de la Corona. El hombre que provocó una abdicación y precipitó el fin de una época. El hombre que ha sido condenado a seis años de cárcel para que los niños que se tragan el cuento populista aprendan que en España sí funciona el Estado de Derecho.A la Casa Real no le pasó lo que a algunos partidos políticos: obró con diligencia, firmeza y reflejos para establecer un perímetro de seguridad en torno al caso Noos, asumiendo sus costes por anticipado. Felipe VI excluyó a su propia hermana de la familia: ni siquiera la invitó a su proclamación como Rey en el Parlamento. Podemos imaginar que no fue una decisión sencilla para el nuevo monarca romper relaciones con su propia hermana, pero en eso consiste ser rey. En poner la institución, la primera del Estado, por encima del sentimiento. En vigilar la ejemplaridad propia con la exigencia de quien sabe que el privilegio de reinar solo se entiende en el siglo XXI a cambio de un comportamiento impecable, que es el que ha logrado que la valoración de la Corona haya aumentado casi diez puntos en el CIS respecto del momento en que relevó a su padre. Otra lección para infantes populistas: sustituyan las emociones por la responsabilidad y la gente –no la suya, sino toda- empezará a respetarles.Una bala en la recámara, para Íñigo ErrejónUnas palabras solamente, a modo de responso, por Íñigo Errejón, que este sábado podría ser defenestrado en el consejo ciudadano de Podemos en beneficio de Irene Montero, a la que no le gustó mi crónica parlamentaria del jueves, que concluía afirmando que Iglesias y ella en el escaño me recordaban a Mari Carmen y sus muñecos, dada la similitud retórica con la que se expresan. Pero doña Irene cargó contra mí en Twitter acusándome de machista, y echándome encima de paso a la inquisición de género, que no duerme bien si no crucifica un mínimo de tres machistas al día, y si no se los inventa. La novedad es que numerosas mujeres salieron en mi defensa, lo cual prueba, para mi alegría, que escudarse en el burladero del feminismo para acallar la crítica política y la purga de un compañero ya no cuela, señora Montero.Escucha a Jorge Bustos en La Linterna

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